A merced de la naturaleza

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Una mañana de julio en 1992 tres ex combatientes de la “contra” fueron a buscarme al periódico porque querían trabajar y, no se por qué motivo, pensaron que yo podía ayudarles.

Uno de ellos había perdido una mano en la guerra contra el ejército sandinista. A otro le quedó la boca torcida por un charnel de granada y, el tercero, aunque era el que mejor se veía y parecía bien alimentado, sufría de desórdenes emocionales.

No me resultó difícil vertir sobre aquel trío de figuras descosidas mis mejores sentimientos.

Un poco como que nos necesitábamos. Ellos requerían con urgencia un poco de estabilidad y solidaridad y este servidor los veía como una oportunidad para ser generoso con algo que le tocaba bien adentro: el sufrimiento de su pueblo.

– “De lo que sea”, me dijo al que apodaban Risita, el de la cavidad bucal desfigurada, cuando le pregunté qué tipo de trabajos podían realizar.

– “Usted sabe cómo somos los nicas, fajones. A todo le hacemos”, agregó Medardo, el mutilado al que apodaban “Clin Ishuo”, por el personaje de “El Manco” que encarnó Clint Eastwood en Por unos Dólares Más.

El líder de la tripleta, Mercedes Norori, era el que menos hablaba. Se veía pasado de peso y transpiraba mucho. También, como me enteré poco después, era el que más bebía.

Como tengo la mala costumbre de mostrar afecto con rapidez, el día de nuestro encuentro los invité a cenar en una fonda nicaragüense de Sweetwater.

No hablamos ni de la guerra, ni de política. Posiblemente no queríamos. Ya habíamos tenido bastante de eso en nuestras vidas y, más bien, charlamos sobre licores, viajes, novias, la vieja Managua, fiestas patronales, la Caimana, los toros Braman, las sopas, el béisbol y el boxeo, en fin, ideas fijas en las mentes de nosotros, los nicas.
Terminé por contratarlos. Me aseguraron que, entre otras cosas, eran carpinteros bien probados y como necesitaba reemplazar una pérgola de madera a la entrada de mi townhouse, pues me pareció un asunto de sentido común que se ganaran esa plata.

Lo que siguió fue terrible, no tanto para mi como para mi familia. Más de un mes después de iniciar labores, los tres contras no conseguían terminar el trabajo.

Algunas noches esperaban que regresara a casa, sentados en la acera, hasta que los hacía pasar para bebernos un par de cervezas y, a veces, también para cenar.

Mi esposa estaba al borde del colapso nervioso y me dijo que había sido “la peor decisión del mundo” el haber hecho trato con mis amigos de la contrarrevolución en desbandada.

– What’s wrong with you, dad? – me reprochó una noche mi hijo de 12 años.

Algunos sábados hacíamos tertulias o, mejor dicho, terapia. En la última de esas sesiones, abrí una botella de dos litros de escocés y fue lo peor. Los tres se emborracharon. Mercedes alucinó con la guerra en las Montañas de Nueva Segovia y se dio de golpes con Risita.

Medardo lloró como un niño y, al final, tuve que irlos a dejar a cada uno a su casa, en el más absoluto silencio. Esa noche decidí despedirlos y no volver a recomendarlos con nadie.

Pasaron varios días sin venir y, al cabo de un par de semanas, dieron por terminado el trabajo. “Si querés, no nos pagués. Sabemos que quedó mal”, me dijo Mercedes.

La pérgola se veía horrible, un gasto en balde de madera, pintura y fierros. Como tomaron malas medidas, al final unieron las reglas con goma y clavos cruzados. Tendría que darla a hacer de nuevo. Pero les pagué y se fueron.

No había acabado de lamentar mi mal juicio cuando, el 24 de agosto de 1992, el Huracán Andrew azotó con fuerza devastadora el sur de la Florida, matando a unas 30 personas en nuestra zona y destruyendo y dañando decenas de miles de residencias.

Cuando el adjustador de la aseguradora  se presentó en mi casa para inspeccionar los daños, lo primero que hizo fue fijarse en la pequeña estructura levantada por los contras.

–      Heavy damage here, I can see – me dijo.

Creí que se burlaba, pero no, en seguida tomó medidas y anotó números en su block. Aquel trabajo había quedado tan chueco que el ajustador pensó que era el daño retorcido de un huracán de categoría cinco.

Yo no lo saqué de su error, sobre todo porque no estaba bien seguro de lo que estaba sucediendo.  Hasta que al cabo de varias semanas recibí un cheque generoso para reparar la pérgola entendí  a cabalidad.

Quiero creer que la Divina Providencia me devolvió con creces lo que perdí a causa de mi embelezo con los contras. Me hubiera gustado celebrar con ellos, pero nunca supe dónde se metieron. HORACIO RUIZ

El joven de siempre

Al final de una larga jornada de trabajo durante una conferencia sobre libertad de prensa en Lima, una amiga peruana nos llevó a cenar al famoso restaurante La Rosa Náutica, en uno de los muelles de la capital peruana.

Como no teníamos reservación, nuestro grupo de cinco personas tuvo que negociar un espacio en el área del bar, justo a la entrada, pero con una mesita propia. Ya sentados nos sentimos felices, justo lo que queríamos, un lugar decente para degustar un par de pisco sour y pasa bocas.

El sitio posee una  atmósfera como la de un balneario del sur de Inglaterra. Pero está en el distrito de Miraflores, bastante vinculado a la creación literaria de Mario Vargas Llosa.

Yo desde que visité Lima por primera vez, en 1989, para cubrir la contienda electoral entre Alberto Fujimori y, precisamente, don Mario Vargas, había querido comer allí y aquella noche de octubre, con la negrura de la noche rotunda sobre el Océano Pacífico, quedé defraudado.

La verdad es que no ordenamos platos fuertes pero, a juzgar por los piscolabis, esperaba algo mejor de aquella casa de renombre.

Los que no defraudaron fueron los “piscazos”; de maracuyá, de mandarina, de kiwi, de lucuma, de café y, por supuesto, el pisco sour clásico.

Ya bien embebidos en el néctar de la cáscara de la uva, nos disponíamos a pagar y a caminar un poco por el muelle, cuando de pronto una de las companeras gritó:

– ¡Rod Stewart! ¡Rod Stewart!

Avispándome, busqué en dirección de la mirada de mi amiga y, sí, efectivamente, la luminaria del pop inglés caminaba hacia la salida de La Rosa Náutica, en nuestra dirección y, como en un cortejo hedonista, venía flanqueado por cuatro bellezas provocativas y un séquito de guardas que, con respeto, al lado del artista parecían como eunucos.

Algunos comensales se pusieron de pie y aplaudieron mientras Rod pasaba frente a ellos y, justo cuando lo tuve frente a mi, le ofrecí un dedo pulgar hacia arriba y él me respondió con la misma contraseña. Cómplices para siempre.

Fue entonces que Miriam Ramos, nuestra amiga peruana, logró reanimar su cámara y se atrevió a pedirle una pose al cantante, pero él ya había pasado nuestra mesa y estaba en el umbral de la partida. No obstante, en seguida, el gran Rod Stewart, hechó paso atrás y regresó a nuestro cuadrante para saludar a Miriam con un gesto tan de él que, entonces sí, no me cupo duda de que La Rosa Náutica era un restaurante clásico de Lima. Aquel ídolo iba tan contento como nosotros por los piscos.

Y así nos fuimos a caminar y fumar por el muelle, con el viento fresco que hacía rodar La Rosa de mi imaginación como una ruleta.

Revisé detenidamente la foto de Miriam y me gusto mucho. Despixelada, borrosa y todo lo demás, pero aquella acuarela electrónica era auténtica.

“Este hombre tiene 67 años y todavía se rehusa cambiar su look de playboy de discoteca, de muchacho sexy y astro londinense”, pensé. “Como una galletita china, me está tratando de decir algo – seguí divagando — ¿qué es?…sí, ya se…que no hay nada como ser auténtico, como ser fiel a uno mismo”.

Entonces, con esa convicción en el pecho, pude abandonar mis pensamientos y disponerme a regresar al hotel, metido en el carro de Miriam, con todas las compañeras también reconfortadas, riéndose y cantando los viejos beats de Rod Stewart. HORACIO RUIZ

El campeón que nos queda

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Por fin encontré la foto en la categoría de imágenes históricas en Corbis, el incomparable servicio de archivos propiedad de Bill Gates. Por mucho tiempo la busqué, pero no la hallaba y hasta llegué a dudar que en realidad existiera.

Pero allí estaba, en blanco y negro en Corbis, nuestro gran Alexis Argüello, saludando con su bombín inglés en alto, sonriendo con gran camaradería, tal como era él, junto a su rival Jim Watt, días ante de su pelea del 20 de junio de 1981 en la Arena Wembly de Londres por el título mundial de los pesos ligeros.

Era tal como la recordaba. Una instantánea poco usual, una foto de promoción de una velada de boxeo que a mi me fascinó por la personificación bien clara que nos ofrece de “El Caballero del Ring”.

Eran los años en que Alexis, para el deleite del pueblo de Nicaragua, prestigiaba al boxeo mundial con una calidad de atleta y de ser humano de la que muy poco se había tenido noticia antes.

Watt, una leyenda escocesa digamos que al estilo de Braveheart, descendió a los infiernos durante 15 rounds frente al látigo nica y aquel tuvo que ser su último combate. Años después, la Reina Isabel II premió a Watt con aquella criticada, pero siempre bien apreciada medalla a la que llaman The Most Excellent Order of the British Empire (MBE).

El retiro de Alexis fue menos pomposo y, la verdad, hasta lamentable. El tricampeón mundial fue electo alcalde de la muy sufrida ciudad de Managua en el 2008. En realidad, lo que más pudo lograr Alexis por los managuas no fue como alcalde, sino como boxeador. Nos hizo olvidar un poco la espantosa tragedia del terremoto de 1972 que decapitó sin piedad a nuestra querida capital.

El partido sandinista, en elecciones discutidas, lo convirtió en edil, un laurel más bien marchito que nada aportó a las glorias que cosechó Argüello como figura legendaria del ring.

Allá por 1990, cuando como reportero de Diario Las Américas fuí al Centro de Convenciones de Miami Beach a cubrir una reunión de grandes del boxeo, a la que por cierto asistió Muhamad Alí, recuerdo que fuí a saludar a Alexis, cuando este ingresaba al recinto flanqueado por dos modelos promocionales, una rubia y otra morena. No alcanzó a estrechar la mano que le extendí porque, era obvio, las tenía bien ocupadas y allí mismo acepté el ademán sin despecho, como se le aceptan las faltas a los grandes.

Años antes sí disfruté personalmente de Alexis un par de veces en Miami, ya después de las dos peleas con Aaron Pryor, cuando el campeón hacía comentarios de boxeo, creo que para CBS, desde Atlantic City o Las Vegas.

Resulta que un publicista cubano de Coral Gables con el que tenía una pequeña relación de trabajo me solicitó que lo pusiera en contacto con Alexis para que protagonizara una campaña del que creo que fue el primer servicio de teléfono móvil en la región, Celular One.

Llamé al campeón, le recordé con entusiasmo que de joven jugué béisbol con sus hermanos en predios del barrio Monseñor Lezcano, que después visité la casa de su padre, donde hasta llegué a cruzarme un par de “taconazos”,etc.

Y, a decir verdad, él se mostró grato conmigo y accedió a negociar un acuerdo con el publicista.

A los pocos días debutó la campaña que consistía en vallas en los autobuses y spots de radio y, sobre todo, en televisión.

“One, two, three, huh!, huh!”, decía Alexis soltando a sus puños en el comercial, para terminar anunciando que él bien recomendaba a Celular One.

Un día mi amigo publicista me llamó alarmado para decirme que Alexis se negaba a estar presente en la inauguración de una nueva tienda del servicio celular y que, por favor, hiciera lo posible por convencerlo.

Lo volví a llamar y me sorprendió que me atendiera. Pero fue claro en decirme, llamándome siempre “hermano”, como entre buenos nicas, que no perdiera mi tiempo porque estaba contratado para transmitir esa misma noche una pelea desde Atlantic City.

El publicista tuvo que conformarse y desde entonces no me volvió a hablar.

Otra foto que conservo vívida es la de Alexis en la lona, creo que fue en la segunda pelea con Pryor. Era del diario oficial sandinista, Barricada. El titular a todo lo ancho vociferaba: “Otro Avión de la Contra que Cae”.

Me dolió mucho. Los sandinistas censuraron sin piedad todo lo relacionado al tricampeón porque entonces estaba en el bando contrario. Para ellos Alexis entonces solo era un “gusano”.

Y es que la política es como un ácido que corroe con envidia a los grandes astros porque ellos están por encima de las ideologías.

Yo nunca culpé a Alexis por hacerse militante de la facción sandinista de Daniel Ortega, sus razones o sin razones habrá tenido y solo le pido a Dios que eso no haya precipitado su salida de este mundo.

El desvencijado ring de la política nica siempre fue indecoroso para Alexis Argüello. Cuando un jerarca somocista le regaló un caballo de raza, después de conquistar su primera corona frente a Rubén “El Puas” Olivares, algún envenenado expresó en la prensa oficial que seguramente el caballo estaba mejor alimentado que él.

Así podemos ser de crueles, hasta el despedazamiento.

El Alexis que a mi me queda es el que ví erguirse cuando mi papá me llevaba a aquellas veladas boxísticas del viejo Estadio Cranshaw, frente a la Iglesia El Carmen de Managua, donde el “Flaco Explosivo” empezaba a distinguirse de la mediocridad de nuestro ambiente.

Después del consabido nocáut lo quedábamos viendo, admirándolo de lejos, con mucha fe en lo que somos, en la grandeza de Nicaragua, extasiados en la conciencia de que talvez no somos totalmente subdesarrollados.

Y, con frecuencia, las veladas del Cranshaw terminaban en batallas campales que nos obligaban a refugiarnos debajo del ring, viendo pasar los botellazos, los naranjazos, las sillas de palo y de latón catapultadas por borrachos y pendencieros.

Desde allí abajo seguíamos observando al ídolo, cubierto con la bandera de la patria, alejándose protegido por su gente del vandalismo popular espontánea que, sin saberlo entonces, antecedía a los peores años de nuestra historia.

Fue en aquellos ratos, en aquellas extrañas noches del fragor boxístico nicaragüense, que el gran narrador Sucre Frech, con el corazón enfermo, pero siempre chispeante, popularizó la frase: “Alexis, muchacho loco, me vas a mataaaar”.

Nuestro gran campeón merece el homenaje de una Nicaragua unida, pero eso no es posible por ahora. Con toda su grandeza popular, Alexis no pudo contribuir a darnos el antídoto para nuestra desdicha. Sufrió, probablemente, de la soledad y la impotencia de nuestra raza, siempre tan cerca y tan lejos de las glorias de una gran nación.

El vuelo de los claveles

La visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, en enero de 1998, tuvo atención mundial y, en lo particular, me hizo sudar más de la cuenta.

Un editor de la agencia italiana Ansa se instaló en un hotel de Miami Beach unos días antes del peregrinaje del Sumo Pontífice y decidió que cubriríamos en equipo las reacciones locales de la comunidad cubana. Todo iba bien hasta que Cristiano, como se llamaba mi jefe visitante, me pidió que viajara en una flotilla de protesta de exiliados anti-castristas frente a las costas de Cuba, para llamar la atención cuando el Papa estuviese oficiando misa en La Habana.

Me reservaron cupo en una avioneta desde la cual se lanzarían ramos de flores sobre el sitio en el océano donde guardacostas cubanos hundieron en 1994 un remolcador cargado de personas que querían escapar hacia Florida. Allí se ahogaron 41 almas, incluyendo 10 niños, según datos independientes, porque el régimen cubano nunca precisó el número de vidas que se perdieron.

La protesta sería noble y pacífica. El problema era — y todavía lo es —  que me desagrada mucho viajar en aviones muy chicos. Pero Cristiano insistía que la agencia en Roma estaba encantada con la idea de realizar esa cobertura. ¿Cómo iba yo a defraudar a mis espirituosos colegas de la prensa italiana? La cobardía no era una opción.

Me presenté en el aeropuerto de Tamiami a la hora indicada. Periodistas y aviadores escuchamos misa en un hangar y luego abordamos. Mi avioneta era la más pequeña de las tres que saldrían al encuentro de los botes que, a su vez, zarparían desde Key West hacia el sitio de la tragedia, al borde de las aguas territoriales cubanas. Era tan pequeño mi avión que apenas yo alcanzaba atrás junto a varios ramos de claveles amarillos.

En una media hora llegamos al sitio acordado. Divisé la silueta de La Habana, blanquesina, larga, como un espejismo que coqueteaba con hacerse realidad. Abajo miré los botes de los cubanos atareados en su protesta.

El piloto y el copiloto me indicaron que había llegado la hora de la maniobra. El momento más delicado de la misión.

Comenzamos a volar en círculo con las alas inclinadas y, dentro de la avioneta, nuestra posición se hizo bien perpendicular, incómoda, surreal. El zumbido del motor era más fuerte, el viento nos sacudía con mayor facilidad y bailábamos en círculo con las otras dos avionetas. Sudé mucho mientras pasaba hacia adelante las flores que los tripulantes lanzaban al mar desde sus ventanas.

Al cabo de un rato, el piloto me preguntó: “¿Tú quisieras arrojar un ramo?” Le dije que sí.  El día era soleado y cristalino. Circunvolando y descargando flores, el tiempo se hizo elástico. Como por 15 minutos no fuí el reportero de Ansa sino que un manifestante suspendido en el aire, con el cuerpo virado.

Finalmente, regresamos, me despedí de mi tripulación y, cumpliendo las instrucciones de Cristiano, desde la terminal de Tamiami lo llamé a su hotel de Miami Beach. Le narré todo lo que puede. Él tenía que hacer la nota en italiano; luego yo haría la mia en español, para el servicio latinoamericano. Al terminar la comunicación me inquirió:

– Entre todo lo que me has contado qué te impresionó más.

Mi respuesta meditada en segundos fue bien sincera, aunque dramática.

– Que nunca hubiera pensado poner en riesgo mi vida por ir a tirar unas flores.

– ¡Ajá!, bien, ciao – me respondió entre reflexivo y apurado.

Unos días después, cuando Juan Pablo II y Cristiano ya habían regresado a Roma, me llegó un sobre desde el buró central de Ansa. Era un recorte del diario L’Stampa de Milán en la que aparecía una nota no muy larga titulada: “Rischiando la vita lasciando i fiori” (Arriesgando la vida por lanzar flores). Yo era el autor.

Llamé a Cristiano y le agradecí, pero le expliqué que no estaba de acuerdo con poner mi firma en una nota que en realidad no había escrito. Me replicó que yo la había vivido y que eso, para la agencia, era más importante. Que él solo fue un traductor.

Le volví a agradecer sin muchas ganas y me despedí.

¡Periodistas!, proferí en silencio y pensé en mis claveles amarillos flotando serenos en el mar.  HORACIO RUIZ

La oficina picante

Nuestra sexualidad, aparte de procrear, nos reprime o libera, nos puede curar u obsesionar, dar seguridad o provocar neurosis y, también, nos ayuda a comprendernos mejor y a calibrar nuestros sentimientos. Quizás a menudo no reconocemos estas sutilezas de nuestra carnalidad.

Sí, el sexo es placer, pero también es comportamiento. Pleasure and personal behavior go together. Desde la más profunda mojigatería hasta la perversion más abyecta, todo depende de la forma en que nos relacionemos con nuestro líbido.

Pero, ¿qué pasa cuando tenés que trabajar con el erotismo de la gente?, ganarte la vida inmiscuyéndote en el placer de los demás.

Y no me refiero a la prostitución o al juramento hipocrático del ginecólogo o la ética del terapista sexual, sino que al trabajo intelectual con el sexo.

Ahora hay mucho de eso, los hotlines, el porno cibernético, etc., pero en una época no muy lejana era algo más reservado. Muchas inocencias no se habían roto todavía. Subsistía el pudor.

Cuando llegué a Miami, en 1987, me propuse buscar un trabajo. Quería, de ser posible, desempeñarme como escritor, redactor, editor, periodista, o lo que fuera que tuviera que ver con la lengua de Castilla.

En respuesta a un aviso clasificado, me dirigí a una oficina a orillas del Río Miami, entre la 17 y la 12 Avenida. El empleador pedía un traductor de inglés a español que además fuese “creativo y de libre pensamiento” para una “revista de circulación internacional”.

“Yo”, me dije desde el primer momento y, muy seguro de que obtendría aquel puesto, asistí a mi primera entrevista de trabajo en los Estados Unidos. Hasta llevé un saco.

La oficina en seguida me dio mala espina. Era un poco sucia, desordenada, casi como una bodega, aunque sí, habían señales de una empresa editorial, como máquinas de escribir, mesas de montaje, cuartillas en blanco en cada escritorio y un señor ocupado, como en plena faena de editar un manucristo con su bolígrafo.

Mi entrevistador reafirmó mi incomodidad. Me miraba fijamente, calándome de una forma más personal de lo necesario. Era como si algo le intrigaba por encima de las formalidades. Finalmente soltó la pregunta:

–     ¿Usted sabe lo que hacemos aquí?

–     Sí, una revista que circula en varios países – le respondí.

–     Así es, vea usted – me replicó extendiéndome un ejemplar del producto.

Y resulta que estaba solicitando trabajo a la redacción central de la revista Pimienta, un panfleto de literatura pornográfica en español en donde escribían lo que sin duda considero como las mentes más morbosas del Siglo XX.

Claro que conocía a Pimienta. Creo que en un momento de mi pubertad compré uno o dos ejemplares, en medio de las sonrisas de un librero libertino de Managua.

La verdad es que, al cabo de tanto tiempo, el volver a tener otro ejemplar de esa revista en mis manos, ofrecida por el propio Editor Jefe, me provocó nostalgia, risa y, en seguida, vergüenza.

Pero me propuse no emitir juicio delante de aquel Hugh Hefner en pequeño. Me mantuve callado, hojeando el ejemplar con la mayor naturalidad posible… Leí una línea que nunca se me olvida…”mi miembro se hizo la mar de grande”.

– “Un escritor español, sin duda”, pensé.

Entonces mi entrevistador con mucha elegancia salió a mi rescate:

–     Mire, si quiere tome su tiempo para pensarlo y luego me avisa…

–     Muy bien, muy bien, no hay problema, le dije en el acto, antes de desaparecer.

Ya había pasado el mediodía, tenía hambre y 28 años de edad. Hacía calor en Miami y entré en un Burger King a calmar mis dos necesidades primarias. Comí, bebí y discerní sobre mi sexualidad en silencio, pero sin llegar a ninguna conclusión seria.

Seguiría sin trabajo por un tiempo. HORACIO RUIZ

Ven, espíritu, ven

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En la imagen flamante del nuevo Papa Francis hay dos rendijas por las que se cuelan las críticas de los escépticos, por un lado se le echa en cara que, siendo el superior de los jesuitas en Argentina, no confrontó a la nefasta dictadura militar durante la Guerra Sucia y, por el otro, se le reprocha su postura conservadora en cuanto al aborto, el matrimonio gay o el uso de contraceptivos.

En la mente de millones de personas, incluso muchos cristianos, estas dudas en torno a la figura del Santo Padre, sobresalen aún por encima de su reputación como hombre entregado a la causa de los pobres, a la lucha contra la desigualdad creciente en las sociedades modernas y a su abierto reclamo dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica por su alejamiento, en no pocas instancias, de las enseñanzas de Jesucristo.

El Papa Francis, como lo dice una fiel en un blog publicado en The Washington Post, es una mezcla de la intelectualidad jesuita con la humildad franciscana y – yo le agregaría – también con la prudencia mariana que es el mejor sello del catolicismo.

Francis sin duda quiere acercar al Vaticano con las personas ordinarias, quiere que el milagro de la fé alcance sobre todo a aquellos que la han perdido ante los avances del materialismo, el hedonismo, la radicalización de las ideas y, en fin, la búsqueda estéril de una felicidad que ha dejado a Europa y al resto del mundo industrializado en una total desesperanza existencial.

Es en ese sentido que los católicos, practicantes o no practicantes, debemos fijar nuestras expectativas ante el ascenso del primer líder latinoamericano de una iglesia que, esperemos, ya ha tocado fondo y probablemente se encuentra dispuesta a encabezar un resurgimiento de la espiritualidad en el mundo.

Pero debemos ser bien humildes, reconociendo las flaquezas de nuestra humanidad. Hay muchas personas que llevan sus vidas con un alto sentido ético, pero no son religiosas. Hay muchos individuos maravillosos que por diversos motivos, personales o ulteriores, han sido desplazados a la orilla de la fe. En lo personal, deseo creer que Francis dirigirá gran parte de los esfuerzos de su reinado a presentar un mensaje incluyente y no exclusivo.

Para acompañar esa labor misionera de Francis, los católicos del mundo a la par de sencillos también tenemos que mostrar confianza en nuestra fe, no esconderla, ni traslaparla por temor a no ser modernos, por el contrario, pienso que debemos exhibirla con frecuencia y, para ello, tenemos que prepararnos mejor, afinando nuestra agudeza dentro de la perspectiva de las enseñanzas cristianas.

Confiemos en que ha llegado la hora de un retorno de la fe a sus orígenes, a los fundamentos de una iglesia que, no olvidemos, no es el Vaticano, ni su colegio cardenalicio, ni una congregación religiosa, sino que el propio cuerpo de Cristo, santo e incorruptible, por encima de todas las pasiones y las debilidades humanas. Así no los han enseñado y así tenemos que repetirlo.

La iglesia que ahora preside el Papa Francis es el centro irreductible de las enseñanzas del Maestro, el fruto visible y palpable del Espíritu Santo contra el cual no prevalecerán las puertas del infierno, según la promesa del propio Jesús.

En el complejo panorama de nuestro tiempo, este Santo Padre de verdad que tiene prestigio en todas partes, en la izquierda como en la derecha, entre moros y cristianos, por encima del cinismo y la trampa,  jamás ha condenado a nadie, a ningún grupo político o de orientación sexual, sino que tan solo ha dejado ver en claro cuáles son los límites de su iglesia.

El derecho a la vida es fundamental, así como lo es el derecho al amor pleno, sin conflictos. Aunque nos cueste mucho entenderlo, ante la vida mundana, la oferta de la fe es una vida plena. Y, como buenos pecadores, todos los días rechazamos esa oferta, solo para terminar entendiendo, tarde o temprano, que aún tenemos tiempo de aceptarla.

Así, mientras podamos, regocijémonos en la gracia de Dios ante este nuevo Vicario de Cristo que viaja en colectivo y rechaza manifiestamente el lujo, retando así, ante nosotros, a los aguijones de la carne que nublan nuestro entendimiento.

Tropezar con la misma piedra

Estirado sobre una tumbona en mi terraza de aquel hotel en Cancún, de cara al cielo estrellado sobre el Golfo de México, esa noche sentí con claridad que allí la vida casi se acabó una vez, hace 65 millones de años, y que el fin del mundo señalado para este diciembre, según interpretaciones del calendario maya, podría ser un reprise de aquel juicio final de los dinosaurios.

El meteorito que cayó a mediados de la era Mesozoica frente a la península de Yucatán fue un cataclismo cósmico que acabó con una buena parte de las formas de vida del planeta. Ese episodio de la vida geológica de la tierra, confirmado científicamente en 1970, siempre me ha fascinado.

De hecho, la tierra en sus 7.500 millones años de vida ha sufrido varias extinciones masivas de vida a causa de impactos de objetos celestes.

Quizás por eso no sea tan ridículo que aquella noche, en el escenario de la última hecatombe, yo tuviese una revelación o Epifanía, como un “flashback” de aquel bólido exterminador, a vuelo razante sobre el mar. A veces uno alucina lo que quiere, lo que llevamos en el inconsciente, y aquella noche insomne, en mi terraza del hotel Gran Meliá Cancún, seguramente se me antojó esa visión. Cerré lo ojos y ¡flash! miré el gran chispazo rasgando el firmamento de la noche.

Seguro que la pedrada cósmica que aniquiló a los saurios gigantes, rayó incandescente el firmamento antes de su detonación, tal como yo lo aluciné en panorámica y vívidos colores.

Pero todo fue de pronto, rápido y muy real. Enseguida entendí lo que aquello significaba y su relación con el lugar donde me encontraba.

Según los geólogos, la roca de 10 kilómetros de largo impactó a unos 320 kilómetros al oeste de Cancún y dejó un crater de 180 kilómetros de diámetro. El golpazo levantó olas de miles de metros de altura, provocó una lluvia ácida infernal, desató fuegos forestales pavorosos y reacciones volcánicas en cadena, pero sobre todo, marcó el fin del reino de los dinosaurios en el tope de la cadena alimenticia y dio paso al surgimiento de los mamíferos.

Aquella terraza en el quinto piso del hotel me llamó la atención desde un primer momento. La sensación que da elmar visto desde allí es de una belleza amenazante. Esa proximidad masiva y casi invasiva del océano en mi cuarto me provocaba todo el tiempo un sentimiento de resignada invalidez.

Pero mi mente andaba ocupada en otras cosas. Había llegado a Cancún por motivo de trabajo y más bien estuve ocupado con mis rutinas. Lo que menos podía pensar era que estaba muy cerca del Cráter de Chicxulub, la huella del gran impacto descubierta hace 42 años por buscadores de petróleo frente a Yucatán.

Ya había estado en Cancún antes pero jamás había relacionado ese balneario mexicano con la colisión extraplanetaria de hace 65 millones de años.

En fin, la verdad sea dicha, el calendario maya no se acaba en diciembre del 2012, va más allá según las nuevas averiguaciones arqueológicas y hasta parece ser infinito.

El misterio verdadero es cuándo nuestra planteta volverá a ser golpeado salvajemente por un asteroide, meteorito o cometa.

Pero lo que a mi más me interesa de estas conjeturas, no es otra cosa que poner de manifiesto el pequeño conocimiento que como sociedad tenemos del planeta en que vivimos. Y aún de nosotros mismos.

El otro día en el quehacer diario de la política en Estados Unidos miré que hicieron burla de un senador republicano de Miami que dijo que la tierra se había creado en siete días, como dice la Biblia, pero que también, dijo el senador, podían ser “siete períodos”.

Y entonces saltaron a la palestra los científicos de botiquín y empezaron a decir que los conservadores son retrogrados y oscurantistas, que Darwin debe ser enseñado en las escuelas y no lo que llaman “creacionismo” bíblico, etc. Está bien que en el debate de las ideas se mezclen tópicos como la religión y la ciencia, pero en realidad no aprecio para nada que el resultado de esas discusiones sea más confusión.

La verdad es que Darwin ordenó la biología con su teoría de la selección natural, pero jamás tuvo acceso a mucha información antes de publicar su célebre investigación El Origen de las Especies en 1856.

Ni siquiera conocía mucho sobre la pasada existencia de los dinosaurios, ni sobre la historia abierta de las capas geológicas de la tierra, ni sobre el intrincado grupo de genes de diferentes tipos de homínidos y criaturas ancestrales de los que, ahora sabemos, desciende la raza humana. Tampoco tuvo ni idea del genoma de los organismos, ni mucho menos de sus misterios, cada vez más intrincados. Y eso que es considerado como uno de los grandes hombres de ciencia de la historia.

Ateos, agnósticos o creyentes, en realidad vivimos en una época de mucha fragmentación del conocimiento en el que faltan pilares sólidos para sostenerlo en forma coherente y con respuestas concretas a los problemas fundamentales de la vida, de nuestro futuro como seres humanos.

Temo que un día despertaremos con una nueva pedrada celeste hacia nosotros sin ni siquiera saber con certeza de qué nos ha servido esto que llamamos civilización.

La prueba electoral

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El otro día en un restaurante salvadoreño cerca del centro de Miami nos encontrábamos almorzando tres colegas, todos demócratas y partidarios del presidente Barack Obama, excepto yo que aún en los ambientes más hostiles insisto en proclamarme como independiente, cuando la mesera, doña Carmen, una señora dulce a la que conozco y veo con cierta familiaridad desde hace varios años, se coló en nuestra conversación.

–     Hombre – comenté yo en medio de la charla -, en el 2008 voté por McCain, pero no puedo negar que  en estos últimos cuatro años me empezó a caer bien Obama.

–     Pues que le termine de caer bien porque es el que más vale. El otro (el gobernador Mitt Romney) es un empresario que mira de arriba para abajo, expresó Carmen con palabras bien marcadas.

–     ¡Qué bueno!, exclamó iluminada una de mis colegas, militante del partido del burro. Usted entonces votará por el presidente.

–     No, yo no puedo votar. Pero me cae bien, replicó la camarera con una triunfante humildad.

Se hizo un silencio en la mesa donde estábamos tres personas, los mismos de siempre, y doña Carmen fue por nuestras órdenes. Nadie comentó más y, apenas pudimos, comenzamos a comer en un silencio que yo rompí filosoficamente:

–     Déjenme decirles algo bien claro: el partidismo es la antesala de la intolerancia y el despotismo. Hay que tener cuidado.

Con esa frasesita improvisada le bajé el ánimo a mis compañeros, Jerry y Elaine, que entonces comenzaron otra charla, sobre lo mismo de siempre, el trabajo, el jefe, la prisa por regresar a la oficina, el ridículo de nuestras existencias, etc.

Unos días después viajamos a un país sudamericano para la reunión anual de nuestra organización y, ante la insistencia de mis amigos, los invité a mi habitación del hotel par ver por televisión el debate de los candidatos a vicepresidentes, el titular Joe Biden y el republicano, Paul Ryan.

Ambos llegaron con un ánimo incendiario, abucheando a Ryan a cada instante, amenazando con romper la televisión mientras hablaba, pero cuando le llegaba el turno a Biden, parecían sosegarse y si bien no asentían con lo que decía, al menos se les quitaba la alteración del ánimo que, apenas resurgía el joven candidato del partido del elefante, se apoderaba nuevamente de ellos en una forma que me molestaba, pero que supe mantener oculta, mostrando siempre cordialidad.

Al cabo de una media hora del debate, ya comidos y con un par de cervezas adentro, los tres nos aburrimos del debate y decidimos apagar la televisión e ir a dar una caminada.

La política de verdad que es como el deporte. Como que estimula el instituto de preponderancia de la gente. Yo nunca he sido así. La revelación a mi me tiene que llegar no por instinto sino que por convencimiento.

Al regresar a casa, mi hijo que es maestro y vive en New York, me llamó para pedirme que votará por Obama.

–     Hazlo por mi, papá. Él nos puede ayudar.

Pero la mamá del muchacho, que fue a votar temprano, me tiene montada una campaña para que vote por Romney.

–     Mi voto no es por mi hijo, es por el presidente que mejor puede servir a este país, alega la progenitora con un alto sentido del deber.

Entonces mi hija, Aylincita, la persona que más se parece a mi en su carácter, también me cuestiona.

–     ¿A quién vas a engañar, papá? Vos vas a votar por Romney, yo lo se.

Pero, claro, ella que es como yo, asegura que la independiente es ella, cuando yo se a la perfección que votará por Romney, como su mamá.

Y luego fui a una oficina de seguros a arreglar un asunto y una señora bien gorda, de la que he sido cliente por más de 20 años, me comenzó a hablar de lo peligroso que le parece un segundo período presidencial de Obama.

“Va a sacar todo lo que tiene de socialista, lo sé, eso viene y hay que evitarlo”, me dijo con una preocupación que era casi como un miedo auto provocado.

Creo que hasta he vuelto a fumar a causa de estas elecciones y del efecto que está causando en las personas.

En serio, me siento vulnerado en la intimidad por la elección de este martes 6 de noviembre, el día posterior a mi cumpleaños.

Siento que se ha metido en mi intimidad. Es motivo de discusión, a veces muy fuertes, con mi hermana, con mis cuñados, con mis hijos, con los compañeros del trabajo, con las personas de la familiaridad cotidiana, como Carmen, hasta con los insoportables activistas telefónicos que igual me interrumpen en el baño que en medio de la parte más placentera de mis cenas.

La verdad es que ninguno de estos candidatos me inspira, pero no dejaré de votar por eso. Mi corazón es republicano, conservador de centro, católico liberal, socialdemócrata, pero sobre todo independiente y, sí, me cae bien Obama. Si no voto por él me dará pesar, pero si voto por Romney me sentiré satisfecho, aunque sea mormón, aunque nada me una a su persona, a diferencia de Obama, con quien me identificó por su etnicidad, por el color de su piel, más oscura que la mía, pero por allí.

Esta elección para mi ha sido la más difícil, ¿seré capaz de votar por alguien con quien no tengo ningún punto de contacto?, ¿seré tan independiente como digo o más bien un poco parecido a los demás?

Ya lo contaré en una semana.

Mi vida olímpica

Tenía nueve años cuando por primera vez me cautivó una Olimpiada. Fueron los XIX juegos en Ciudad de México, en 1968, la única oportunidad en que un país latinoamericano ha servido de anfitrión, en un año aciago para Estados Unidos por los asesinatos de Martin Luther King, Robert Kennedy y la salvaje matanza de My Lay en Vietnam.

Aquellos fueron los primeros juegos que se transmitieron por televisión a escala global y, entre las imágenes perdurables, recuerdo la de los sprinters afroamericanos, Tommie Smith y John Carlos, medallistas de oro y bronce en 200 metros planos, erguidos en el podio olímpico, pero alzando los puños con guantes negros y, cabizbajos, mientras tocaban The Star Spangled Banner.

Fue una inolvidable protesta del Black Power por la violencia racial que sacudía a varias ciudades estadounidenses.  Aquel fue también el año de la Primavera de Praga y de las protestas en París que tenían un slogan fascinador en todos los idiomas y dialectos: “La Imaginación al Poder”.

Entonces, para un niño nicaragüense como yo, enterarse de aquellos conflictos, a través de la TV y la revista Time que llevaba mi padre a casa, suponía una nueva visión del mundo que comenzaba a mostrárseme con toda su crudeza. Smith y Carlos, me revelaron un contraste poderoso; victoria sin gloria; un nacionalismo que por razones profundas y ulteriores al deporte, puede desvanecerse.

Me enteré que el mundo era una mezcla de matices mucho más complicada de la que suponía y que, fuera de mi entorno en Managua, existía un mundo que reta al entendimiento.

Pero mi momento favorito de aquella Olimpiada mexicana, como lo fue también para millones de personas, fue la captura de la medalla de plata realizada por el sargento del ejército mexicano, José Pedraza, en la caminata de 20 kilómetros.

Creo que ese puede ser uno de los momentos más emotivos en la historia del deporte. Pedraza ingresó al Estadio Azteca en tercer puesto, persiguiendo febrilmente a dos rubios y espigados caminadores de la Unión Soviética. Más de 100.000 espectadores se pusieron de pie en asombro.

Faltaban solo 300 metros para la meta, cuando Pedraza, alentado por los gritos desde las tribunas, pasó al primero de los soviéticos y, al final, llegó de segundo,  solo por dos segundos de diferencia. Como se dice, el hombre la echó toda, pero no pudo.

Aquel drama en la pista me hizo admirar el valor recóndito del tiempo, del instante, de nuestra lucha constante, como seres humanos sin distinción de raza, contra el reloj. Dos segundos son una eternidad en términos de marcas olímpicas. Y todavía mucho más que eso.

Pedraza nunca se recuperó de aquel segundo puesto. Se convirtió en una celebridad mundial y su acto de heroísmo ha servido de ejemplo a varias generaciones de atletas mexicanos, pero no fue campeón y eso le pesó horriblemente por el resto de su vida. Dicen que un día un coronel déspota lo echó preso por haber perdido el oro.

En 1972, en los XX Juegos Olimpicos de Munich, Alemania, mi asombro llegó a lo espeluznante. El grupo terrorista palestino Septiembre Negro secuestró a atletas israelíes en la Villa Olímpica, matando a 11 personas ante las propias narices del planeta.

A mi, en plena pubertad, aquello me marcó porque nunca logré llegar a simpatizar con la causa palestina. Quizás aquel acto brutal me bloqueó y llevó a mi alma a un estado de imposibilidad.

También, después de Munich, los Juegos Olimpicos se convirtieron a mi entender en los signos cardinales que marcan el rumbo y el estado del planeta.

Las Olimpiada de Montreal, Canadá, en 1976, transcurrió en el apogeo de la Unión Soviética como imperio. Estados Unidos quedó en tercer lugar en el medallero, detrás de la URSS y Alemania Oriental. De los 10 primeros puestos, solo EE.UU., Alemania Occidental y Japón no fueron países de la órbita soviética. Cuba quedó en un asombroso octavo puesto con medallas a granel en pista y campo y boxeo.

Me parecía que Occidente y que sus sociedades estaban en decadencia. Durante los próximos cuatro años esa impresión se acentuó, hasta los XXII Juegos Olimpicos en Moscú. El presidente Jimmy Carter ordenó un boicot y aquella no me pareció una gran decisión, porque escondía cierta inseguridad ante el avance de las ideas socialistas en el mundo.

Cuatro años después, la URRS devolvió el favor y boicoteó las Olimpíadas en Los Angeles. Irán y Libia también lo hicieron. El espíritu olímpico, como el mundo en general, estaba en ascuas a causa de la polarización ideológica. El islamismo radical era un nuevo centro de tensiones y solo iba a empeorar.

En lo personal, me había casado y tenía un bebé maravilloso a mi lado. Trabajaba como periodista en el diario La Prensa de Managua y el mundo había entrado en el umbral de la globalización.

En 1988, las Olimpiadas de Seúl, Corea del Sur, tuvieron lugar en el otoño. Pero solo un año después de concluidas, los dos grandes poderes de la competencia, la URSS y Alemania Oriental, dejaron de existir como naciones. Mi segundo bebé, una niña muy linda y especial, tenía dos años.

Los XXV Juegos Olímpicos en Barcelona, España, fueron alucinantes. Un Equipo Unificado de ex estados soviéticos obtuvo el primer lugar de medallas, seguido de EE.UU. Por primera vez desde 1966, Alemania compitió unificada y tres ex provincias de Yugoslavia enviaron equipos separados.

Aquel era un mundo nuevo. Los “gringos” comenzaron a recobrar su protagonismo, lo cual quedó confirmado en las Olimpíadas de 1996 en Atlanta, donde fueron punteros y por amplio margen, sobre Rusia.

Y, otra vez, el espectro del terrorismo serpenteó entre los anillos olimpicos. El estallido de una bomba mató a dos personas e hirió a centenares. El autor del crimen fue un ex soldado de la 101 División Aerotransportada del ejército estadounidense, convertido en militante de ideas ultraconservadoras. Un año antes, en abril de 1995, otro complot doméstico había dejando una mortandad horrenda en un edificio federal de Oklahoma City.

En el 2000, en Sydney, Australia, los Estados Unidos repitieron en primer lugar, seguidos por Rusia y China, la superpotencia emergente, en tercer puesto.

En el 2004, en Atenas, Grecia, EE.UU. mantuvo su hegemonía en el medallero. China trepó al segundo puesto y relegó a Rusia al tercero.

Lo más impresionante de estos juegos fue la derrota del Dream Team de baloncesto. Los más poderosos jugadores del mundo fueron re bautizados como The Nightmare Team (El Equipo Pesadilla) porque apenas lograron la medalla de bronce. La globalización, incluso en el deporte, se veía complicada. El mito del Supermán yanki rodaba por el suelo.

Y, en el 2008 en Pekín, el asombroso poder económico de China, la nación que todo lo fabrica, se vio plasmado en una acumulación de medallas sin precedente.

Y es allí donde surge una duda que no he podido aclarar y que ejemplifica el desconcierto de esta época. Hay quienes están bajo la impresión que el primer puesto correspondió a EE.UU., el país con más medallas en total, siendo China la nación que acaparó más oro.

Siempre he creído que la primera posición es para el equipo más dorado, pero en algunos medalleros, depende del sitio que se consulte, se muestra a EE.UU. en primer lugar.

Percibo un ambiente de hegemonía frustrada en los esfuerzos olímpicos de mi país adoptivo, lo cual no deja de inquietarme.

Sin duda que los atletas norteamericanos en Londres constituyen no solo el contingente más apto y diverso para las competencias, sino también el más gracioso, el de mayor auto confianza. Son americanos y están a la altura del momento. Pero en el mundo de hoy, quizás eso no es suficiente.

Hay presiones internas y externas que amenazan al gran imperio yanki y, por mucho que The Star Spangled Banner suene en el podio olímpico, el país vive en un estado de constante desafío.

En fin, tengo 44 años de vida olímpica y cada vez más me fascina como el mundo respira a través de este espectáculo y como, desde la ilusión de la humanidad en competencia, nos permite tocar sus venas y sentir su latido.

El Lebron que llevamos dentro

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No se puede intelectualizar al deporte. Cada vez que tratamos de hacerlo, desvirtuamos su naturaleza; baste con decir que es una vocación íntima del ser humano a la que muchos, en muchas partes, han convertido en un negocio a veces indecente.

Pero, indiscreciones aparte, el lunes desfiló victorioso por el centro de Miami el gran Lebron James, alma del equipo Miami Heat, campeón de la liga de baloncesto profesional de Estados Unidos, la NBA, que es quizás la federación deportiva más poderosa del mundo.

Solo para ponerlo en perspectiva, en julio próximo, 204 países o territorios enviarán atletas a los Juegos Olímpicos de Londres, pero la final de la NBA, en la que Miami derrotó a los Thunders de Oklahoma City, la vieron por televisión en 215 países o territorios. El comisionado de la liga, David Stern, cree probable que en los próximos 10 años se pueda contar con una división de cinco equipos en Europa.

Hace cuatro años, de visita en Pekín, ví con asombro como un poster gigante de Dwayne Wade y Shaquille O’Neal, campeones con el Heat en el 2006, cubría una de las fachadas de la arena de la ciudad.

Pero sobre lo que quiero dejar constancia en este blog, es lo curioso que resulta cómo uno viene a dar en la vida con algo como Lebron James.

Mi familia se estableció en Miami en 1988, el año que comenzó el calor del Miami Heat. La primera temporada fue deprimente, el peor récord en la historia de la NBA. Paliza tras paliza, descepción tran descepción.

Pero, pese a todo, el Heat me hacía muy feliz. Era como un bebé que tenía que empezar a andar y al que me ilusionaba ver progresar, paso a paso.

Como muchos inmigrantes, trabajaba muy duro para sostener a mi familia y frente al televisor aquel equipo bisoño era una franca diversión al final de mis largas jornadas laborales.

Digamos que me ganaba duramente el pan pero tenía un buen circo en casa, con un equipo local perdedor que, sin embargo, podía sentir mío y con el cual podíamos lamernos las heridas en confianza.

Vino el primer viaje a los playoff en 1991 y, dos años después, el primer récord ganador en una temporada 42-40. En 1995, contrataron al legendario coach Pat Riley, quien armó un nuevo conjunto en torno a Alonzo Morning. En 1996, ganamos por primera vez el título de la Conferencia Este y alcanzamos la segunda ronda del playoff. En 1999 obtuvimos el mejor récord del Atlántico.

Y así evolucionó el equipo, hasta que llegó Dwayne Wade en el 2003 y, al año siguiente, Shaquille, quien apenas desembarcó en Miami nos prometió un campeonato para esa misma temporada. No pudo cumplir su promesa hasta un año después, en el 2006.

El resto ya se sabe. Para el 2011 aparecieron los Tres Kings (James, Wade y Bosch) que, en una inaudita sesión de rap deportivo, pregonaron al mundo que silenciarían a todos sus rivales y que conquistarían cinco, seis, siete… no se cuántos campeonatos.

Por primera vez desconocí a mi equipo. Sentí como si después de estar casado por años con una humilde y virtuosa muchacha, me hubiese despertado al lado de una vieja repellada y prepotente.

El resto de Estados Unidos nos odiaba y con razón. Al final, los Mavericks de Dallas, con la eficiencia y humildad del alemán Dirk Nowitzki, hizo colapsar al equipo de Miami enredado en su grandeza.  Y justo allí es donde comenzó la historia de la coronación en el 2012.

La temporada de la NBA este año nos hizo vivir algo más allá del deporte. Nunca antes yo había visto a alguien querer algo tanto y esforzarse por ello hasta lo sobrehumano como Lebron James.

¿Mitológico?, muy probablemente.

¿Conmovedor?, sin duda.

James se entregó a la búsqueda del Trofeo Walter A. Brown de la NBA con una determinación épica igual a la de Frodo en Lord of the Rings. Fue épico y lírico.

Llegó a un punto en el que su voluntad y espíritu tuvieron que unirse para resolver su dilema. Recordemos que este es un atleta que, a los 16 años, siendo un prodigio del baloncesto colegial en Akron, Ohio, la revista Sports Illustrated‘ le dedicó una portada con el título: “The Chosen One” (El Escogido).

¿Lograría entonces esa fuerza de la naturaleza tomar el lugar que le estaba pre destinado, o sería para siempre otro rey sin corona más?

Lebron James logró la meta superior de su vida, no derrotando a sus rivales o a una opinion pública desfavorable sino que, sobre todo, superándose a sí mismo, rebasando las propias cumbres borrascosas de su ego.

Eso me conmueve, me impulsa a intelectualizar actitudes y emociones, pero al final prefiero dejar en paz al deporte, esa actitud íntima de nosotros los seres humanos que, como al sexo, a veces nosotros mismos prostituimos.