A merced de la naturaleza

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Una mañana de julio en 1992 tres ex combatientes de la “contra” fueron a buscarme al periódico porque querían trabajar y, no se por qué motivo, pensaron que yo podía ayudarles.

Uno de ellos había perdido una mano en la guerra contra el ejército sandinista. A otro le quedó la boca torcida por un charnel de granada y, el tercero, aunque era el que mejor se veía y parecía bien alimentado, sufría de desórdenes emocionales.

No me resultó difícil vertir sobre aquel trío de figuras descosidas mis mejores sentimientos.

Un poco como que nos necesitábamos. Ellos requerían con urgencia un poco de estabilidad y solidaridad y este servidor los veía como una oportunidad para ser generoso con algo que le tocaba bien adentro: el sufrimiento de su pueblo.

– “De lo que sea”, me dijo al que apodaban Risita, el de la cavidad bucal desfigurada, cuando le pregunté qué tipo de trabajos podían realizar.

– “Usted sabe cómo somos los nicas, fajones. A todo le hacemos”, agregó Medardo, el mutilado al que apodaban “Clin Ishuo”, por el personaje de “El Manco” que encarnó Clint Eastwood en Por unos Dólares Más.

El líder de la tripleta, Mercedes Norori, era el que menos hablaba. Se veía pasado de peso y transpiraba mucho. También, como me enteré poco después, era el que más bebía.

Como tengo la mala costumbre de mostrar afecto con rapidez, el día de nuestro encuentro los invité a cenar en una fonda nicaragüense de Sweetwater.

No hablamos ni de la guerra, ni de política. Posiblemente no queríamos. Ya habíamos tenido bastante de eso en nuestras vidas y, más bien, charlamos sobre licores, viajes, novias, la vieja Managua, fiestas patronales, la Caimana, los toros Braman, las sopas, el béisbol y el boxeo, en fin, ideas fijas en las mentes de nosotros, los nicas.
Terminé por contratarlos. Me aseguraron que, entre otras cosas, eran carpinteros bien probados y como necesitaba reemplazar una pérgola de madera a la entrada de mi townhouse, pues me pareció un asunto de sentido común que se ganaran esa plata.

Lo que siguió fue terrible, no tanto para mi como para mi familia. Más de un mes después de iniciar labores, los tres contras no conseguían terminar el trabajo.

Algunas noches esperaban que regresara a casa, sentados en la acera, hasta que los hacía pasar para bebernos un par de cervezas y, a veces, también para cenar.

Mi esposa estaba al borde del colapso nervioso y me dijo que había sido “la peor decisión del mundo” el haber hecho trato con mis amigos de la contrarrevolución en desbandada.

– What’s wrong with you, dad? – me reprochó una noche mi hijo de 12 años.

Algunos sábados hacíamos tertulias o, mejor dicho, terapia. En la última de esas sesiones, abrí una botella de dos litros de escocés y fue lo peor. Los tres se emborracharon. Mercedes alucinó con la guerra en las Montañas de Nueva Segovia y se dio de golpes con Risita.

Medardo lloró como un niño y, al final, tuve que irlos a dejar a cada uno a su casa, en el más absoluto silencio. Esa noche decidí despedirlos y no volver a recomendarlos con nadie.

Pasaron varios días sin venir y, al cabo de un par de semanas, dieron por terminado el trabajo. “Si querés, no nos pagués. Sabemos que quedó mal”, me dijo Mercedes.

La pérgola se veía horrible, un gasto en balde de madera, pintura y fierros. Como tomaron malas medidas, al final unieron las reglas con goma y clavos cruzados. Tendría que darla a hacer de nuevo. Pero les pagué y se fueron.

No había acabado de lamentar mi mal juicio cuando, el 24 de agosto de 1992, el Huracán Andrew azotó con fuerza devastadora el sur de la Florida, matando a unas 30 personas en nuestra zona y destruyendo y dañando decenas de miles de residencias.

Cuando el adjustador de la aseguradora  se presentó en mi casa para inspeccionar los daños, lo primero que hizo fue fijarse en la pequeña estructura levantada por los contras.

–      Heavy damage here, I can see – me dijo.

Creí que se burlaba, pero no, en seguida tomó medidas y anotó números en su block. Aquel trabajo había quedado tan chueco que el ajustador pensó que era el daño retorcido de un huracán de categoría cinco.

Yo no lo saqué de su error, sobre todo porque no estaba bien seguro de lo que estaba sucediendo.  Hasta que al cabo de varias semanas recibí un cheque generoso para reparar la pérgola entendí  a cabalidad.

Quiero creer que la Divina Providencia me devolvió con creces lo que perdí a causa de mi embelezo con los contras. Me hubiera gustado celebrar con ellos, pero nunca supe dónde se metieron. HORACIO RUIZ