La jinetera añorada

Entre tantos náufragos o balseros cubanos que han llegado a las costas del sur de la Florida y que sin llamarse Elián González cautivaron mi imaginación recuerdo en particular al cantante Rolexi, de 27 años.

Cuando lo entrevisté apenas tenía 15 minutos de haber abandonado su balsa frente a Key Biscayne. Era muy temprano en la mañana.

Tuvimos un intercambio reporteril muy rápido, pero no se cómo intimamos un poco.

Me pidió un cigarrillo y se lo dí. Tenía un talante agresivo, pero a la vez curioso, muy cubano.

–    ¿A quién dejas en tu casa?, le pregunté con mi grabadora en mano.

–    Mi novia, man. De veras que ya la extraño, respondió mientras examinaba los rayos del Sol y exhalaba humo por la comisura de los labios.

Mi instinto de periodista reaccionó. Un balsero y salsero, recién llegado, disparándose su primer Marlboro Light en la playa, añorando a su novia desde el primer momento … Buena historia, pensé.  Al llegar al periódico podría escribir algo de mi agrado. Pero al final no pudo ser así.

El retrato de la muchacha estaba mojado. Muy endeble. Era una foto Polaroid doblada por la mitad.

–    ¿Qué piensas hacer para reunirte con ella en Miami?, le pregunté.

–    Lo que sea, man, pero está mala la cosa por allá, tu sabes.

–    ¿A qué se dedica ella?

–    Bueno, está de jinetera porque allá no hay más trabajo. A mi no me gusta eso…

Claro que no, pensé, pero ante todo me dejó pasmado la franqueza de aquel muchacho. Lo miré detenidamente para comprobar si estaba en sus cabales o si era un individuo con cierto grado de retraso, de esos que a ratos pasan por normales.

No. Era un tipo bien fresco y relajado, tan solo un cantante acostumbrado a la bohemia de un país socialista, asociado sentimentalmete con una mulata flaca, fuerte, con buenas nalgas y labios carnosos y desafiantes.

Conversamos por unos 15 minutos más. Le dí otro cigarrillo. Nos hicimos buenos amigos de un pequeño rato. Creo que él me miró con el respeto de quien no puede irrespetar a nadie.

Cuando iba a marcharme, le dije, a mi modo, metiéndome en lo que no me importa solo por las ganas de hacerlo: “Rolexi, te quiero dar un consejo, no comentés con nadie más de la prensa la ocupación que tiene tu novia allá en Cuba… Poco a poco te vas a dar cuenta que aquí la cosa es un poco diferente y que hay temas que mejor se callan”.

Me agradeció con humildad y no lo volví a ver en persona. Después escuché por la radio que había dejado en Cuba a una novia enfermera. En otro periódico se escribió que la muchacha era estudiante de ballet.

Pero la moraleja del cuento es que no pude escribir la historia de color que quería porque desde que me alejé de Rolexi, tras darle mi consejo, me sentí un poco canalla.

Le trasladé mi moral sin ningún derecho. Creo que no tuvo mucho éxito como cantante, aunque viajó a presentarse en New Jersey y Las Vegas.

Yo lo sigo admirando por su franqueza, porque su moral forjada en el infierno de Cuba terminó por golpear a mi moral basada aquí, en el Paraíso.

HORACIO RUIZ

Periodismo e inocencia

Me hallaba en la icónica sala de prensa de la Casa Blanca trabajando en la cobertura de la firma o promulgación de la Ley Helms Burton por parte del presidente Bill Clinton, cuando de pronto me sobrevino una imperiosa necesidad de aliviar mi vejiga.

Hice lo propio, buscar un baño cerca, aunque consciente de que me encontraba en un sitio un poco delicado o incómodo en el que por nada del mundo quería llamar la atención.

Con prudencia y hasta respeto caminé hacia la parte frontal del pequeño teatro dispuesto para las conferencias de prensa, pasé frente al podio desde donde se les habla a los periodistas  y que tenía como trasfondo un telón y una Casa Blanca pintada dentro de un marco ovalado, y crucé con decisión y urgencia a través de un pequeño pasillo bien iluminado.

Era marzo de 1996. Solo unos días antes dos cazabombarderos cubanos, un Mig-29 y un Mig-23, habían derribado a dos avionetas civiles de exiliados cubanos, completamente desarmados, sobre el Estrecho de la Florida.

Nunca antes en la historia del Hemisferio Occidental, con excepción de la batalla por las Islas Malvinas en 1982, se había registrado el accionar de armas tan letales como esos aviones de fabricación soviética. El presidente Bill Clinton, su gobierno y el Estado estadounidense en general reaccionaron con la aprobación rápida de la ley que endurecía el embargo económico al régimen comunista de La Habana y que hasta la normalización de las relaciones en 2016 definió las relaciones entre ambos países. La verdad, para mi, el presidente falló entonces al no haber ordenado de inmediato una misión de castigo militar al régimen cubano. Después de eso hubieran venido las sanciones políticas y económicas.

Porque no se aniquila a civiles estadounidenses en el aire como a patos en una cacería, ni mucho menos con una tecnología militar diseñada únicamente para grandes conflictos. Bueno, en fin, quizás ya el mundo olvidó aquella barbaridad (yo no) pero, sin duda, la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba (FARC) mantiene desde aquella acción el título de la fuerza aérea más cobarde del mundo.

El asunto es que, sin quererlo, ingresé en la oficina del secretario de Prensa de Estados Unidos. Una señora amable me salió al paso y, gentilmente, me dirigió a un lavabo en donde pude calmar mi urgencia y recobrar la claridad de mi pensamiento.

Si se toma un mapa del Ala Oeste de la Casa Blanca se puede comprender mejor lo que me sucedió a continuación.

Las oficinas del equipo de prensa están justamente frente al Salón de Reuniones del Gabinete presidencial y, adyacentes hacia el sur le siguen la oficina del secretario o secretaria del presidente y la famosa Oficina Oval, reducto histórico del mandatario del imperio.

Decidí no volver por el mismo camino que había llegado. Miré una puerta en claro hacia un amplio pasillo soleado que, noté, también me podía conducir de vuelta al teatrito para la prensa.

Cruce la puerta y salí al corredor al que llaman West Colonnade que bordea el Jardín de las Rosas y allí mismo vi que iban, de espaldas, probablemente hacia la Oficina Oval, el presidente Bill Clinton y su secretario de Administración y Presupuesto, Leon Panetta.

Venían conversando y ambos miraban hacia el suelo, como concentrados en sus palabras. Llegue a estar a unos cinco metros de ellos, hasta que un policía, sí un policía regular, no un agente de seguridad o algo parecido me alcanzó y me dijo entre sorprendido y enérgico:

– No se supone que usted esté aquí.

Entonces tuve que regresar justo por donde había llegado, pero el hecho de haber estado tan cerca del presidente que, seguramente venía caminando desde su residencia, me dejó un poco impresionado.

Qué frágil era la seguridad del hombre más poderoso del mundo, como se le llama a menudo al inquilino de la Casa Blanca. Tanta fragilidad me hizo consciente de mi intrusión y eso me provocó cierto desasosiego.

El cuento lo referí a parientes y amistades, pero me sobrevino con fuerza cinco años después, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001.

Ese día, dicen, Estados Unidos perdió su inocencia. Pero ya la había perdido antes, cuando renunció Richard Nixon por Watergate y, más atrás, cuando mataron a John F. Kennedy y, también mucho antes, cuando el ataque a Pearl Harbor. En fin, quizás Estados Unidos tenga más inocencias que perder, pero ojalá que ya no sea en mi tiempo.

Lo cierto es que fue Nixon el presidente que mandó a construir el escenario para la prensa en el Ala Oeste de la Casa Blanca.

En realidad, ante el crecimiento del contingente periodístico y en especial de la televisión, Nixon ordenó construir una área para la prensa o comunicación social sobre una espectacular piscina bajo techo que en 1933 le fue obsequiada al presidente Franklin Delano Roosvelt por la organización contra la poliomielitis, March of Dimes.

Esta piscina aún existe, curiosamente, justo debajo del escenario donde se realizan las conferencias de prensa del portavoz presidencial.

Lo cierto es que los nuevos salones para el periodismo se inauguraron en 1970 y, solo cuatro años después, Nixon fue expulsado de la presidencia, en gran parte por esa misma prensa a la que él abrió las puertas de su casa (tenía que hacerlo, claro), pero que no le dejó pasar sus mentiras y lo acorraló hasta hacerlo derramar sus lágrimas más amargas.

En serio, creo honestamente que no hay que dejar de pedirle a Dios por la prensa de Estados Unidos.

El discreto encanto de lo dudoso

 

Creo que uno se vuelve más cínico en Estados Unidos que en otras partes. Muchos inmigrantes provenimos de sociedades más ingenuas y aquí, en la gran nación, se nos revelan con mayor claridad las malicias, las desconfianzas, las incredulidades, la necesidad de no confiar en nadie, etc.

Es como si el imperio fuera un gran monóculo en el que todas las virtudes y los defectos humanos se exhiben, listos a ser hurgados, exprimidos, diseccionados, ya sea con la ley, mediante el periodismo, la hicopresía o el sarcasmo personal.

Ser cínico es un poco como ser cool, dentro de la ideosincracia yanki. Aquí nada debe sorprendernos y el comentario ácido lo llevamos a flor de boca.

También es muy fina la línea que separa el lado altruista de una persona de su lado oscuro o viciado. Por algo aquí se inventó el film noir, o sea, el anti-heroismo de Hollywood.

Yo llegué a Estados Unidos siendo un idealista y  lo sigo siendo, solo que ahora tomo mis precauciones. Hay dos anécdotas que se me ocurre contar para validar mi punto de vista.

Siendo un reportero novato en este país, un día mi editor me incrustró en una patrulla antinarcoticos durante un operativo policial en las barriadas de Miami.

Por varias horas fui testigo y protagonista de acción policial en la calle; numerosos arrestos, celadas policiales y decomiso de drogas. Me impresionó el olfato de los dos agentes de mi unidad, muchachos jóvenes y bien ágiles que corrían como chitas detrás de los pequeños vendedores de droga, más asustados que violentos.

Pero ya comenzaba a aburrirme dentro de la patrulla, cuando encontré en el piso un par de revistas pornográficas y un paquete de condones.

Cuando los policías regresaron y me preguntaron cómo iba, les dije “aquí leyendo un poco”, mostrándoles los magazines que había descubierto a bordo. Uno de ellos ensayó una disculpa que se tragó la tarde.

–     Bueno, tu sabes, a veces te aburres en este trabajo, tienes que esperar horas y horas,  vaya…

De los preservativos no se habló ni una sola palabra.  Y la verdad es que, aunque no me provocó ninguna solidaridad masculina el haber encontrado aquella parafernalia erótica en el asiento trasero de un vehículo de la ley, preferí darles el beneficio de la duda a aquellos agentes que eran mis anfitriones.

No mucho tiempo después de eso, se me pidió escribir una presentación de un gran periodista que iba a ser postulado para un prestigioso premio de la prensa norteamericana.

Para inspirarme, un ayudante me envió un video en VHS sobre momentos estelares en la vida del prestigioso comunicador.

Después de examinar la cinta mientras tomaba notas, el video siguió rodando y la pantalla comenzó a presentar una película pornográfica sobre sado-masoquismo.

Era una producción, digamos, doméstica, artesanal, hecha por aficionados. Por más que lo intenté, no pude determinar si el periodista famoso era uno de los protagonistas.

Nunca he podido explicarme cómo se cometió el error de enviarme ese video con la imágenes traslapadas de una gran personalidad de los medios de comunicación y actos de sexualidad aberrada.

Tras estas dos experiencias ambiguas con personas buenas pero un poco eclipsadas por las circunstancias, el germen del cinismo norteamericano comenzó a anidar sobre mi idealismo. A decir verdad, nunca he podido sacármelo de encima. HORACIO RUIZ

Les presento al gobernador

Una leyenda genuina del estado de Florida es la del gobernador Lawton Chiles, político invicto y conciliador de todos los microcosmos de la península que en particular es recordado por su caminata de mil millas, desde Pensacola hasta Cayo Hueso, en 1970.

La ruta la cubrió en 91 días, rodeado de periodistas y, al llegar, dijo que lo que más le gustó fue haber visto de cerca la belleza natural del estado.

Tras su hazaña, “Walking Lawton” hizo lo que quiso en la política floridana. Fue congresista en Washington, luego senador federal y, por último, dos veces gobernador de Florida. En su última refriega electoral en 1994 derrotó al republicano Jeb Bush en una elección disputadísima.

Por entonces la delegación congresional de Miami en Tallahassee, la capital estatal, iba in crescendo y el poder político de la comunidad cubano americana se acrecentaba año tras año. Chiles decidió abrir una oficina de relaciones comunitarias en Miami. El diario me envió un par de veces a Tallahassee y nuestro director recibió en su despacho varias veces al gobernador, en donde tuve la oportunidad de entrevistarlo.

Era un americano sonriente, delgado, ligeramente encorvado. Caminaba rápido, como impulsándose con los brazos y siempre te saludaba como si estuviera descubriéndote.

Aquel político demócrata destilaba un aire desenfadado que inspiraba comodidad.

Una vez entré a la Mansión del Gobernador en Tallahassee y no recuerdo qué yo esperaba, sentado en el foyer, cuando Chiles entró por la puerta principal y tras un rápido saludo me invitó a almorzar con otros empleados estatales allí presentes, lo cual agradecí, pero no acepté.

Hay cierta ética que tenemos que guardar los periodistas, a veces con sacrificio, aunque a nadie le importe. Otras veces, en cambio, el albur nos recompensa con naturalidad.

Una noche yo me encontraba en una marisquería de Miami tomando cerveza y cenando patas de cangrejo con un grupo de amigos, cuando el gobernador Chiles y su asesor en Miami, Joe Pena, ingresaron al establecimiento.

Aquel sitio popular, frente al recinto sur de la Universidad Estatal de Florida (FIU), estaba lleno por completo. ¿Qué andaban haciendo aquellos dos animales políticos por esos lados y a esa hora?

Pena me divisó y, agarrando al gobernador del brazo, avanzaron hacia mi mesa. Al verlos venir, me levanté de mi asiento y los esperé con una gran sonrisa hasta que pude extenderles mi mano con simpatía. “Hola, como está, nos volvemos a ver”, me dijo Chiles con toda su sencillez.

Yo por instinto procedí a presentar al Gobernador de Florida a mis compañeros de cena, tres compatriotas nicaragüenses con los  que acostumbraba reunirme después de nuestros trabajos.

En seguida varios meseros llegaron a avisar al Gobernador que ya le tenían lista una mesa. Se lo llevaron mientras Lawton Chiles saludaba agitando las manos a otros presentes que lo iban reconociendo.

Cuando me volví a sentar, mis amigos guardaron silencio.

– ¿¡Qué!?, les dije en tono de reclamo.

No podían creer que el Gobernador de la Florida, uno de los políticos más populares en la historia del estado, había llegado hasta mi mesa en una fonda de un suburbio de Miami, solo para saludarme.

– ¿Ese era Lawton Chiles, maje?, alcanzó a decir uno de ellos.

No dije nada y me limité a reir y tomar un buen trago de cerveza.

Hablaron de mi entre ellos, que yo era un presumido, que no lo podían creer, que dónde lo había conocido, etc. etc.

Yo les expliqué que el “Lawton Caminante” era un personaje especial y que yo tan solo me había cruzado en su camino.

Chiles falleció repentinamente en 1998 cuando hacía ejercicio en el gimansio de su mansión, faltándole solo unos días para terminar su segundo período como gobernador y retirarse con todos los honores. HORACIO RUIZ

Un trofeo de carne

A James Whitman McLamore se le acredita como uno de los empresarios que, con el fast food, transformaron nuestra forma de comer. Cuando lo entrevisté para el periódico, a propósito de una campaña de recaudación para el Fairchild Tropical Garden, me dijo que en parte lo hizo por amor.

¿De qué otra forma un invento tan yanki como la hamburguesería rápida habría venido a parar en Miami? Tuvo que ser por algo especial.

Nancy McLamore, su esposa, fue quien a comienzos de la década de los 50 lo convenció de mudarse a Miami porque el clima le pareció ideal. Cuenta la leyenda que primero abrió un restaurante en el downtown, cerca del puente de Brickell, y que al ver que llegaban muchos clientes, se entusiasmó sólo para enterarse después que Miami era entonces una ciudad de temporada y, durante el verano, se despoblaba.

Pero aquel hombre tenía visión y, después de visitar el primer McDonald en California, se inspiró para crear una línea de ensamblaje que producía hamburguesas cocinadas en parrilla.

Nancy sobrevivió a su esposo. El otro día ví su fotografía cuando festejaban creo que el 45 aniversario del clásico Whopper, la obra maestra de su marido. También por casi 50 años los McLamore vivieron juntos en Coral Gables, hasta que la muerte los separó en 1996.

Las plantas y la jardinería fueron dos de las pasiones de James McLamore. Su entrevista para el diario me dejó un recuerdo especial. Nos citamos en el Fairchild como a las 10 de la mañana. El tema era que la finca había sido devastada por el Huracán Andrew y, como casi todo al sur de Kendall Drive, había que reconstruir.

Fue un compromiso de prensa agradable en un día de primavera en el que recorrimos en un carrito de golf aquel santuario del suroeste de Miami donde se conservan varias especies botánicas en extinción.

La mayor parte de la entrevista tuvo lugar bajo una pérgola de unos 50 metros de largo que mister McLamore había mandado a construir como parte de sus múltiples donaciones al Fairchild.

Cuando él y su compañero en Cornell University, David Edgerton, fundaron Burger King en Miami, en 1954, ya McDonalds estaba cerca de vender su primer millón de hamburguesas, pero la industria de los restaurantes de Estados Unidos reconoce a McLamore como uno de los mercadotécnicos que contribuyó a extener el fast food por el mundo. Yo supongo que para no pocas personas, partidarias de la alimentación sana, mi entrevistado lo que hizo fue extender una verdadera plaga.

Pero, según pude enterarme aquel día, era una persona profundamente comprometida con la naturaleza.

Durante la entrevista permaneció con nosotros un fotógrafo joven del periódico, con fuerte espíritu emprendedor, Mike Garth. Lo que ese día me extrañó de él es que, contrario a su costumbre, después de haber tomado las fotos, no se fue. Se quedó todo el tiempo conmigo.

Al cabo de un buen rato y tras hablar de su vida y la importancia del Fairchild para nuestra comunidad, el empresario inició una despedida amable, diciendo:

–      Bueno, y como después de hablar tanto me imagino que tienen hambre, permítanme invitarles a…

El hombre hizo una pausa para alcanzar su billetera. Mike y yo cruzamos miradas. ¿Sería posible que ese señor rico estuviese a punto de alcanzarnos un par de dólares para mandarnos a comer a alguna parte?

Caímos en un estado de pre indignación que, como McLamore demoraba en concretar su gesto, se nos hizo largo. Recuerdo que hicimios un amago de salida rápida para evitar cualquier humillación. Pero se nos adelantó.

–      Aquí tienen. Nada mejor que esto para saciar un buen apetito, sonrió McLamore, presentándonos dos tarjetas numeradas que decían “Válido por un Whopper gratis” y en letras más pequeñas, “en cualquiera de los 11.220 restaurantes de la cadena Burger King”.

–      Wow, exclamó Mike, que era hijo de un cubano con una estadounidense.

Yo dije lo mismo solo que en español y salimos caminando contentos del Fairchild Tropical Garden, acompañados por su generoso Mecenas. De pronto Mike paró y quedó viendo con cierta duda al padre del Whopper.

– Podría usted ser tan amable de poner su firma en las tarjetas, le pidió.

McLamore reaccionó divertido y sin ninguna prisa caligrafió dos bonitas firmas en nuestros cupones. En aquel momento, lo que me impresionó fue la audacia y la velocidad de Mike. Genial. En lugar de irnos a comer el sandwich ahora guardaríamos aquel cupón como un un trofeo. Qué buena cabeza la del muchacho y qué bueno que se quedó para toda la entrevista.

Con el correr del tiempo, un día tuve la idea de buscar en eBay si existía a la venta o en subasta un objeto como ese.  Encontré uno parecido. Una botella de ocho onzas de perfume, autografiado por un diseñador famoso que se remató en el 2006 por $1.750 dólares.

Claro que aquel perfume y mi hamburguesa son dos olores diferentes, pero estoy convencido que mi cupón llegará a valer más que eso. Medio en broma, medio en serio, se lo tengo prometido a mi hijo como parte de su herencia, junto a un autógrafo de Muhammad Alí.

A veces me imagino que en un arrebato de locura y de hambre entro a redimir mi cupón en cualquier Burger King. Sería como comerme un poco de la historia de Miami y, mejor, prefiero tratar de conservarlo para siempre. HORACIO RUIZ

Periodistas de primera

Fue en el verano de 1996 cuando mi editor, al que guardo mucho cariño por su caballerosidad, me pidió que fuera a Londres a realizar una cobertura especial que, más bien, era un premio a mi dedicación diaria en el periódico.

American Airlines inauguraba la ruta Miami-Heathrow y había invitado a una conferencia de prensa de su presidente, Robert Crandall, una leyenda en carne y hueso de la aviación comercial.

Serían cinco días y cuatro noches. Un tour para columnistas de turismo y hotelería en el que yo sería la excepción. Mi especialidad, en realidad, era otro tipo de turismo: los inmigrantes en Miami.

En el avión conocí a una compañera de viaje que se sentó a mi lado. Era una muchacha judía, Dolores Haptman, muy bien parecida, columnista de una de esas revistas que se editan en papel lustroso en Miami Beach cuyos avisos suelen ser más entretenidos que sus artículos.

El primer día en Londres fue rápido y atareado. Al mediodía nos encontramos con Mr. Crandall, quien me causó grata impresión. Me convenció que Miami-Heathrow era una ruta fascinante, preconizadora de una bonanza sin precedente de la industria; la alborada de una nueva era de viajes que obligaría a construir aviones más grandes, eficientes y mejores. Así lo hice saber en mi nota para el periódico.

La jornada terminó con una cena en nuestro hotel, el Saint James Court, a corta distancia de Buckingham Palace, en donde sufrí un traspie.

Se discutía a mi alrededor sobre quesos franceses y, como llevaba varios minutos sin hablar, dije algo, no recuerdo qué. Entonces una señora de origen asiático enfiló sus cañones y me acusó de no tener ni idea de lo que acababa de decir. Me defendí a como pude, pero perdí la discusión.

No estaba en mi ambiente entre aquellos colegas aburguesados y cebados de tanto viajar por el mundo con los gastos pagados. Los dos días siguientes no volví a ver a nadie del grupo.

Decidí caminar solo con mi sombra, vagar sin cansancio por Londres, como un judío errante, es decir, como un paisano de Dolores Haptman, invitado por Mr. Robert Crandall a deambular perennemente por la capital británica en nombre de la aviación.

Merodié por Wimbledom, fuí en busca del teatro original de Shakespeare y me regalé un almuerzo costoso en Harrod’s. Otro día almorcé dos pintas con un sandwich de pastrami y fui a leer un tabloide sobre el pasto de Hyde Park, donde también dormí una buena siesta, rodeado de oficinistas londinenses en receso. Fue un tiempo grato, amable y distendido con mi mismo.

El domingo a las seis de la mañana, Dolores me despertó con una llamada a mi habitación. Sonaba apurada y contrariada. Me necesitaba para remplazar a alguien que se había enfermado y no podría ir en la excursión a Stonehenge.

Necesitaban cubrir la vacante rápido y, al parecer, yo era una opción desesperada. Pagué $75 dólares y me monté en un tren con un grupo de personas somnolientas hacia las ruinas místicas de los Druidas. Dolores era la organizadora de la gira y, como me enteré después, recibió una comisión de parte de los guías. A la hora del almuerzo, ella no pidió nada. Nos acompañó con un sandwich de jamón y queso y una lata de soda que sacó de su cartera.

Al día siguiente volveríamos a Miami. Llegué al aeropuerto temprano y, en el mostrador una señora me recibió con felicitaciones.

– Señor Ruiz, usted viajará en primera clase. Su jefe nos ha pedido hacerle un upgrade y, por hoy, podemos hacerlo.

Al rato apareció Dolores. Se registró y se sentó a mi lado. Le dije que yo iría en primera clase y, de un salto, se estiró todo lo alto que era sobre el piso. Me arrebató el boleto de las manos y se dirigió al mostrador. La escuché agitarse.

– Él y yo venimos en el mismo viaje. No veo por qué no podemos regresar juntos, si usted misma dice que hay espacio…

Habló tanto y tan rápido a la pobre representante de American Airlines que, supongo, la hastió y terminó dándole lo que pedía.

La muchacha volvió hacia mi con una sonrisa de campeona olimpica, de satisfacción femenina, geneticamente felina, como una princesa fenicia, acostumbrada a sonsacar.

Le tuve respeto. Quizás la revista para la que trabajaba no lo merecía, pero ella sí.

Pasamos siete horas y media de risas y excesos. Ella pedía y pedía, coqueteaba con el sobrecargo, me sonreía cómplice, me cerraba un ojo, pedía más almohadas. Guardaba  todo lo que podía en su cartera. Fingía que dormía con la venda sobre los ojos, pero en seguida despertaba y seguía pidiendo. También pedía para mi. Venía feliz.

Hablamos de todo, como periodistas parlanchines, como  extraños unidos por una extravagancia de unas horas. Cuanto aterrizamos y salimos a la calle en busca de taxis, ya cerca de despedirnos, la noté preocupada.

–      ¿Algún problema?, le dije.

–      ¿Podrías prestarme 10 dólares para el shuttle? Te los envío en un sobre por correo hoy mismo, respondió.

Le extendí con gusto el billete y nos despedimos como amigos. Viéndola alejarse sentí que por primera vez había conocido a alguien que de verdad consigue lo que quiere. Yo, en cambio, solo sobrevivo por mi suerte.

El vuelo de los claveles

La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, tuvo atención mundial y, en lo particular, me hizo sudar más de la cuenta.

Un editor de la agencia italiana Ansa se instaló en un hotel de Miami Beach unos días antes del peregrinaje del Sumo Pontífice y decidió que cubriríamos en equipo las reacciones locales de la comunidad cubana. Todo iba bien hasta que Cristiano, como se llamaba mi jefe visitante, me pidió que viajara en una flotilla de protesta de exiliados anti-castristas frente a las costas de Cuba, para llamar la atención cuando el Papa estuviese oficiando misa en La Habana.

Me reservaron cupo en una avioneta desde la cual se lanzarían ramos de flores sobre el sitio en el océano donde guardacostas cubanos hundieron en 1994 un remolcador cargado de personas que querían escapar hacia Florida. Allí se ahogaron 41 almas, incluyendo 10 niños, según datos independientes, porque el régimen cubano nunca precisó el número de vidas que se perdieron.

La protesta sería noble y pacífica. El problema era — y todavía lo es —  que me desagrada mucho viajar en aviones muy chicos. Pero Cristiano insistía que la agencia en Roma estaba encantada con la idea de realizar esa cobertura. ¿Cómo iba yo a defraudar a mis espirituosos colegas de la prensa italiana? La cobardía no era una opción.

Me presenté en el aeropuerto de Tamiami a la hora indicada. Periodistas y aviadores escuchamos misa en un hangar y luego abordamos. Mi avioneta era la más pequeña de las tres que saldrían al encuentro de los botes que, a su vez, zarparían desde Key West hacia el sitio de la tragedia, al borde de las aguas territoriales cubanas. Era tan pequeño mi avión que apenas yo alcanzaba atrás junto a varios ramos de claveles amarillos.

En una media hora llegamos al sitio acordado. Divisé la silueta de La Habana, blanquesina, larga, como un espejismo que coqueteaba con hacerse realidad. Abajo miré los botes de los cubanos atareados en su protesta.

El piloto y el copiloto me indicaron que había llegado la hora de la maniobra. El momento más delicado de la misión.

Comenzamos a volar en círculo con las alas inclinadas y, dentro de la avioneta, nuestra posición se hizo bien perpendicular, incómoda, surreal. El zumbido del motor era más fuerte, el viento nos sacudía con mayor facilidad y bailábamos en círculo con las otras dos avionetas. Sudé mucho mientras pasaba hacia adelante las flores que los tripulantes lanzaban al mar desde sus ventanas.

Al cabo de un rato, el piloto me preguntó: “¿Tú quisieras arrojar un ramo?” Le dije que sí.  El día era soleado y cristalino. Circunvolando y descargando flores, el tiempo se hizo elástico. Como por 15 minutos no fuí el reportero de Ansa sino que un manifestante suspendido en el aire, con el cuerpo virado.

Finalmente, regresamos, me despedí de mi tripulación y, cumpliendo las instrucciones de Cristiano, desde la terminal de Tamiami lo llamé a su hotel de Miami Beach. Le narré todo lo que puede. Él tenía que hacer la nota en italiano; luego yo haría la mia en español, para el servicio latinoamericano. Al terminar la comunicación me inquirió:

– Entre todo lo que me has contado qué te impresionó más.

Mi respuesta meditada en segundos fue bien sincera, aunque dramática.

– Que nunca hubiera pensado poner en riesgo mi vida por ir a tirar unas flores.

– ¡Ajá!, bien, ciao – me respondió entre reflexivo y apurado.

Unos días después, cuando Juan Pablo II y Cristiano ya habían regresado a Roma, me llegó un sobre desde el buró central de Ansa. Era un recorte del diario L’Stampa de Milán en la que aparecía una nota no muy larga titulada: “Rischiando la vita lasciando i fiori” (Arriesgando la vida por lanzar flores). Yo era el autor.

Llamé a Cristiano y le agradecí, pero le expliqué que no estaba de acuerdo con poner mi firma en una nota que en realidad no había escrito. Me replicó que yo la había vivido y que eso, para la agencia, era más importante. Que él solo fue un traductor.

Le volví a agradecer sin muchas ganas y me despedí.

¡Periodistas!, proferí en silencio y pensé en mis claveles amarillos flotando serenos en el mar.  HORACIO RUIZ