Periodistas de primera

Fue en el verano de 1996 cuando mi editor, al que guardo mucho cariño por su caballerosidad, me pidió que fuera a Londres a realizar una cobertura especial que, más bien, era un premio a mi dedicación diaria en el periódico.

American Airlines inauguraba la ruta Miami-Heathrow y había invitado a una conferencia de prensa de su presidente, Robert Crandall, una leyenda en carne y hueso de la aviación comercial.

Serían cinco días y cuatro noches. Un tour para columnistas de turismo y hotelería en el que yo sería la excepción. Mi especialidad, en realidad, era otro tipo de turismo: los inmigrantes en Miami.

En el avión conocí a una compañera de viaje que se sentó a mi lado. Era una muchacha judía, Dolores Haptman, muy bien parecida, columnista de una de esas revistas que se editan en papel lustroso en Miami Beach cuyos avisos suelen ser más entretenidos que sus artículos.

El primer día en Londres fue rápido y atareado. Al mediodía nos encontramos con Mr. Crandall, quien me causó grata impresión. Me convenció que Miami-Heathrow era una ruta fascinante, preconizadora de una bonanza sin precedente de la industria; la alborada de una nueva era de viajes que obligaría a construir aviones más grandes, eficientes y mejores. Así lo hice saber en mi nota para el periódico.

La jornada terminó con una cena en nuestro hotel, el Saint James Court, a corta distancia de Buckingham Palace, en donde sufrí un traspie.

Se discutía a mi alrededor sobre quesos franceses y, como llevaba varios minutos sin hablar, dije algo, no recuerdo qué. Entonces una señora de origen asiático enfiló sus cañones y me acusó de no tener ni idea de lo que acababa de decir. Me defendí a como pude, pero perdí la discusión.

No estaba en mi ambiente entre aquellos colegas aburguesados y cebados de tanto viajar por el mundo con los gastos pagados. Los dos días siguientes no volví a ver a nadie del grupo.

Decidí caminar solo con mi sombra, vagar sin cansancio por Londres, como un judío errante, es decir, como un paisano de Dolores Haptman, invitado por Mr. Robert Crandall a deambular perennemente por la capital británica en nombre de la aviación.

Merodié por Wimbledom, fuí en busca del teatro original de Shakespeare y me regalé un almuerzo costoso en Harrod’s. Otro día almorcé dos pintas con un sandwich de pastrami y fui a leer un tabloide sobre el pasto de Hyde Park, donde también dormí una buena siesta, rodeado de oficinistas londinenses en receso. Fue un tiempo grato, amable y distendido con mi mismo.

El domingo a las seis de la mañana, Dolores me despertó con una llamada a mi habitación. Sonaba apurada y contrariada. Me necesitaba para remplazar a alguien que se había enfermado y no podría ir en la excursión a Stonehenge.

Necesitaban cubrir la vacante rápido y, al parecer, yo era una opción desesperada. Pagué $75 dólares y me monté en un tren con un grupo de personas somnolientas hacia las ruinas místicas de los Druidas. Dolores era la organizadora de la gira y, como me enteré después, recibió una comisión de parte de los guías. A la hora del almuerzo, ella no pidió nada. Nos acompañó con un sandwich de jamón y queso y una lata de soda que sacó de su cartera.

Al día siguiente volveríamos a Miami. Llegué al aeropuerto temprano y, en el mostrador una señora me recibió con felicitaciones.

– Señor Ruiz, usted viajará en primera clase. Su jefe nos ha pedido hacerle un upgrade y, por hoy, podemos hacerlo.

Al rato apareció Dolores. Se registró y se sentó a mi lado. Le dije que yo iría en primera clase y, de un salto, se estiró todo lo alto que era sobre el piso. Me arrebató el boleto de las manos y se dirigió al mostrador. La escuché agitarse.

– Él y yo venimos en el mismo viaje. No veo por qué no podemos regresar juntos, si usted misma dice que hay espacio…

Habló tanto y tan rápido a la pobre representante de American Airlines que, supongo, la hastió y terminó dándole lo que pedía.

La muchacha volvió hacia mi con una sonrisa de campeona olimpica, de satisfacción femenina, geneticamente felina, como una princesa fenicia, acostumbrada a sonsacar.

Le tuve respeto. Quizás la revista para la que trabajaba no lo merecía, pero ella sí.

Pasamos siete horas y media de risas y excesos. Ella pedía y pedía, coqueteaba con el sobrecargo, me sonreía cómplice, me cerraba un ojo, pedía más almohadas. Guardaba  todo lo que podía en su cartera. Fingía que dormía con la venda sobre los ojos, pero en seguida despertaba y seguía pidiendo. También pedía para mi. Venía feliz.

Hablamos de todo, como periodistas parlanchines, como  extraños unidos por una extravagancia de unas horas. Cuanto aterrizamos y salimos a la calle en busca de taxis, ya cerca de despedirnos, la noté preocupada.

–      ¿Algún problema?, le dije.

–      ¿Podrías prestarme 10 dólares para el shuttle? Te los envío en un sobre por correo hoy mismo, respondió.

Le extendí con gusto el billete y nos despedimos como amigos. Viéndola alejarse sentí que por primera vez había conocido a alguien que de verdad consigue lo que quiere. Yo, en cambio, solo sobrevivo por mi suerte.