Cómo me gusta que venda

Creo que, si estuviese vivo, trataría de pedirle al gran escritor chileno Roberto Bolaño, una comisión. Varias de mis amistades han comprado sus novelas, en particular “Los Detectives Salvajes”, tras escucharme hablar de él y su obra con todo mi entusiasmo y, de hecho, me he vuelto en un activo propagador del culto a su personalidad literaria y a la singladura de su talento, para usar ese término de navegación que me parece que le gustaba mucho.

Bolaño falleció en el 2003, solo 10 años después de la publicación de su primera obra, “La Pista de Hielo”. Tenía 50 años. El año pasado se anunció la salida de una novela póstuma “Los Sinsabores del Verdadero Policía” que ya he empezado a buscar al mejor precio posible. (Actualmente: usada, por $33.50 en Amazon, no me conviene.)

Buena parte de la fama de Roberto Bolaño se debe a las bien apreciadas traducciones al inglés de Natasha Wimmer que, además, contribuyeron a hacerlo un éxito comercial en el mundo angloparlante. Él es un autor mayor en las dos lenguas que dominan el hemisferio.

En lo personal, las novelas de Bolaño, al que descubrí hace solo tres o cuatro años, me han devuelto el placer de leer en castellano. Y es sobre eso que quiero escribir en este blog, acerca mi visión particular sobre una obra que, como a decenas de miles de otras personas, me ha conmovido.

La lectura de “Los Detectives Salvajes” me sacó de un solo sopetón del atolladero conceptual de la novela en el que nos metió a todos el “boom” de los intocables García Márquez, Fuentes y don Mario Vargas, y que por medio siglo ha permeado casi toda la creatividad literaria en Latinoamérica.

La verdad es que el “boom” surgió en el seno de otras generaciones de grandes escritores y, la mia, los baby boomer latinos, no teníamos un monstruo de la ficción, hasta que apareció este compatriota de Neruda y Rojas que, ciertamente, escuchaba a Pink Floyd.

No voy a entrar en discusiones sobre ningún aspecto de la obra de Bolaño a la que  todavía solo conozco a medias, pero sí creo que su principal inspiración no fue latinoamericana sino europea. Si el “boom” fue consecuencia del reconocimiento de la literatura latinoamericana en Europa, Bolaño representa un poco el retorno, el camino de regreso de esas letras hacia América. En fin, del “boom”, creo que Cortázar fue al que Bolaño más respetaba.

Lo importante es que las novelas del chileno no se construyeron sobre las ruinas de este o aquel otro estilo literario sino que, creo, son como una suma de todos los miedos y de todos los placeres de la literatura en general. A ratos, la prosa de Bolaño incluso coquetea con la anti literatura y destroza con sarcasmo impío las pretensiones de la creatividad.

En lo personal, creo que tenía un talento pendenciero y provocador, pero al mismo tiempo fue un individuo que se preocupaba por traslucir calma desde la agitación de sus mundos internos. Dicen que fue disléxico de nacimiento, que no completo los estudios secundarios; su padre era un empleado ferroviario en el interior de Chile que decidió inmigrar con su familia a México cuando Roberto todavía era un niño. Él atestiguó que, siendo poeta de vocación, optó por escribir novelas para tratar de llevar sustento a su familia.

Bolaño dijo que ser latinoamericano es un estado de ánimo y eso tiene que ver mucho, creo yo, con el compromiso de su literatura. Bolaño no moraliza ni pretende ser escéptico de la moral, más bien penetra las profundidades de lo moral, protegido dentro de la bati-esfera de su prodigioso talento. En materia política, es políticamente apolítico, con todo lo que esto infiere, y pese a lo que ciertos ideólogos se sigan esforzando en ver en él. No hay duda que profesaba un desdén muy intelectual hacia lo ideológico.

Su gran novela “2666”, es una experiencia angustiante, exhaustiva y amedrentadora sobre la condición humana a partir de donde la dejaron Sartre y Camus hace 40 años. Es una obra de más de 900 páginas sobre un gravísimo problema moderno: el hombre común sitiado por el mal, por la calamidad, por el egoísmo que abarca todo lo que le pertenece, incluyendo sus mejores sentimientos.

Bolaño no ofrece soluciones ante la angustia, ni cree en las recetas creadas por el propio tormento del hombre: el hombre mismo. Lo que este autor de prosa potentísima y virtuosa hace es agotar, triturar las energías del lector, hasta hacerlo capitular en todas sus intenciones. Solo así podemos empezar a levantar lo que más nos importa, lo que más nos interesa rescatar de nuestra desolación.

Y, a la vez, Bolaño es un gran descriptor de lo sublime, de los alcances del espíritu, pero igualmente nos hace ver la peligrosidad de detenernos mucho tiempo en esos estados de ánimo. La única sensación que queda tras leer “2666” es la de haber sido poseído por una literatura endémica que en los sucesivo nos obligará siempre a vernos en el espejo de nuestros deseos y espantos.

Para el que lee en español, nada puede seguir siendo igual después de Bolaño. Este escritor ha conseguido elevar el castellano a una categoría superior en el panorama de la literatura universal, arrancándolo de los temas vernáculos o de su miedo escénico. Lo seguiré diciendo para que lo sigan comprando.

4 thoughts on “Cómo me gusta que venda”

  1. Supremamente excelente Horacito! mi favorito hasta el momento. En caso que no te hayas dado cuenta, en particular, sos un critico literario fabuloso!

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