La prueba electoral

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El otro día en un restaurante salvadoreño cerca del centro de Miami nos encontrábamos almorzando tres colegas, todos demócratas y partidarios del presidente Barack Obama, excepto yo que aún en los ambientes más hostiles insisto en proclamarme como independiente, cuando la mesera, doña Carmen, una señora dulce a la que conozco y veo con cierta familiaridad desde hace varios años, se coló en nuestra conversación.

–     Hombre – comenté yo en medio de la charla -, en el 2008 voté por McCain, pero no puedo negar que  en estos últimos cuatro años me empezó a caer bien Obama.

–     Pues que le termine de caer bien porque es el que más vale. El otro (el gobernador Mitt Romney) es un empresario que mira de arriba para abajo, expresó Carmen con palabras bien marcadas.

–     ¡Qué bueno!, exclamó iluminada una de mis colegas, militante del partido del burro. Usted entonces votará por el presidente.

–     No, yo no puedo votar. Pero me cae bien, replicó la camarera con una triunfante humildad.

Se hizo un silencio en la mesa donde estábamos tres personas, los mismos de siempre, y doña Carmen fue por nuestras órdenes. Nadie comentó más y, apenas pudimos, comenzamos a comer en un silencio que yo rompí filosoficamente:

–     Déjenme decirles algo bien claro: el partidismo es la antesala de la intolerancia y el despotismo. Hay que tener cuidado.

Con esa frasesita improvisada le bajé el ánimo a mis compañeros, Jerry y Elaine, que entonces comenzaron otra charla, sobre lo mismo de siempre, el trabajo, el jefe, la prisa por regresar a la oficina, el ridículo de nuestras existencias, etc.

Unos días después viajamos a un país sudamericano para la reunión anual de nuestra organización y, ante la insistencia de mis amigos, los invité a mi habitación del hotel par ver por televisión el debate de los candidatos a vicepresidentes, el titular Joe Biden y el republicano, Paul Ryan.

Ambos llegaron con un ánimo incendiario, abucheando a Ryan a cada instante, amenazando con romper la televisión mientras hablaba, pero cuando le llegaba el turno a Biden, parecían sosegarse y si bien no asentían con lo que decía, al menos se les quitaba la alteración del ánimo que, apenas resurgía el joven candidato del partido del elefante, se apoderaba nuevamente de ellos en una forma que me molestaba, pero que supe mantener oculta, mostrando siempre cordialidad.

Al cabo de una media hora del debate, ya comidos y con un par de cervezas adentro, los tres nos aburrimos del debate y decidimos apagar la televisión e ir a dar una caminada.

La política de verdad que es como el deporte. Como que estimula el instituto de preponderancia de la gente. Yo nunca he sido así. La revelación a mi me tiene que llegar no por instinto sino que por convencimiento.

Al regresar a casa, mi hijo que es maestro y vive en New York, me llamó para pedirme que votará por Obama.

–     Hazlo por mi, papá. Él nos puede ayudar.

Pero la mamá del muchacho, que fue a votar temprano, me tiene montada una campaña para que vote por Romney.

–     Mi voto no es por mi hijo, es por el presidente que mejor puede servir a este país, alega la progenitora con un alto sentido del deber.

Entonces mi hija, Aylincita, la persona que más se parece a mi en su carácter, también me cuestiona.

–     ¿A quién vas a engañar, papá? Vos vas a votar por Romney, yo lo se.

Pero, claro, ella que es como yo, asegura que la independiente es ella, cuando yo se a la perfección que votará por Romney, como su mamá.

Y luego fui a una oficina de seguros a arreglar un asunto y una señora bien gorda, de la que he sido cliente por más de 20 años, me comenzó a hablar de lo peligroso que le parece un segundo período presidencial de Obama.

“Va a sacar todo lo que tiene de socialista, lo sé, eso viene y hay que evitarlo”, me dijo con una preocupación que era casi como un miedo auto provocado.

Creo que hasta he vuelto a fumar a causa de estas elecciones y del efecto que está causando en las personas.

En serio, me siento vulnerado en la intimidad por la elección de este martes 6 de noviembre, el día posterior a mi cumpleaños.

Siento que se ha metido en mi intimidad. Es motivo de discusión, a veces muy fuertes, con mi hermana, con mis cuñados, con mis hijos, con los compañeros del trabajo, con las personas de la familiaridad cotidiana, como Carmen, hasta con los insoportables activistas telefónicos que igual me interrumpen en el baño que en medio de la parte más placentera de mis cenas.

La verdad es que ninguno de estos candidatos me inspira, pero no dejaré de votar por eso. Mi corazón es republicano, conservador de centro, católico liberal, socialdemócrata, pero sobre todo independiente y, sí, me cae bien Obama. Si no voto por él me dará pesar, pero si voto por Romney me sentiré satisfecho, aunque sea mormón, aunque nada me una a su persona, a diferencia de Obama, con quien me identificó por su etnicidad, por el color de su piel, más oscura que la mía, pero por allí.

Esta elección para mi ha sido la más difícil, ¿seré capaz de votar por alguien con quien no tengo ningún punto de contacto?, ¿seré tan independiente como digo o más bien un poco parecido a los demás?

Ya lo contaré en una semana.

Dólares, religión y política

La religión en los asuntos políticos de Estados Unidos recibe un tratamiento tan delicado que a menudo provoca vacíos y desorientación en la opinión pública, como en el actual proceso electoral.

Una encuesta reciente de CBS News y The New York Times indicó que en las primarias del Partido Republicano el ex senador de Pensilvania, Rick Santorum es el precandidato más popular, pero a la vez, una abrumadora mayoría cree que, al final, el designado para enfrentar al presidente Barack Obama en noviembre, será el ex gobernador de Masachusets, Mitt Romney.

La contradicción ocurre cuando se discute por qué Romney no ha logrado consolidarse y sigue enfrentando una fuerte resistencia de sus rivales, pese a superarlos abrumadoramente en el gasto de propaganda.

Un cálculo de Periódicos McClatchy sostiene que en los últimos siete años, Romney, quien fue precandidato en las presidenciales de 2008, ha gastado 200 millones de dólares en proselitismo, incluyendo 45 millones de su propia fortuna.

Para esta campaña electoral, Santorum hasta enero solo había recaudado 6,7 millones frente a 63,6 millones de Romney. El presidente Obama ya lleva más de 120 millones por lo que muchos consideran que Romney es el único republicano que puede retarlo.

Sin embargo, quizás por respeto a la libertad de culto, pocos comentaristas han tocado con profesionalismo el tema de la religión de Romney, quien proviene de una familia con profundas raíces en la Iglesia de Jesucristo y los Santos de los Ultimos Días, conocida como “los Mormones”. No solo él y su esposa han donado millones de dólares a esa iglesia sino que el propio Romney ha sido un pastor activo y de un valor crucial para su progreso en Masachusets.

En Broward, al norte de Miami, un pastor evangélico provocó titulares en la prensa nacional al salir al ataque de la fe de Romey, asegurando que este “debe de renunciar a su religión racista”. El reverendo O’Neal Dozier, que es afroamericano y republicano, también es un abierto simpatizante de Santorum, un católico conservador.

“La Iglesia Mormona se ve como un club campestre de blancos”, aseguró Dozier, quien atribuye preceptos racistas a los fundadores de los mormones.  Tales alegaciones han sido desmentidas por la iglesia basada en Utah.

El ataque contra Romney ocurrió en la víspera de las primarias republicanas en Alabama y Mississippi, a las que Santorum, Romney y el ex presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, llegaron bien parejos en las encuestas.

Sin importar el resultado de esas votaciones en una de las regiones más conservadoras y religiosas del país, lo claro es que mientras se prolongue la batalla por la nominación republicana, las creencias de Romney pueden ser más cuestionadas.

Aunque los mormones se consideran cristianos, su visión difiere mucho del resto de denominaciones inspiradas en Jesucristo. Y, aunque la línea que separa el debate político de las diferencias religiosas en Estados Unidos es sagrada, la tentación de transgredirla bajo las actuales circunstancias es muy grande.

Preocupa que lo relacionado a la fe de Romney sea objeto de un resquemor del electorado republicano que no está recibiendo suficiente atención de parte de la prensa.

A comienzos de febrero, John King de CNN durante la cobertura de los caucus en Nevada se refirió a Romney como “el gobernador mormón”, una definición quizás muy periodística o quizás muy ligera por la que fue criticado.

Lo importante es que en el actual proceso electoral estadounidense el pudor o la hipocresía en torno a los temas religiosos puede estar afectando el poder de decisión del electorado.

Las cadenas televisivas explican con minucias cómo votan los “católicos”, los “evangélicos” los “blancos cristianos renacidos” y hasta han creado una nueva categoria, la de los “cristianos no renacidos”, lo cual no tiene sentido.

En Mississippi, un 52 por ciento de personas encuestadas dijeron creer que el presidente Obama es musulmán y no cristiano, como se da por un hecho. En Alabama, un 41 por ciento dijo no estar seguro sobre la religión del mandatario.

Sin duda que cada quien entiende lo que quiere, pero lo insólito es la falta de atención que estas contradicciones merecen de parte de la prensa.

Así como la falta de conocimiento religioso ha incidido en la cobertura de las guerras en Medio Oriente, también incide en la cobertura de la campaña electoral de Estados Unidos, sobre todo en las primarias republicanas donde la religión es un plato fuerte y la prensa no está preparada para sentarse a la mesa y comérselo. HORACIO RUIZ

La provocación política

Muchos amigos no creen que mi afiliciación política sea independiente. Piensan que tengo posiciones más republicanas que demócratas y mis antecedentes les dan la razón: en 18 años como votante registrado en el condado de Miami-Dade, solo dos veces he optado por candidatos demócratas.

La verdad es que, a la hora de discutir sobre política estadounidense, la posición que más me gusta es la de provocador. Me divierte el debate acalorado y me dan risa las poses serias de mis contrapartes cuando chocamos. Pero sin perder la cordura.

He visto buenas amistades y relaciones familiares irse a la ruina por la política, lo cual es trágico.

En realidad, el juego político transcurre entre la percepción y la realidad.  Por lo tanto, el partidismo no es más que la alienación voluntaria de la percepción con la realidad y, el fanatismo, es la exacerbación de esa alienación.

Yo me resisto a ser contado como el voto seguro de alguien. Tengo alergia a la mentalidad de rebaño y rehuyo de los coros complacientes o las consignas.

Lo que rechazo de las posiciones demócratas es cierta arrogancia intelectual que detecto en los abanderados liberales que, simplemente, me pulsan los botones de la rebeldía. Para esa gente no ser liberal equivale a ser estúpido.

Aún así, en este momento mi voto para presidente de Estados Unidos lo tiene el titular de la Casa Blanca, Barack Obama. No voté por él hace cuatro años y no lo lamento.

Sin embargo, a lo largo de su mandato me he identificado con su compostura, su balance, en medio de los ataques de una derecha que, ya sea desde el Congreso o del Tea Party, solo parece encontrar un poco de coherencia en el antagonismo visceral.

Pero en el escenario electoral es diferente. Los aspirantes elefantinos a la nominación presidencial; Romney, Santorum, Gingrich y Paul, representan un espectro ideológico variado y pintoresco que por primera vez me ha provocado interés por un proceso electoral partidista.

El doctor Paul ha refrescado al republicanismo con sus posiciones libertarias – y lo ha hecho de una forma deliberada, audaz y sin escatimar fortuna – mientras que Santorum, quien tiene mi misma edad pero ya sirvió más de 20 años en el Congreso de Estados Unidos, habla con mucho aplomo y, sobre todo, no tiene miedo de decir lo que piensa. Errado o correcto en sus posturas, Santorum resiste la intimidación de su conciencia por parte de las ideologías.

Por su parte, Gingrich es el viejo zorro, el hijo del pueblo que ha recorrido los rangos del poder con todas las consecuencias que eso trae y, finalmente, Romney es el señorón que no termina de comprender por qué sus correligionarios no terminan de aceptarlo como su candidato.

Lo que no entiendo es por qué los analistas ponderan si el Grand Old Party (GOP) ha perdido su influencia en el centro del electorado por ir detrás de posturas extremas. La verdad es que, aparte de los temas religiosos, los cuatro precandidatos republicanos presentan en sus historiales mucho más centrismo que la plana mayor demócrata: Obama, Hillary Clinton, Nancy Pellosi y Joe Biden.

Romney, no importa que tan conservador pretenda ser en estos momentos, fue el autor de un sistema de salud semi universal en Massachussetts, que abrió una brecha social en Estados Unidos, mientras que Gringich, como se sabe, es más detestado entre los propios republicanos que entre los demócratas liberales.

Paul se opone al embargo a Cuba y es un aislacionista en política exterior, un caso excepcional en esta época de globalización, mientras que Santorum, aunque no prevé ninguna contemplación con los inmigrantes ilegales, por su contribución ya sea a favor de las víctimas del Sida o del genocidio en Sudán, ha sido llamado por Bono, el líder de la banda U2, como “un defensor de los más vulnerables”.

Soy de los que esperan un final de película para este duelo: una convención republicana en agosto, aquí en Florida, sin un candidato definido.

Suceda lo que suceda, dos cosas quiero dejar en claro: Uno, que mi voto en las presidenciales de noviembre el candidato republicano tendría que ganárselo, arrebatándesolo a Obama que por ahora lo tiene. Y, dos, que me siento dichoso de no poder votar en las primarias republicanas, porque las puedo disfrutrar más como el votante independiente que sigo insistiendo que soy. HORACIO RUIZ