Un trofeo de carne

A James Whitman McLamore se le acredita como uno de los empresarios que, con el fast food, transformaron nuestra forma de comer. Cuando lo entrevisté para el periódico, a propósito de una campaña de recaudación para el Fairchild Tropical Garden, me dijo que en parte lo hizo por amor.

¿De qué otra forma un invento tan yanki como la hamburguesería rápida habría venido a parar en Miami? Tuvo que ser por algo especial.

Nancy McLamore, su esposa, fue quien a comienzos de la década de los 50 lo convenció de mudarse a Miami porque el clima le pareció ideal. Cuenta la leyenda que primero abrió un restaurante en el downtown, cerca del puente de Brickell, y que al ver que llegaban muchos clientes, se entusiasmó sólo para enterarse después que Miami era entonces una ciudad de temporada y, durante el verano, se despoblaba.

Pero aquel hombre tenía visión y, después de visitar el primer McDonald en California, se inspiró para crear una línea de ensamblaje que producía hamburguesas cocinadas en parrilla.

Nancy sobrevivió a su esposo. El otro día ví su fotografía cuando festejaban creo que el 45 aniversario del clásico Whopper, la obra maestra de su marido. También por casi 50 años los McLamore vivieron juntos en Coral Gables, hasta que la muerte los separó en 1996.

Las plantas y la jardinería fueron dos de las pasiones de James McLamore. Su entrevista para el diario me dejó un recuerdo especial. Nos citamos en el Fairchild como a las 10 de la mañana. El tema era que la finca había sido devastada por el Huracán Andrew y, como casi todo al sur de Kendall Drive, había que reconstruir.

Fue un compromiso de prensa agradable en un día de primavera en el que recorrimos en un carrito de golf aquel santuario del suroeste de Miami donde se conservan varias especies botánicas en extinción.

La mayor parte de la entrevista tuvo lugar bajo una pérgola de unos 50 metros de largo que mister McLamore había mandado a construir como parte de sus múltiples donaciones al Fairchild.

Cuando él y su compañero en Cornell University, David Edgerton, fundaron Burger King en Miami, en 1954, ya McDonalds estaba cerca de vender su primer millón de hamburguesas, pero la industria de los restaurantes de Estados Unidos reconoce a McLamore como uno de los mercadotécnicos que contribuyó a extener el fast food por el mundo. Yo supongo que para no pocas personas, partidarias de la alimentación sana, mi entrevistado lo que hizo fue extender una verdadera plaga.

Pero, según pude enterarme aquel día, era una persona profundamente comprometida con la naturaleza.

Durante la entrevista permaneció con nosotros un fotógrafo joven del periódico, con fuerte espíritu emprendedor, Mike Garth. Lo que ese día me extrañó de él es que, contrario a su costumbre, después de haber tomado las fotos, no se fue. Se quedó todo el tiempo conmigo.

Al cabo de un buen rato y tras hablar de su vida y la importancia del Fairchild para nuestra comunidad, el empresario inició una despedida amable, diciendo:

–      Bueno, y como después de hablar tanto me imagino que tienen hambre, permítanme invitarles a…

El hombre hizo una pausa para alcanzar su billetera. Mike y yo cruzamos miradas. ¿Sería posible que ese señor rico estuviese a punto de alcanzarnos un par de dólares para mandarnos a comer a alguna parte?

Caímos en un estado de pre indignación que, como McLamore demoraba en concretar su gesto, se nos hizo largo. Recuerdo que hicimios un amago de salida rápida para evitar cualquier humillación. Pero se nos adelantó.

–      Aquí tienen. Nada mejor que esto para saciar un buen apetito, sonrió McLamore, presentándonos dos tarjetas numeradas que decían “Válido por un Whopper gratis” y en letras más pequeñas, “en cualquiera de los 11.220 restaurantes de la cadena Burger King”.

–      Wow, exclamó Mike, que era hijo de un cubano con una estadounidense.

Yo dije lo mismo solo que en español y salimos caminando contentos del Fairchild Tropical Garden, acompañados por su generoso Mecenas. De pronto Mike paró y quedó viendo con cierta duda al padre del Whopper.

– Podría usted ser tan amable de poner su firma en las tarjetas, le pidió.

McLamore reaccionó divertido y sin ninguna prisa caligrafió dos bonitas firmas en nuestros cupones. En aquel momento, lo que me impresionó fue la audacia y la velocidad de Mike. Genial. En lugar de irnos a comer el sandwich ahora guardaríamos aquel cupón como un un trofeo. Qué buena cabeza la del muchacho y qué bueno que se quedó para toda la entrevista.

Con el correr del tiempo, un día tuve la idea de buscar en eBay si existía a la venta o en subasta un objeto como ese.  Encontré uno parecido. Una botella de ocho onzas de perfume, autografiado por un diseñador famoso que se remató en el 2006 por $1.750 dólares.

Claro que aquel perfume y mi hamburguesa son dos olores diferentes, pero estoy convencido que mi cupón llegará a valer más que eso. Medio en broma, medio en serio, se lo tengo prometido a mi hijo como parte de su herencia, junto a un autógrafo de Muhammad Alí.

A veces me imagino que en un arrebato de locura y de hambre entro a redimir mi cupón en cualquier Burger King. Sería como comerme un poco de la historia de Miami y, mejor, prefiero tratar de conservarlo para siempre. HORACIO RUIZ

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