Mi niño en el otro lado

Un día mientras hojeaba el periódico de la competencia, me tropecé con una foto de mi hijo de dos años y medio, arrodillado y bien concentrado frente a una máquina de escribir. El título sobre la leyenda era: “Futuros Periodistas”. No decía mucho. Tan solo hablaba de la nuevas generaciones que desde corta edad se preparaban para el relevo, etc.

Era “una foto de relleno”, de esas que los editores sacan de cualquier parte para cubrir determinado espacio en una página. Yo no detecté ofensa en la foto aunque sí un atrevimiento.

Fuera como fuese, me propuese determinar cómo aquella imagen de mi ser más preciado había ido a parar en la sala de Redacción del diario enemigo.

Y digo enemigo sin exagerar. En aquel entonces se moría a diario en mi país a causa de la confrontación política que lo abarcaba todo; el diario donde yo trabajaba era opositor y, el otro, en donde había aparecido retratado misteriosamente mi bebé, era oficialista. De este lado estábamos los “vende patria” y, en el otro, los “hijos de la revolución”.

El conflicto de ideas en el periodismo puede ser más ideológico que personal, pero en países subdesarrollados eso basta para desatar campañas de acoso, provocar el encarcelamiento, las golpizas y hasta la muerte.

Aquella foto de mi hijo manipulada por desconocidos la sentí como un desajuste de la realidad, a tono con la situación irreal que vivía el país. El descalabro de la sociedad en que vivíamos nos estaba trepando como una hiedra venenosa.

La estrategia que seguí en busca de la verdad fue sencilla. Por varios días, al final de cada jornada, fuí a tomar cerveza con cada uno de los fotógrafos del diario. Quería sondearlos para ver si transparentaban algo sobre la foto de mi primogénito traspasada al adversario. Pronto la lista de sospechosos se redujo a dos personas.

Mientras tanto, mi esposa, quizás más intrigada que yo, optó por una indagación más directa. Llamó al diario de la competencia, y fue puesta al habla con el supuesto autor de la fotografía que le dijo lo siguiente.

Aquel niño mecanógrafo no era su Horacito sino que el hijo de uno de su colegas que en ese momento no estaba allí. La criatura tenía el gracioso y combativo nombre de “Tupac Amaru”.

Pero era Horacito, sin duda. Su ropa y las botas que yo mismo le acababa de comprar lo comprobaban. Por lo visto lo habían retratado un día que lo llevé al periódico para mostrarlo y lo dejé con unas compañeras por un rato. Todo eso estaba claro, pero ¿quién había tomado aquella foto y cómo la habían hecho llegar al otro diario?

En eso estaba cuando se vino encima una conmoción más grande.

Mi amigo y compañero de andanzas por varios años, un joven apreciado y querido por todos en el periódico, fue despedido en el acto al quedar comprobado que también trabajaba para la seguridad del estado, espiándonos.

El propio director, conociendo lo cercano que éramos, me llamó para darme algunos detalles del caso.

Armando no dió la cara. Ni lo volví a ver en persona, solo por televisión porque todavía ahora, más de 25 años después, sigue siendo un adalid de la revolución.

No dejé de estimarlo, porque más que en las traiciones creo en la amistad. Los motivos ulteriores de una persona no tienen nada que ver con su capacidad afectiva. La ambiguedad no está en mi lista de pecados, es un defecto de fábrica de los seres humanos. Hasta los dioses de la antiguedad eran ambiguos; nobles y mezquinos, según la circunstancia.

Pero a partir de entonces, la vida se nos hizo más frágil y los hechos se sucedieron con rapidez. El gobierno clausuró el periódico y los empleados salimos en desbandada.

Nunca terminé de dilucidar el misterio de la foto de mi hijo, pero finalmente el muchacho, aunque estuvo a punto de serlo, al final no fue periodista como su abuelo y su padre.

El relevo generacional del periodismo no ocurrió en este caso y los diarios rivales de entonces hace tiempo que pusieron a un lado sus diferencias. HORACIO RUIZ

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