Americanos de París

TheArtist

El éxito de la película “The Artist” sugiere en buena medida que la apreciación en Francia por la cultura popular estadounidense ha alcanzado tal madurez que ya no importa que una obra de arte, vitalmente francesa, sea confundida en el mundo por un producto americano.

Los cinco Oscar de la película dirigida por Michel Hazanavicius se celebraron con sentimiento patriótico en París, siendo la confirmación de una sospecha: la cinematografía francesa profesa tanta fascinación por Hollywood que es capaz de transmutarse

“The Artist”, sin traducción al francés, se filmó por completo en Los Ángeles, pero en todo lo demás es un tributo sentimental, bien calculado, del cine de Francia al gran cine capitalista que lo obsesiona. Ya no puede ocultarse.

Hace 30 años, la sola idea de una producción francesa con título en inglés hubiera sido considerada como una aberración. Entonces se protestaba con violencia hasta por la presencia de McDonald’s en Champs Elysees.

Quizás no sea un punto definitivo o crucial en la historia del cine, pero sí “The Artist” es la reconciliación madura entre dos cines nacionales que durante más de un siglo han sostenido una relación especial. Desde la época de Meliés y Griffith.

Yo me inicié en el cine francés con “La Nuit Americaine” (1972) de Truffaut, un melodrama que presta el título a una técnica que permite filmar de día como si fuese de noche y que se trataba también, como “The Artist”, sobre la interioridad de los artistas de cine.

Siempre la capacidad de introspección del cine francés ha provocado al cine norteamericano que, en síntesis, se mantiene a la vanguardia de la narrativa. También, mega producciones como “Piratas del Caribe” provocan hordas en los cines de Francia.

El filme de Hazanavicius es un homenaje a muchas influencias estructurales en la historia del cine, pero sin caer en formalidades o artificios, sino que, a través de una historia básica, la de un amor amenazado por el silencio.

La película muestra el auto aprisionamiento de un galán egocéntrico del cine mudo que, por orgullo, evade hasta el borde de la muerte la promesa del verdadero amor. Asistimos al trauma de las nuevas tecnologías, la resistencia al cambio desde las profundidades del ego y la negación de las emociones por no poder lidiar con ellas.

Queda planteado entonces el fracaso de los sentimientos ante la aplastante realidad del mundo externo… Hasta la escena final.

“The Artist” se filmó en color y se editó finalmente en blanco y negro. Fue una precaución, por si acaso no gustaba. No es una película enteramente muda y, a un costo de 15 millones de dólares, no puede catalogarse como cara, pero tampoco como barata.

Sin duda fue una apuesta de productores osados, pero el riesgo también venía calculado y la distribución de la película se planeó a la perfección. Debutó en Cannes en mayo de 2011 y en el Festival de Cine Americano de Deville, en septiembre. Solo tuvo una premiere limitada en Estados Unidos hasta en noviembre. Primero se presentó en los cines de Lituania y Corea del Sur, antes que en los estadounidenses.

Yo la ví en matiné a comienzos de marzo, en una segunda ronda de exhibiciones tras los Oscar.

La secuencia final es una de esas escenas que uno nunca pudo haber imaginado. La pareja resuelve su entuerto, encuentra su energía, con un baile al estilo de Fred Astaire y Ginger Rogers. Es la apoteosis del optimismo americano, no a cargo de Fred y Ginger, a los que crecimos viendo con fascinación, sino que de Jean DuJardin y Berenice Bejo.

No imitan, los encarnan, se transmutan en ellos y en alta definición, con un aspecto tan fresco que cuesta creer en el paso de los años. Asistimos al presente de una leyenda, a la disección de un mito.

Así queda sellada para siempre la paz entre la introspección y el gran espectáculo. Entre el cine de Robert Bresson y el de Frank Capra. HORACIO RUIZ