La jinetera añorada

Entre tantos náufragos o balseros cubanos que han llegado a las costas del sur de la Florida y que sin llamarse Elián González cautivaron mi imaginación recuerdo en particular al cantante Rolexi, de 27 años.

Cuando lo entrevisté apenas tenía 15 minutos de haber abandonado su balsa frente a Key Biscayne. Era muy temprano en la mañana.

Tuvimos un intercambio reporteril muy rápido, pero no se cómo intimamos un poco.

Me pidió un cigarrillo y se lo dí. Tenía un talante agresivo, pero a la vez curioso, muy cubano.

–    ¿A quién dejas en tu casa?, le pregunté con mi grabadora en mano.

–    Mi novia, man. De veras que ya la extraño, respondió mientras examinaba los rayos del Sol y exhalaba humo por la comisura de los labios.

Mi instinto de periodista reaccionó. Un balsero y salsero, recién llegado, disparándose su primer Marlboro Light en la playa, añorando a su novia desde el primer momento … Buena historia, pensé.  Al llegar al periódico podría escribir algo de mi agrado. Pero al final no pudo ser así.

El retrato de la muchacha estaba mojado. Muy endeble. Era una foto Polaroid doblada por la mitad.

–    ¿Qué piensas hacer para reunirte con ella en Miami?, le pregunté.

–    Lo que sea, man, pero está mala la cosa por allá, tu sabes.

–    ¿A qué se dedica ella?

–    Bueno, está de jinetera porque allá no hay más trabajo. A mi no me gusta eso…

Claro que no, pensé, pero ante todo me dejó pasmado la franqueza de aquel muchacho. Lo miré detenidamente para comprobar si estaba en sus cabales o si era un individuo con cierto grado de retraso, de esos que a ratos pasan por normales.

No. Era un tipo bien fresco y relajado, tan solo un cantante acostumbrado a la bohemia de un país socialista, asociado sentimentalmete con una mulata flaca, fuerte, con buenas nalgas y labios carnosos y desafiantes.

Conversamos por unos 15 minutos más. Le dí otro cigarrillo. Nos hicimos buenos amigos de un pequeño rato. Creo que él me miró con el respeto de quien no puede irrespetar a nadie.

Cuando iba a marcharme, le dije, a mi modo, metiéndome en lo que no me importa solo por las ganas de hacerlo: “Rolexi, te quiero dar un consejo, no comentés con nadie más de la prensa la ocupación que tiene tu novia allá en Cuba… Poco a poco te vas a dar cuenta que aquí la cosa es un poco diferente y que hay temas que mejor se callan”.

Me agradeció con humildad y no lo volví a ver en persona. Después escuché por la radio que había dejado en Cuba a una novia enfermera. En otro periódico se escribió que la muchacha era estudiante de ballet.

Pero la moraleja del cuento es que no pude escribir la historia de color que quería porque desde que me alejé de Rolexi, tras darle mi consejo, me sentí un poco canalla.

Le trasladé mi moral sin ningún derecho. Creo que no tuvo mucho éxito como cantante, aunque viajó a presentarse en New Jersey y Las Vegas.

Yo lo sigo admirando por su franqueza, porque su moral forjada en el infierno de Cuba terminó por golpear a mi moral basada aquí, en el Paraíso.

HORACIO RUIZ

La oficina picante

Nuestra sexualidad, aparte de procrear, nos reprime o libera, nos puede curar u obsesionar, dar seguridad o provocar neurosis y, también, nos ayuda a comprendernos mejor y a calibrar nuestros sentimientos. Quizás a menudo no reconocemos estas sutilezas de nuestra carnalidad.

Sí, el sexo es placer, pero también es comportamiento. Pleasure and personal behavior go together. Desde la más profunda mojigatería hasta la perversion más abyecta, todo depende de la forma en que nos relacionemos con nuestro líbido.

Pero, ¿qué pasa cuando tenés que trabajar con el erotismo de la gente?, ganarte la vida inmiscuyéndote en el placer de los demás.

Y no me refiero a la prostitución o al juramento hipocrático del ginecólogo o la ética del terapista sexual, sino que al trabajo intelectual con el sexo.

Ahora hay mucho de eso, los hotlines, el porno cibernético, etc., pero en una época no muy lejana era algo más reservado. Muchas inocencias no se habían roto todavía. Subsistía el pudor.

Cuando llegué a Miami, en 1987, me propuse buscar un trabajo. Quería, de ser posible, desempeñarme como escritor, redactor, editor, periodista, o lo que fuera que tuviera que ver con la lengua de Castilla.

En respuesta a un aviso clasificado, me dirigí a una oficina a orillas del Río Miami, entre la 17 y la 12 Avenida. El empleador pedía un traductor de inglés a español que además fuese “creativo y de libre pensamiento” para una “revista de circulación internacional”.

“Yo”, me dije desde el primer momento y, muy seguro de que obtendría aquel puesto, asistí a mi primera entrevista de trabajo en los Estados Unidos. Hasta llevé un saco.

La oficina en seguida me dio mala espina. Era un poco sucia, desordenada, casi como una bodega, aunque sí, habían señales de una empresa editorial, como máquinas de escribir, mesas de montaje, cuartillas en blanco en cada escritorio y un señor ocupado, como en plena faena de editar un manucristo con su bolígrafo.

Mi entrevistador reafirmó mi incomodidad. Me miraba fijamente, calándome de una forma más personal de lo necesario. Era como si algo le intrigaba por encima de las formalidades. Finalmente soltó la pregunta:

–     ¿Usted sabe lo que hacemos aquí?

–     Sí, una revista que circula en varios países – le respondí.

–     Así es, vea usted – me replicó extendiéndome un ejemplar del producto.

Y resulta que estaba solicitando trabajo a la redacción central de la revista Pimienta, un panfleto de literatura pornográfica en español en donde escribían lo que sin duda considero como las mentes más morbosas del Siglo XX.

Claro que conocía a Pimienta. Creo que en un momento de mi pubertad compré uno o dos ejemplares, en medio de las sonrisas de un librero libertino de Managua.

La verdad es que, al cabo de tanto tiempo, el volver a tener otro ejemplar de esa revista en mis manos, ofrecida por el propio Editor Jefe, me provocó nostalgia, risa y, en seguida, vergüenza.

Pero me propuse no emitir juicio delante de aquel Hugh Hefner en pequeño. Me mantuve callado, hojeando el ejemplar con la mayor naturalidad posible… Leí una línea que nunca se me olvida…”mi miembro se hizo la mar de grande”.

– “Un escritor español, sin duda”, pensé.

Entonces mi entrevistador con mucha elegancia salió a mi rescate:

–     Mire, si quiere tome su tiempo para pensarlo y luego me avisa…

–     Muy bien, muy bien, no hay problema, le dije en el acto, antes de desaparecer.

Ya había pasado el mediodía, tenía hambre y 28 años de edad. Hacía calor en Miami y entré en un Burger King a calmar mis dos necesidades primarias. Comí, bebí y discerní sobre mi sexualidad en silencio, pero sin llegar a ninguna conclusión seria.

Seguiría sin trabajo por un tiempo. HORACIO RUIZ