Un español sin complejos

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Se dice que es en Estados Unidos donde se está decidiendo el futuro del español como lengua de influencia y de peso en la globalización, pero yo no estoy seguro si el idioma de Cervantes puede sobrevivir en ese país sin el orgullo y el apoyo de los que lo hablan.

El director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha, hablando en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, dijo hace un par de años que “amplios sectores de Estados Unidos perciben al español como una lengua de inmigrantes, y no como una de excelencia y eso hace falta replantearlo”.

Claro que sí. La lengua de Castilla ha hecho avances en la cultura pop y en algunos círculos académicos, pero en el imaginario de la mayoría de los estadounidenses sigue siendo el idioma de braseros y empleadas domésticas, de trabajadores sin educación.

El problema es que los hispanoparlantes que vivimos en Estados Unidos, no importa nuestra condición socioeconómica, necesitamos adoptar una posición clara en cuanto a nuestra lengua materna. No podemos andar con medias tintas.

Como inmigrantes se nos exige esforzarnos por aprender y hablar inglés, que no solo es el idioma de la nación que nos acoge, sino también el más dominante de la Tierra.

García de la Concha, propone entre otras cosas tratar de elevar al español en los ámbitos de la tecnología y las comunicaciones. De hecho, ya el español es el tercer idioma más utilizado en el internet después del mandarín y el inglés, pero aún no termina de afianzarse en las universidades de los países más desarrollados como Alemania, Francia o Japón, ni siquiera en Estados Unidos.

Aún así, el nuestro es el idioma extranjero que más se habla no solo en EE.UU. sino en Reino Unido y Brasil.

Desde hace nueve años, el castellano es asignatura obligatoria en las escuelas secundarias de Brasil, en donde España es la segunda nación extranjera con más inversiones después de EE.UU.

Aún en medio de la incertitud económica española, todo parece ir bien a su idioma como lengua importante en la modernidad, pero su principal escollo creo que  somos los hispanoparlantes que a menudo mostramos un complejo de inferioridad frente al inglés.

Muchos latinoamericanos opinan con franqueza que sienten al inglés con más fuerza que al español y que, desde la síntesis, hasta la sintáxis, el idioma de Shakespeare es superior al de Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Calderón o Darío.

El inglés sin duda que seduce en gran parte por el éxito de las sociedades angloparlantes y su influencia cultural que, a menudo, es frívola e intrascendente. El español, en cambio, es un idioma de tradición, de riqueza idiomática, de imaginación y creatividad, que ya ha predominado en el mundo, durante el imperio de los Austrias y la Conquista de América.

Si se revisa la historia, el español está presente desde el nacimiento de Estados Unidos y la realidad ahora pesa del lado que reconoce al gran país del Norte como una nación de confluencias culturales en el que la hispana es una de las más fuertes.

El bilingüismo de decenas de millones de hispanos en Estados Unidos es un capital humano enorme que trabaja activamente en favor de los intereses del imperio, ya sea en las elecciones presidenciales o en los campos de batalla en Medio Oriente.

Entonces, lo que nos queda a los hispanoparlantes es asumir una actitud no de inmigrantes sino que de participantes en los asuntos públicos del país, sin vacilaciones.

Solo de esa forma el futuro podrá decidirse en favor de nuestro idioma original, una lengua de grandeza y motivo de orgullo. No la podemos ver de otra manera.