Les presento al gobernador

Una leyenda genuina del estado de Florida es la del gobernador Lawton Chiles, político invicto y conciliador de todos los microcosmos de la península que en particular es recordado por su caminata de mil millas, desde Pensacola hasta Cayo Hueso, en 1970.

La ruta la cubrió en 91 días, rodeado de periodistas y, al llegar, dijo que lo que más le gustó fue haber visto de cerca la belleza natural del estado.

Tras su hazaña, “Walking Lawton” hizo lo que quiso en la política floridana. Fue congresista en Washington, luego senador federal y, por último, dos veces gobernador de Florida. En su última refriega electoral en 1994 derrotó al republicano Jeb Bush en una elección disputadísima.

Por entonces la delegación congresional de Miami en Tallahassee, la capital estatal, iba in crescendo y el poder político de la comunidad cubano americana se acrecentaba año tras año. Chiles decidió abrir una oficina de relaciones comunitarias en Miami. El diario me envió un par de veces a Tallahassee y nuestro director recibió en su despacho varias veces al gobernador, en donde tuve la oportunidad de entrevistarlo.

Era un americano sonriente, delgado, ligeramente encorvado. Caminaba rápido, como impulsándose con los brazos y siempre te saludaba como si estuviera descubriéndote.

Aquel político demócrata destilaba un aire desenfadado que inspiraba comodidad.

Una vez entré a la Mansión del Gobernador en Tallahassee y no recuerdo qué yo esperaba, sentado en el foyer, cuando Chiles entró por la puerta principal y tras un rápido saludo me invitó a almorzar con otros empleados estatales allí presentes, lo cual agradecí, pero no acepté.

Hay cierta ética que tenemos que guardar los periodistas, a veces con sacrificio, aunque a nadie le importe. Otras veces, en cambio, el albur nos recompensa con naturalidad.

Una noche yo me encontraba en una marisquería de Miami tomando cerveza y cenando patas de cangrejo con un grupo de amigos, cuando el gobernador Chiles y su asesor en Miami, Joe Pena, ingresaron al establecimiento.

Aquel sitio popular, frente al recinto sur de la Universidad Estatal de Florida (FIU), estaba lleno por completo. ¿Qué andaban haciendo aquellos dos animales políticos por esos lados y a esa hora?

Pena me divisó y, agarrando al gobernador del brazo, avanzaron hacia mi mesa. Al verlos venir, me levanté de mi asiento y los esperé con una gran sonrisa hasta que pude extenderles mi mano con simpatía. “Hola, como está, nos volvemos a ver”, me dijo Chiles con toda su sencillez.

Yo por instinto procedí a presentar al Gobernador de Florida a mis compañeros de cena, tres compatriotas nicaragüenses con los  que acostumbraba reunirme después de nuestros trabajos.

En seguida varios meseros llegaron a avisar al Gobernador que ya le tenían lista una mesa. Se lo llevaron mientras Lawton Chiles saludaba agitando las manos a otros presentes que lo iban reconociendo.

Cuando me volví a sentar, mis amigos guardaron silencio.

– ¿¡Qué!?, les dije en tono de reclamo.

No podían creer que el Gobernador de la Florida, uno de los políticos más populares en la historia del estado, había llegado hasta mi mesa en una fonda de un suburbio de Miami, solo para saludarme.

– ¿Ese era Lawton Chiles, maje?, alcanzó a decir uno de ellos.

No dije nada y me limité a reir y tomar un buen trago de cerveza.

Hablaron de mi entre ellos, que yo era un presumido, que no lo podían creer, que dónde lo había conocido, etc. etc.

Yo les expliqué que el “Lawton Caminante” era un personaje especial y que yo tan solo me había cruzado en su camino.

Chiles falleció repentinamente en 1998 cuando hacía ejercicio en el gimansio de su mansión, faltándole solo unos días para terminar su segundo período como gobernador y retirarse con todos los honores. HORACIO RUIZ

La prueba electoral

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El otro día en un restaurante salvadoreño cerca del centro de Miami nos encontrábamos almorzando tres colegas, todos demócratas y partidarios del presidente Barack Obama, excepto yo que aún en los ambientes más hostiles insisto en proclamarme como independiente, cuando la mesera, doña Carmen, una señora dulce a la que conozco y veo con cierta familiaridad desde hace varios años, se coló en nuestra conversación.

–     Hombre – comenté yo en medio de la charla -, en el 2008 voté por McCain, pero no puedo negar que  en estos últimos cuatro años me empezó a caer bien Obama.

–     Pues que le termine de caer bien porque es el que más vale. El otro (el gobernador Mitt Romney) es un empresario que mira de arriba para abajo, expresó Carmen con palabras bien marcadas.

–     ¡Qué bueno!, exclamó iluminada una de mis colegas, militante del partido del burro. Usted entonces votará por el presidente.

–     No, yo no puedo votar. Pero me cae bien, replicó la camarera con una triunfante humildad.

Se hizo un silencio en la mesa donde estábamos tres personas, los mismos de siempre, y doña Carmen fue por nuestras órdenes. Nadie comentó más y, apenas pudimos, comenzamos a comer en un silencio que yo rompí filosoficamente:

–     Déjenme decirles algo bien claro: el partidismo es la antesala de la intolerancia y el despotismo. Hay que tener cuidado.

Con esa frasesita improvisada le bajé el ánimo a mis compañeros, Jerry y Elaine, que entonces comenzaron otra charla, sobre lo mismo de siempre, el trabajo, el jefe, la prisa por regresar a la oficina, el ridículo de nuestras existencias, etc.

Unos días después viajamos a un país sudamericano para la reunión anual de nuestra organización y, ante la insistencia de mis amigos, los invité a mi habitación del hotel par ver por televisión el debate de los candidatos a vicepresidentes, el titular Joe Biden y el republicano, Paul Ryan.

Ambos llegaron con un ánimo incendiario, abucheando a Ryan a cada instante, amenazando con romper la televisión mientras hablaba, pero cuando le llegaba el turno a Biden, parecían sosegarse y si bien no asentían con lo que decía, al menos se les quitaba la alteración del ánimo que, apenas resurgía el joven candidato del partido del elefante, se apoderaba nuevamente de ellos en una forma que me molestaba, pero que supe mantener oculta, mostrando siempre cordialidad.

Al cabo de una media hora del debate, ya comidos y con un par de cervezas adentro, los tres nos aburrimos del debate y decidimos apagar la televisión e ir a dar una caminada.

La política de verdad que es como el deporte. Como que estimula el instituto de preponderancia de la gente. Yo nunca he sido así. La revelación a mi me tiene que llegar no por instinto sino que por convencimiento.

Al regresar a casa, mi hijo que es maestro y vive en New York, me llamó para pedirme que votará por Obama.

–     Hazlo por mi, papá. Él nos puede ayudar.

Pero la mamá del muchacho, que fue a votar temprano, me tiene montada una campaña para que vote por Romney.

–     Mi voto no es por mi hijo, es por el presidente que mejor puede servir a este país, alega la progenitora con un alto sentido del deber.

Entonces mi hija, Aylincita, la persona que más se parece a mi en su carácter, también me cuestiona.

–     ¿A quién vas a engañar, papá? Vos vas a votar por Romney, yo lo se.

Pero, claro, ella que es como yo, asegura que la independiente es ella, cuando yo se a la perfección que votará por Romney, como su mamá.

Y luego fui a una oficina de seguros a arreglar un asunto y una señora bien gorda, de la que he sido cliente por más de 20 años, me comenzó a hablar de lo peligroso que le parece un segundo período presidencial de Obama.

“Va a sacar todo lo que tiene de socialista, lo sé, eso viene y hay que evitarlo”, me dijo con una preocupación que era casi como un miedo auto provocado.

Creo que hasta he vuelto a fumar a causa de estas elecciones y del efecto que está causando en las personas.

En serio, me siento vulnerado en la intimidad por la elección de este martes 6 de noviembre, el día posterior a mi cumpleaños.

Siento que se ha metido en mi intimidad. Es motivo de discusión, a veces muy fuertes, con mi hermana, con mis cuñados, con mis hijos, con los compañeros del trabajo, con las personas de la familiaridad cotidiana, como Carmen, hasta con los insoportables activistas telefónicos que igual me interrumpen en el baño que en medio de la parte más placentera de mis cenas.

La verdad es que ninguno de estos candidatos me inspira, pero no dejaré de votar por eso. Mi corazón es republicano, conservador de centro, católico liberal, socialdemócrata, pero sobre todo independiente y, sí, me cae bien Obama. Si no voto por él me dará pesar, pero si voto por Romney me sentiré satisfecho, aunque sea mormón, aunque nada me una a su persona, a diferencia de Obama, con quien me identificó por su etnicidad, por el color de su piel, más oscura que la mía, pero por allí.

Esta elección para mi ha sido la más difícil, ¿seré capaz de votar por alguien con quien no tengo ningún punto de contacto?, ¿seré tan independiente como digo o más bien un poco parecido a los demás?

Ya lo contaré en una semana.