Periodismo e inocencia

Me hallaba en la icónica sala de prensa de la Casa Blanca trabajando en la cobertura de la firma o promulgación de la Ley Helms Burton por parte del presidente Bill Clinton, cuando de pronto me sobrevino una imperiosa necesidad de aliviar mi vejiga.

Hice lo propio, buscar un baño cerca, aunque consciente de que me encontraba en un sitio un poco delicado o incómodo en el que por nada del mundo quería llamar la atención.

Con prudencia y hasta respeto caminé hacia la parte frontal del pequeño teatro dispuesto para las conferencias de prensa, pasé frente al podio desde donde se les habla a los periodistas  y que tenía como trasfondo un telón y una Casa Blanca pintada dentro de un marco ovalado, y crucé con decisión y urgencia a través de un pequeño pasillo bien iluminado.

Era marzo de 1996. Solo unos días antes dos cazabombarderos cubanos, un Mig-29 y un Mig-23, habían derribado a dos avionetas civiles de exiliados cubanos, completamente desarmados, sobre el Estrecho de la Florida.

Nunca antes en la historia del Hemisferio Occidental, con excepción de la batalla por las Islas Malvinas en 1982, se había registrado el accionar de armas tan letales como esos aviones de fabricación soviética. El presidente Bill Clinton, su gobierno y el Estado estadounidense en general reaccionaron con la aprobación rápida de la ley que endurecía el embargo económico al régimen comunista de La Habana y que hasta la normalización de las relaciones en 2016 definió las relaciones entre ambos países. La verdad, para mi, el presidente falló entonces al no haber ordenado de inmediato una misión de castigo militar al régimen cubano. Después de eso hubieran venido las sanciones políticas y económicas.

Porque no se aniquila a civiles estadounidenses en el aire como a patos en una cacería, ni mucho menos con una tecnología militar diseñada únicamente para grandes conflictos. Bueno, en fin, quizás ya el mundo olvidó aquella barbaridad (yo no) pero, sin duda, la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba (FARC) mantiene desde aquella acción el título de la fuerza aérea más cobarde del mundo.

El asunto es que, sin quererlo, ingresé en la oficina del secretario de Prensa de Estados Unidos. Una señora amable me salió al paso y, gentilmente, me dirigió a un lavabo en donde pude calmar mi urgencia y recobrar la claridad de mi pensamiento.

Si se toma un mapa del Ala Oeste de la Casa Blanca se puede comprender mejor lo que me sucedió a continuación.

Las oficinas del equipo de prensa están justamente frente al Salón de Reuniones del Gabinete presidencial y, adyacentes hacia el sur le siguen la oficina del secretario o secretaria del presidente y la famosa Oficina Oval, reducto histórico del mandatario del imperio.

Decidí no volver por el mismo camino que había llegado. Miré una puerta en claro hacia un amplio pasillo soleado que, noté, también me podía conducir de vuelta al teatrito para la prensa.

Cruce la puerta y salí al corredor al que llaman West Colonnade que bordea el Jardín de las Rosas y allí mismo vi que iban, de espaldas, probablemente hacia la Oficina Oval, el presidente Bill Clinton y su secretario de Administración y Presupuesto, Leon Panetta.

Venían conversando y ambos miraban hacia el suelo, como concentrados en sus palabras. Llegue a estar a unos cinco metros de ellos, hasta que un policía, sí un policía regular, no un agente de seguridad o algo parecido me alcanzó y me dijo entre sorprendido y enérgico:

– No se supone que usted esté aquí.

Entonces tuve que regresar justo por donde había llegado, pero el hecho de haber estado tan cerca del presidente que, seguramente venía caminando desde su residencia, me dejó un poco impresionado.

Qué frágil era la seguridad del hombre más poderoso del mundo, como se le llama a menudo al inquilino de la Casa Blanca. Tanta fragilidad me hizo consciente de mi intrusión y eso me provocó cierto desasosiego.

El cuento lo referí a parientes y amistades, pero me sobrevino con fuerza cinco años después, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001.

Ese día, dicen, Estados Unidos perdió su inocencia. Pero ya la había perdido antes, cuando renunció Richard Nixon por Watergate y, más atrás, cuando mataron a John F. Kennedy y, también mucho antes, cuando el ataque a Pearl Harbor. En fin, quizás Estados Unidos tenga más inocencias que perder, pero ojalá que ya no sea en mi tiempo.

Lo cierto es que fue Nixon el presidente que mandó a construir el escenario para la prensa en el Ala Oeste de la Casa Blanca.

En realidad, ante el crecimiento del contingente periodístico y en especial de la televisión, Nixon ordenó construir una área para la prensa o comunicación social sobre una espectacular piscina bajo techo que en 1933 le fue obsequiada al presidente Franklin Delano Roosvelt por la organización contra la poliomielitis, March of Dimes.

Esta piscina aún existe, curiosamente, justo debajo del escenario donde se realizan las conferencias de prensa del portavoz presidencial.

Lo cierto es que los nuevos salones para el periodismo se inauguraron en 1970 y, solo cuatro años después, Nixon fue expulsado de la presidencia, en gran parte por esa misma prensa a la que él abrió las puertas de su casa (tenía que hacerlo, claro), pero que no le dejó pasar sus mentiras y lo acorraló hasta hacerlo derramar sus lágrimas más amargas.

En serio, creo honestamente que no hay que dejar de pedirle a Dios por la prensa de Estados Unidos.

El vuelo de los claveles

La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, tuvo atención mundial y, en lo particular, me hizo sudar más de la cuenta.

Un editor de la agencia italiana Ansa se instaló en un hotel de Miami Beach unos días antes del peregrinaje del Sumo Pontífice y decidió que cubriríamos en equipo las reacciones locales de la comunidad cubana. Todo iba bien hasta que Cristiano, como se llamaba mi jefe visitante, me pidió que viajara en una flotilla de protesta de exiliados anti-castristas frente a las costas de Cuba, para llamar la atención cuando el Papa estuviese oficiando misa en La Habana.

Me reservaron cupo en una avioneta desde la cual se lanzarían ramos de flores sobre el sitio en el océano donde guardacostas cubanos hundieron en 1994 un remolcador cargado de personas que querían escapar hacia Florida. Allí se ahogaron 41 almas, incluyendo 10 niños, según datos independientes, porque el régimen cubano nunca precisó el número de vidas que se perdieron.

La protesta sería noble y pacífica. El problema era — y todavía lo es —  que me desagrada mucho viajar en aviones muy chicos. Pero Cristiano insistía que la agencia en Roma estaba encantada con la idea de realizar esa cobertura. ¿Cómo iba yo a defraudar a mis espirituosos colegas de la prensa italiana? La cobardía no era una opción.

Me presenté en el aeropuerto de Tamiami a la hora indicada. Periodistas y aviadores escuchamos misa en un hangar y luego abordamos. Mi avioneta era la más pequeña de las tres que saldrían al encuentro de los botes que, a su vez, zarparían desde Key West hacia el sitio de la tragedia, al borde de las aguas territoriales cubanas. Era tan pequeño mi avión que apenas yo alcanzaba atrás junto a varios ramos de claveles amarillos.

En una media hora llegamos al sitio acordado. Divisé la silueta de La Habana, blanquesina, larga, como un espejismo que coqueteaba con hacerse realidad. Abajo miré los botes de los cubanos atareados en su protesta.

El piloto y el copiloto me indicaron que había llegado la hora de la maniobra. El momento más delicado de la misión.

Comenzamos a volar en círculo con las alas inclinadas y, dentro de la avioneta, nuestra posición se hizo bien perpendicular, incómoda, surreal. El zumbido del motor era más fuerte, el viento nos sacudía con mayor facilidad y bailábamos en círculo con las otras dos avionetas. Sudé mucho mientras pasaba hacia adelante las flores que los tripulantes lanzaban al mar desde sus ventanas.

Al cabo de un rato, el piloto me preguntó: “¿Tú quisieras arrojar un ramo?” Le dije que sí.  El día era soleado y cristalino. Circunvolando y descargando flores, el tiempo se hizo elástico. Como por 15 minutos no fuí el reportero de Ansa sino que un manifestante suspendido en el aire, con el cuerpo virado.

Finalmente, regresamos, me despedí de mi tripulación y, cumpliendo las instrucciones de Cristiano, desde la terminal de Tamiami lo llamé a su hotel de Miami Beach. Le narré todo lo que puede. Él tenía que hacer la nota en italiano; luego yo haría la mia en español, para el servicio latinoamericano. Al terminar la comunicación me inquirió:

– Entre todo lo que me has contado qué te impresionó más.

Mi respuesta meditada en segundos fue bien sincera, aunque dramática.

– Que nunca hubiera pensado poner en riesgo mi vida por ir a tirar unas flores.

– ¡Ajá!, bien, ciao – me respondió entre reflexivo y apurado.

Unos días después, cuando Juan Pablo II y Cristiano ya habían regresado a Roma, me llegó un sobre desde el buró central de Ansa. Era un recorte del diario L’Stampa de Milán en la que aparecía una nota no muy larga titulada: “Rischiando la vita lasciando i fiori” (Arriesgando la vida por lanzar flores). Yo era el autor.

Llamé a Cristiano y le agradecí, pero le expliqué que no estaba de acuerdo con poner mi firma en una nota que en realidad no había escrito. Me replicó que yo la había vivido y que eso, para la agencia, era más importante. Que él solo fue un traductor.

Le volví a agradecer sin muchas ganas y me despedí.

¡Periodistas!, proferí en silencio y pensé en mis claveles amarillos flotando serenos en el mar.  HORACIO RUIZ