Jamás como tu padre

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Con mi papá en la Facultad de Periodismo de León, circa 1970.

Un día llegué a cubrir una actividad política o social, no recuerdo bien, de la comunidad nicaragüense en un restaurante de Miami, cuando un querido viejo periodista, que estaba sentado con otros colegas en una mesa cerca de la entrada, me llamó con voz alta y, en un claro deseo de llamar la atención, me gritó:

– ¡Vos nunca llegarás a ser como tu padre, sabelo!

Sonrojado por aquella repentina increpación, vaticinio, advertencia o signo de reprobación, traté de sonreír y fui directamente a saludar al viejo maestro reporteril, consciente de los gestos irónicos y la chanza del grupete de fogueados periodistas que se compartían con él.  Entonces Monty, quizás envalentonado por el éxito de su comentario, se puso de pie y, señalándome con el dedo, prosiguió con su escarnio.

–  ¡Tu padre era un hombre del pueblo; vos te la querés dar, no jodás!

Comprendí que había un auténtico resentimiento en aquella increpación pública de mi mentor que en seguida la interpreté como un ajuste de cuentas por alguna pleitesía que no llegué a rendirle o por algo que escribí que no le gustó, pero la impresión que tuve es que, aunque estaba tratando de hacerme añicos en aquella reunioncita, Monty también hablaba bien de mi papá y, por lo tanto, su afrenta era pasable.

Siempre vertí con gusto mi respeto por aquel viejo cascarrabias y necio. Allá por diciembre de 1981, mi padre le pidió como un favor que me enseñara cómo había que recorrer, paliar, remover o explorar las desventuradas calles de Managua en busca de noticias. Mi mentor, el mejor de Nicaragua en esas lides, me enseñó a encausar mi curiosidad, a ser perseverante, a cultivar las fuentes, a saber lo que era o podría ser una mordida, un soborno, o la diferencia entre una advertencia peligrosa y una inofensiva; a echarme tragos con personas claves, a poner a prueba mi persistencia, a dejar la timidez a un lado con tal de conseguir una buena información. Sobre todo, gracias a él, añadí un instinto de sabueso a mi inteligencia y pude hacerme periodista sin tener que ir a la universidad. Claro, con el perdón de los periodistas y las universidades.

– ¡Ajá, Horacito, te molesta que te diga la verdad!, prosiguió diciendo mi inquisidor.

Así, de pié, bajo un tragaluz en aquel restaurante lleno de miradas sardónicas e impúdicas que él había fomentado, el viejo maestro parecía un gorila.  Bajito, requeneto, la nariz chata por su afición a las peleas durante su juventud, piel curtidísima, ojos chiquitos y chispeantes, el epitome del reportero insigne del periodismo nicaragüense. No tomaba licor, ni fumaba. Había dejado de hacerlo hace muchos años. Era sólido aquel hombre; el profesor, el escritor, la máquina de producir noticias que, junto a mi papá, me formó. Si mi padre fue un 80% de la influencia que me caló como periodista, Monty fue el 20% restante. Frente a él, frenado sobre mis pies en aquel restaurante nicaragüense de Miami, alcancé a responderle.

– No hay problema, maestro Monty, cada quien es cada quien. ¿Cómo está usted? Qué bueno que lo puedo ver.

El hombre medio apaciguado entonces se sentó y, cuando logré llegar hasta él aceptó mi mano, pero con desinterés, viendo para otro lado, como buscando algo mejor que hacer que saludarme.  La atención y las risitas de la gente se disiparon como polvo en el viento. Sin mirarme ni un instante, Monty asintió con la cabeza a un par de amabilidades que le dirigí y, luego, me despedí  de él y fui a buscar lo que necesitaba para escribir mi informe sobre aquel acto de la comunidad nicaragüense en Miami.

Este episodio lo recuerdo porque fue la última vez que vi a Monty y, también, porque pienso que aunque es duro que a uno lo comparen o lo midan con la vara o el legado, o el recuerdo, la fortuna o el talento de un padre, también es agradable que la gente, de cualquier generación que sea, recuerde con fervor, admiración, aprecio o cariño a nuestro progenitor. Simplemente, nos honra.

En cierta ocasión, cuando mi padre hablaba conmigo de su herencia, de las pertenencias que deseaba compartir con sus hijos al morir, yo aproveché para decirle que conmigo todo estaba bien, que me sentía heredado en vida con su oficio, con la cordura y la locura con la que me había enseñado el periodismo y que, en síntesis, todo lo demás era tangible y, por lo tanto, no cabía en aquel tesoro que ya atesoraba y que, en realidad, tenía más peso en mi conciencia que cualquier otra cosa que me pudiese dar.

El exabrupto de Monty en aquel restaurante nicaragüense de Miami me quedó grabado, se lo he contado muchas veces a mi papá difunto, en secreto, y él siempre se ríe, no se si de mi o de Monty o, de ambos, pero sí que disfruta mucho de aquella ridiculez.

Ven, espíritu, ven

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En la imagen flamante del nuevo Papa Francis hay dos rendijas por las que se cuelan las críticas de los escépticos, por un lado se le echa en cara que, siendo el superior de los jesuitas en Argentina, no confrontó a la nefasta dictadura militar durante la Guerra Sucia y, por el otro, se le reprocha su postura conservadora en cuanto al aborto, el matrimonio gay o el uso de contraceptivos.

En la mente de millones de personas, incluso muchos cristianos, estas dudas en torno a la figura del Santo Padre, sobresalen aún por encima de su reputación como hombre entregado a la causa de los pobres, a la lucha contra la desigualdad creciente en las sociedades modernas y a su abierto reclamo dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica por su alejamiento, en no pocas instancias, de las enseñanzas de Jesucristo.

El Papa Francis, como lo dice una fiel en un blog publicado en The Washington Post, es una mezcla de la intelectualidad jesuita con la humildad franciscana y – yo le agregaría – también con la prudencia mariana que es el mejor sello del catolicismo.

Francis sin duda quiere acercar al Vaticano con las personas ordinarias, quiere que el milagro de la fé alcance sobre todo a aquellos que la han perdido ante los avances del materialismo, el hedonismo, la radicalización de las ideas y, en fin, la búsqueda estéril de una felicidad que ha dejado a Europa y al resto del mundo industrializado en una total desesperanza existencial.

Es en ese sentido que los católicos, practicantes o no practicantes, debemos fijar nuestras expectativas ante el ascenso del primer líder latinoamericano de una iglesia que, esperemos, ya ha tocado fondo y probablemente se encuentra dispuesta a encabezar un resurgimiento de la espiritualidad en el mundo.

Pero debemos ser bien humildes, reconociendo las flaquezas de nuestra humanidad. Hay muchas personas que llevan sus vidas con un alto sentido ético, pero no son religiosas. Hay muchos individuos maravillosos que por diversos motivos, personales o ulteriores, han sido desplazados a la orilla de la fe. En lo personal, deseo creer que Francis dirigirá gran parte de los esfuerzos de su reinado a presentar un mensaje incluyente y no exclusivo.

Para acompañar esa labor misionera de Francis, los católicos del mundo a la par de sencillos también tenemos que mostrar confianza en nuestra fe, no esconderla, ni traslaparla por temor a no ser modernos, por el contrario, pienso que debemos exhibirla con frecuencia y, para ello, tenemos que prepararnos mejor, afinando nuestra agudeza dentro de la perspectiva de las enseñanzas cristianas.

Confiemos en que ha llegado la hora de un retorno de la fe a sus orígenes, a los fundamentos de una iglesia que, no olvidemos, no es el Vaticano, ni su colegio cardenalicio, ni una congregación religiosa, sino que el propio cuerpo de Cristo, santo e incorruptible, por encima de todas las pasiones y las debilidades humanas. Así no los han enseñado y así tenemos que repetirlo.

La iglesia que ahora preside el Papa Francis es el centro irreductible de las enseñanzas del Maestro, el fruto visible y palpable del Espíritu Santo contra el cual no prevalecerán las puertas del infierno, según la promesa del propio Jesús.

En el complejo panorama de nuestro tiempo, este Santo Padre de verdad que tiene prestigio en todas partes, en la izquierda como en la derecha, entre moros y cristianos, por encima del cinismo y la trampa,  jamás ha condenado a nadie, a ningún grupo político o de orientación sexual, sino que tan solo ha dejado ver en claro cuáles son los límites de su iglesia.

El derecho a la vida es fundamental, así como lo es el derecho al amor pleno, sin conflictos. Aunque nos cueste mucho entenderlo, ante la vida mundana, la oferta de la fe es una vida plena. Y, como buenos pecadores, todos los días rechazamos esa oferta, solo para terminar entendiendo, tarde o temprano, que aún tenemos tiempo de aceptarla.

Así, mientras podamos, regocijémonos en la gracia de Dios ante este nuevo Vicario de Cristo que viaja en colectivo y rechaza manifiestamente el lujo, retando así, ante nosotros, a los aguijones de la carne que nublan nuestro entendimiento.

Vencedores en la fé

(Foto Alex Castro / Tomada del sitio oficial “CubaDebate”)

Aunque algunos sacerdotes y jerarcas católicos pueden contarse entre los más cobardes y despreciables seres humanos de la Creación, la Iglesia Católica es una institución no igualada en cuanto al compromiso que a través de los siglos mantiene con sus valores.

Tras el fracaso de las ideologías y el abandono de las utopías, el ethos cristiano es el último mito sobreviviente de la cultura occidental. No hay otro reducto de valores ni siquiera parecido y, aunque la feligresía sigue desvaneciéndose de las Iglesias por diversas razones más ligadas a la naturaleza humana que a la fé, los 2000 años de vida cristiana no han dejado ni un momento de revolucionar en lo interno a decenas de millones de individuos de todas las razas y todos los entornos.

Es la obra maravillosa de la Iglesia la que nos lleva a admitir que Cristo está vivo en el corazón de los que creen en él. Y su vida no es un mito, es una fuerza que dinamiza a la persona y lo lleva a trascender sus limitaciones en busca de su unión con Dios.

Así vemos como ni los bochornosos e inexcusables escándalos por pederastía, ni el desgate del rito católico que se mira y se siente avejentado, han logrado socavar el prestigio ético y político de los papados.

Eso queda de manifiesto en la visita del Papa Benedicto XVI a Cuba, uno de los países menos católicos del hemisferio, pero sin duda uno de los más importantes para la labor pastoral.

La dictadura socialista cubana desde que fue abandonada por la Unión Soviética hace 20 años ha andado en busca de una salida negociada a su prolongada crisis interna y, desde la visita del Papa Juan Pablo II en 1998 hasta el retorno ahora de su sucesor Benedicto XVI, el castrismo prácticamente ha estado capitulando en cámara lenta ante el trono de Pedro.

Esa es la única forma en que puede obtener una justificación moral a la ruina de la revolución. Además, no existe ninguna otra institución en el mundo capaz de ir hasta los escombros de la utopía socialista, no con aire de victoria, sino que con humildad.

Ese es, en particular, el poder de la mansedumbre del que no tiene miedo y del que ha sido protagonista cimero de la historia, levantándose desde los infiernos de La Inquisición hasta la total propagación por el mundo de la caridad de Jesucristo.

Esta no es la Iglesia que discute sobre el aborto o sobre los anticoceptivos, sobre los homosexuales o la carnalidad, sino que la Iglesia de la Vida, la Iglesia Militante en Cristo.

Aún en medio de las descomposiciones morales más profundas de las sociedades líderes a lo largo de la historia, esta es la Iglesia que ha salido adelante para rescatar el decoro de la especie humana.

Así los papados han enfrentado con éxito, desde las hordas bárbaras que hicieron colapsar al Imperio Romano de Occidente hace más de 1500 años,  hasta el Imperio Soviético que se derrumbó hace 12 años.

Según la biografía en Wikipedia, Fidel Castro, es un deista, no un ateo. El hombre cree en Dios, reconoce el mito, pero no le rinde pleitesía dentro de un espacio que no sea el de su propia conciencia.

Dicen las noticias que el encuentro del Benedicto XVI con Fidel Castro ocurrido este miércoles 28 de marzo se realizó en la Nunciatura de La Habana, se prolongó por media hora y fue cordial. Hasta hablaron de los cambios nuevos en la Liturgia.

Seguramente, a unas pocas cuadras de allí, en el cuartel general la seguridad del estado cubano ya ni siquiera se acuerdan de aquella Iglesia Popular politizada, financiada y fomentada con furia para socavar a El Vaticano.

Los Castro, en el fondo, ahora creen que su temple revolucionario se parece al temple de la Iglesia Católica. Ellos en cierta forma admiran la gran capacidad de Roma para permanecer fiel a sus principios, resistiendo las tentaciones y las calamidades de la naturaleza humana.

¿Y quiénes son esos hermanos Castro si se les compara con el Emperador Constantino I que hace 1700 años se convirtió y reconoció al cristianismo como la fé del mayor de los imperios?

¿Y por qué se razgan los anti comunistas sus vestiduras cuando ven que Benedicto XVI se reúne Fidel Castro? ¿Acaso el Papa Juan Pablo II no fue a la propia celda de Alí Agca para perdonarlo aunque por poco lo mata por encargo de los servicios secretos búlgaros y la KGB?

Lo importante en esta hora es recordar que el verdadero Cristiano no vive en cobardía. El Señor nos llama a andar victoriosos en la fe, nos infiere una actitud proactiva en la lucha espiritual que es nuestro principal distintivo.

Y no tener miedo es, también, no tener prejuicio, no juzgar de antemano; confiar en el valor y la militancia divina del Espíritu Santo.

La peregrinación del Papa a Cuba no es más que eso, un acto de valor cristiano apoyado en la fe de este Sucesor de Pedro, Ratzinger, que está cerca de cumplir 85 años.

En lo personal, no soy un católico muy apegado a El Vaticano. Respeto el rito y los preceptos de mi fe, pero comprendo que hay mucho espacio para las transformaciones.

Sin embargo, las Sandalias del Pescador caminaron hoy con paso firme por La Habana, trayendo un mensaje de esperanza para todos los cubanos y todos los latinoamericanos que viven confundidos o angustiados desde el fracaso de las ideologías, ya sea de derecha o izquierda. HORACIO RUIZ