El discreto encanto de lo dudoso

 

Creo que uno se vuelve más cínico en Estados Unidos que en otras partes. Muchos inmigrantes provenimos de sociedades más ingenuas y aquí, en la gran nación, se nos revelan con mayor claridad las malicias, las desconfianzas, las incredulidades, la necesidad de no confiar en nadie, etc.

Es como si el imperio fuera un gran monóculo en el que todas las virtudes y los defectos humanos se exhiben, listos a ser hurgados, exprimidos, diseccionados, ya sea con la ley, mediante el periodismo, la hicopresía o el sarcasmo personal.

Ser cínico es un poco como ser cool, dentro de la ideosincracia yanki. Aquí nada debe sorprendernos y el comentario ácido lo llevamos a flor de boca.

También es muy fina la línea que separa el lado altruista de una persona de su lado oscuro o viciado. Por algo aquí se inventó el film noir, o sea, el anti-heroismo de Hollywood.

Yo llegué a Estados Unidos siendo un idealista y  lo sigo siendo, solo que ahora tomo mis precauciones. Hay dos anécdotas que se me ocurre contar para validar mi punto de vista.

Siendo un reportero novato en este país, un día mi editor me incrustró en una patrulla antinarcoticos durante un operativo policial en las barriadas de Miami.

Por varias horas fui testigo y protagonista de acción policial en la calle; numerosos arrestos, celadas policiales y decomiso de drogas. Me impresionó el olfato de los dos agentes de mi unidad, muchachos jóvenes y bien ágiles que corrían como chitas detrás de los pequeños vendedores de droga, más asustados que violentos.

Pero ya comenzaba a aburrirme dentro de la patrulla, cuando encontré en el piso un par de revistas pornográficas y un paquete de condones.

Cuando los policías regresaron y me preguntaron cómo iba, les dije “aquí leyendo un poco”, mostrándoles los magazines que había descubierto a bordo. Uno de ellos ensayó una disculpa que se tragó la tarde.

–     Bueno, tu sabes, a veces te aburres en este trabajo, tienes que esperar horas y horas,  vaya…

De los preservativos no se habló ni una sola palabra.  Y la verdad es que, aunque no me provocó ninguna solidaridad masculina el haber encontrado aquella parafernalia erótica en el asiento trasero de un vehículo de la ley, preferí darles el beneficio de la duda a aquellos agentes que eran mis anfitriones.

No mucho tiempo después de eso, se me pidió escribir una presentación de un gran periodista que iba a ser postulado para un prestigioso premio de la prensa norteamericana.

Para inspirarme, un ayudante me envió un video en VHS sobre momentos estelares en la vida del prestigioso comunicador.

Después de examinar la cinta mientras tomaba notas, el video siguió rodando y la pantalla comenzó a presentar una película pornográfica sobre sado-masoquismo.

Era una producción, digamos, doméstica, artesanal, hecha por aficionados. Por más que lo intenté, no pude determinar si el periodista famoso era uno de los protagonistas.

Nunca he podido explicarme cómo se cometió el error de enviarme ese video con la imágenes traslapadas de una gran personalidad de los medios de comunicación y actos de sexualidad aberrada.

Tras estas dos experiencias ambiguas con personas buenas pero un poco eclipsadas por las circunstancias, el germen del cinismo norteamericano comenzó a anidar sobre mi idealismo. A decir verdad, nunca he podido sacármelo de encima. HORACIO RUIZ

Les presento al gobernador

Una leyenda genuina del estado de Florida es la del gobernador Lawton Chiles, político invicto y conciliador de todos los microcosmos de la península que en particular es recordado por su caminata de mil millas, desde Pensacola hasta Cayo Hueso, en 1970.

La ruta la cubrió en 91 días, rodeado de periodistas y, al llegar, dijo que lo que más le gustó fue haber visto de cerca la belleza natural del estado.

Tras su hazaña, “Walking Lawton” hizo lo que quiso en la política floridana. Fue congresista en Washington, luego senador federal y, por último, dos veces gobernador de Florida. En su última refriega electoral en 1994 derrotó al republicano Jeb Bush en una elección disputadísima.

Por entonces la delegación congresional de Miami en Tallahassee, la capital estatal, iba in crescendo y el poder político de la comunidad cubano americana se acrecentaba año tras año. Chiles decidió abrir una oficina de relaciones comunitarias en Miami. El diario me envió un par de veces a Tallahassee y nuestro director recibió en su despacho varias veces al gobernador, en donde tuve la oportunidad de entrevistarlo.

Era un americano sonriente, delgado, ligeramente encorvado. Caminaba rápido, como impulsándose con los brazos y siempre te saludaba como si estuviera descubriéndote.

Aquel político demócrata destilaba un aire desenfadado que inspiraba comodidad.

Una vez entré a la Mansión del Gobernador en Tallahassee y no recuerdo qué yo esperaba, sentado en el foyer, cuando Chiles entró por la puerta principal y tras un rápido saludo me invitó a almorzar con otros empleados estatales allí presentes, lo cual agradecí, pero no acepté.

Hay cierta ética que tenemos que guardar los periodistas, a veces con sacrificio, aunque a nadie le importe. Otras veces, en cambio, el albur nos recompensa con naturalidad.

Una noche yo me encontraba en una marisquería de Miami tomando cerveza y cenando patas de cangrejo con un grupo de amigos, cuando el gobernador Chiles y su asesor en Miami, Joe Pena, ingresaron al establecimiento.

Aquel sitio popular, frente al recinto sur de la Universidad Estatal de Florida (FIU), estaba lleno por completo. ¿Qué andaban haciendo aquellos dos animales políticos por esos lados y a esa hora?

Pena me divisó y, agarrando al gobernador del brazo, avanzaron hacia mi mesa. Al verlos venir, me levanté de mi asiento y los esperé con una gran sonrisa hasta que pude extenderles mi mano con simpatía. “Hola, como está, nos volvemos a ver”, me dijo Chiles con toda su sencillez.

Yo por instinto procedí a presentar al Gobernador de Florida a mis compañeros de cena, tres compatriotas nicaragüenses con los  que acostumbraba reunirme después de nuestros trabajos.

En seguida varios meseros llegaron a avisar al Gobernador que ya le tenían lista una mesa. Se lo llevaron mientras Lawton Chiles saludaba agitando las manos a otros presentes que lo iban reconociendo.

Cuando me volví a sentar, mis amigos guardaron silencio.

– ¿¡Qué!?, les dije en tono de reclamo.

No podían creer que el Gobernador de la Florida, uno de los políticos más populares en la historia del estado, había llegado hasta mi mesa en una fonda de un suburbio de Miami, solo para saludarme.

– ¿Ese era Lawton Chiles, maje?, alcanzó a decir uno de ellos.

No dije nada y me limité a reir y tomar un buen trago de cerveza.

Hablaron de mi entre ellos, que yo era un presumido, que no lo podían creer, que dónde lo había conocido, etc. etc.

Yo les expliqué que el “Lawton Caminante” era un personaje especial y que yo tan solo me había cruzado en su camino.

Chiles falleció repentinamente en 1998 cuando hacía ejercicio en el gimansio de su mansión, faltándole solo unos días para terminar su segundo período como gobernador y retirarse con todos los honores. HORACIO RUIZ

Periodistas de primera

Fue en el verano de 1996 cuando mi editor, al que guardo mucho cariño por su caballerosidad, me pidió que fuera a Londres a realizar una cobertura especial que, más bien, era un premio a mi dedicación diaria en el periódico.

American Airlines inauguraba la ruta Miami-Heathrow y había invitado a una conferencia de prensa de su presidente, Robert Crandall, una leyenda en carne y hueso de la aviación comercial.

Serían cinco días y cuatro noches. Un tour para columnistas de turismo y hotelería en el que yo sería la excepción. Mi especialidad, en realidad, era otro tipo de turismo: los inmigrantes en Miami.

En el avión conocí a una compañera de viaje que se sentó a mi lado. Era una muchacha judía, Dolores Haptman, muy bien parecida, columnista de una de esas revistas que se editan en papel lustroso en Miami Beach cuyos avisos suelen ser más entretenidos que sus artículos.

El primer día en Londres fue rápido y atareado. Al mediodía nos encontramos con Mr. Crandall, quien me causó grata impresión. Me convenció que Miami-Heathrow era una ruta fascinante, preconizadora de una bonanza sin precedente de la industria; la alborada de una nueva era de viajes que obligaría a construir aviones más grandes, eficientes y mejores. Así lo hice saber en mi nota para el periódico.

La jornada terminó con una cena en nuestro hotel, el Saint James Court, a corta distancia de Buckingham Palace, en donde sufrí un traspie.

Se discutía a mi alrededor sobre quesos franceses y, como llevaba varios minutos sin hablar, dije algo, no recuerdo qué. Entonces una señora de origen asiático enfiló sus cañones y me acusó de no tener ni idea de lo que acababa de decir. Me defendí a como pude, pero perdí la discusión.

No estaba en mi ambiente entre aquellos colegas aburguesados y cebados de tanto viajar por el mundo con los gastos pagados. Los dos días siguientes no volví a ver a nadie del grupo.

Decidí caminar solo con mi sombra, vagar sin cansancio por Londres, como un judío errante, es decir, como un paisano de Dolores Haptman, invitado por Mr. Robert Crandall a deambular perennemente por la capital británica en nombre de la aviación.

Merodié por Wimbledom, fuí en busca del teatro original de Shakespeare y me regalé un almuerzo costoso en Harrod’s. Otro día almorcé dos pintas con un sandwich de pastrami y fui a leer un tabloide sobre el pasto de Hyde Park, donde también dormí una buena siesta, rodeado de oficinistas londinenses en receso. Fue un tiempo grato, amable y distendido con mi mismo.

El domingo a las seis de la mañana, Dolores me despertó con una llamada a mi habitación. Sonaba apurada y contrariada. Me necesitaba para remplazar a alguien que se había enfermado y no podría ir en la excursión a Stonehenge.

Necesitaban cubrir la vacante rápido y, al parecer, yo era una opción desesperada. Pagué $75 dólares y me monté en un tren con un grupo de personas somnolientas hacia las ruinas místicas de los Druidas. Dolores era la organizadora de la gira y, como me enteré después, recibió una comisión de parte de los guías. A la hora del almuerzo, ella no pidió nada. Nos acompañó con un sandwich de jamón y queso y una lata de soda que sacó de su cartera.

Al día siguiente volveríamos a Miami. Llegué al aeropuerto temprano y, en el mostrador una señora me recibió con felicitaciones.

– Señor Ruiz, usted viajará en primera clase. Su jefe nos ha pedido hacerle un upgrade y, por hoy, podemos hacerlo.

Al rato apareció Dolores. Se registró y se sentó a mi lado. Le dije que yo iría en primera clase y, de un salto, se estiró todo lo alto que era sobre el piso. Me arrebató el boleto de las manos y se dirigió al mostrador. La escuché agitarse.

– Él y yo venimos en el mismo viaje. No veo por qué no podemos regresar juntos, si usted misma dice que hay espacio…

Habló tanto y tan rápido a la pobre representante de American Airlines que, supongo, la hastió y terminó dándole lo que pedía.

La muchacha volvió hacia mi con una sonrisa de campeona olimpica, de satisfacción femenina, geneticamente felina, como una princesa fenicia, acostumbrada a sonsacar.

Le tuve respeto. Quizás la revista para la que trabajaba no lo merecía, pero ella sí.

Pasamos siete horas y media de risas y excesos. Ella pedía y pedía, coqueteaba con el sobrecargo, me sonreía cómplice, me cerraba un ojo, pedía más almohadas. Guardaba  todo lo que podía en su cartera. Fingía que dormía con la venda sobre los ojos, pero en seguida despertaba y seguía pidiendo. También pedía para mi. Venía feliz.

Hablamos de todo, como periodistas parlanchines, como  extraños unidos por una extravagancia de unas horas. Cuanto aterrizamos y salimos a la calle en busca de taxis, ya cerca de despedirnos, la noté preocupada.

–      ¿Algún problema?, le dije.

–      ¿Podrías prestarme 10 dólares para el shuttle? Te los envío en un sobre por correo hoy mismo, respondió.

Le extendí con gusto el billete y nos despedimos como amigos. Viéndola alejarse sentí que por primera vez había conocido a alguien que de verdad consigue lo que quiere. Yo, en cambio, solo sobrevivo por mi suerte.

A merced de la naturaleza

http://en.wikipedia.org/wiki/For_a_Few_Dollars_More

Una mañana de julio en 1992 tres ex combatientes de la “contra” fueron a buscarme al periódico porque querían trabajar y, no se por qué motivo, pensaron que yo podía ayudarles.

Uno de ellos había perdido una mano en la guerra contra el ejército sandinista. A otro le quedó la boca torcida por un charnel de granada y, el tercero, aunque era el que mejor se veía y parecía bien alimentado, sufría de desórdenes emocionales.

No me resultó difícil vertir sobre aquel trío de figuras descosidas mis mejores sentimientos.

Un poco como que nos necesitábamos. Ellos requerían con urgencia un poco de estabilidad y solidaridad y este servidor los veía como una oportunidad para ser generoso con algo que le tocaba bien adentro: el sufrimiento de su pueblo.

– “De lo que sea”, me dijo al que apodaban Risita, el de la cavidad bucal desfigurada, cuando le pregunté qué tipo de trabajos podían realizar.

– “Usted sabe cómo somos los nicas, fajones. A todo le hacemos”, agregó Medardo, el mutilado al que apodaban “Clin Ishuo”, por el personaje de “El Manco” que encarnó Clint Eastwood en Por unos Dólares Más.

El líder de la tripleta, Mercedes Norori, era el que menos hablaba. Se veía pasado de peso y transpiraba mucho. También, como me enteré poco después, era el que más bebía.

Como tengo la mala costumbre de mostrar afecto con rapidez, el día de nuestro encuentro los invité a cenar en una fonda nicaragüense de Sweetwater.

No hablamos ni de la guerra, ni de política. Posiblemente no queríamos. Ya habíamos tenido bastante de eso en nuestras vidas y, más bien, charlamos sobre licores, viajes, novias, la vieja Managua, fiestas patronales, la Caimana, los toros Braman, las sopas, el béisbol y el boxeo, en fin, ideas fijas en las mentes de nosotros, los nicas.
Terminé por contratarlos. Me aseguraron que, entre otras cosas, eran carpinteros bien probados y como necesitaba reemplazar una pérgola de madera a la entrada de mi townhouse, pues me pareció un asunto de sentido común que se ganaran esa plata.

Lo que siguió fue terrible, no tanto para mi como para mi familia. Más de un mes después de iniciar labores, los tres contras no conseguían terminar el trabajo.

Algunas noches esperaban que regresara a casa, sentados en la acera, hasta que los hacía pasar para bebernos un par de cervezas y, a veces, también para cenar.

Mi esposa estaba al borde del colapso nervioso y me dijo que había sido “la peor decisión del mundo” el haber hecho trato con mis amigos de la contrarrevolución en desbandada.

– What’s wrong with you, dad? – me reprochó una noche mi hijo de 12 años.

Algunos sábados hacíamos tertulias o, mejor dicho, terapia. En la última de esas sesiones, abrí una botella de dos litros de escocés y fue lo peor. Los tres se emborracharon. Mercedes alucinó con la guerra en las Montañas de Nueva Segovia y se dio de golpes con Risita.

Medardo lloró como un niño y, al final, tuve que irlos a dejar a cada uno a su casa, en el más absoluto silencio. Esa noche decidí despedirlos y no volver a recomendarlos con nadie.

Pasaron varios días sin venir y, al cabo de un par de semanas, dieron por terminado el trabajo. “Si querés, no nos pagués. Sabemos que quedó mal”, me dijo Mercedes.

La pérgola se veía horrible, un gasto en balde de madera, pintura y fierros. Como tomaron malas medidas, al final unieron las reglas con goma y clavos cruzados. Tendría que darla a hacer de nuevo. Pero les pagué y se fueron.

No había acabado de lamentar mi mal juicio cuando, el 24 de agosto de 1992, el Huracán Andrew azotó con fuerza devastadora el sur de la Florida, matando a unas 30 personas en nuestra zona y destruyendo y dañando decenas de miles de residencias.

Cuando el adjustador de la aseguradora  se presentó en mi casa para inspeccionar los daños, lo primero que hizo fue fijarse en la pequeña estructura levantada por los contras.

–      Heavy damage here, I can see – me dijo.

Creí que se burlaba, pero no, en seguida tomó medidas y anotó números en su block. Aquel trabajo había quedado tan chueco que el ajustador pensó que era el daño retorcido de un huracán de categoría cinco.

Yo no lo saqué de su error, sobre todo porque no estaba bien seguro de lo que estaba sucediendo.  Hasta que al cabo de varias semanas recibí un cheque generoso para reparar la pérgola entendí  a cabalidad.

Quiero creer que la Divina Providencia me devolvió con creces lo que perdí a causa de mi embelezo con los contras. Me hubiera gustado celebrar con ellos, pero nunca supe dónde se metieron. HORACIO RUIZ