La oficina picante

Nuestra sexualidad, aparte de procrear, nos reprime o libera, nos puede curar u obsesionar, dar seguridad o provocar neurosis y, también, nos ayuda a comprendernos mejor y a calibrar nuestros sentimientos. Quizás a menudo no reconocemos estas sutilezas de nuestra carnalidad.

Sí, el sexo es placer, pero también es comportamiento. Pleasure and personal behavior go together. Desde la más profunda mojigatería hasta la perversion más abyecta, todo depende de la forma en que nos relacionemos con nuestro líbido.

Pero, ¿qué pasa cuando tenés que trabajar con el erotismo de la gente?, ganarte la vida inmiscuyéndote en el placer de los demás.

Y no me refiero a la prostitución o al juramento hipocrático del ginecólogo o la ética del terapista sexual, sino que al trabajo intelectual con el sexo.

Ahora hay mucho de eso, los hotlines, el porno cibernético, etc., pero en una época no muy lejana era algo más reservado. Muchas inocencias no se habían roto todavía. Subsistía el pudor.

Cuando llegué a Miami, en 1987, me propuse buscar un trabajo. Quería, de ser posible, desempeñarme como escritor, redactor, editor, periodista, o lo que fuera que tuviera que ver con la lengua de Castilla.

En respuesta a un aviso clasificado, me dirigí a una oficina a orillas del Río Miami, entre la 17 y la 12 Avenida. El empleador pedía un traductor de inglés a español que además fuese “creativo y de libre pensamiento” para una “revista de circulación internacional”.

“Yo”, me dije desde el primer momento y, muy seguro de que obtendría aquel puesto, asistí a mi primera entrevista de trabajo en los Estados Unidos. Hasta llevé un saco.

La oficina en seguida me dio mala espina. Era un poco sucia, desordenada, casi como una bodega, aunque sí, habían señales de una empresa editorial, como máquinas de escribir, mesas de montaje, cuartillas en blanco en cada escritorio y un señor ocupado, como en plena faena de editar un manucristo con su bolígrafo.

Mi entrevistador reafirmó mi incomodidad. Me miraba fijamente, calándome de una forma más personal de lo necesario. Era como si algo le intrigaba por encima de las formalidades. Finalmente soltó la pregunta:

–     ¿Usted sabe lo que hacemos aquí?

–     Sí, una revista que circula en varios países – le respondí.

–     Así es, vea usted – me replicó extendiéndome un ejemplar del producto.

Y resulta que estaba solicitando trabajo a la redacción central de la revista Pimienta, un panfleto de literatura pornográfica en español en donde escribían lo que sin duda considero como las mentes más morbosas del Siglo XX.

Claro que conocía a Pimienta. Creo que en un momento de mi pubertad compré uno o dos ejemplares, en medio de las sonrisas de un librero libertino de Managua.

La verdad es que, al cabo de tanto tiempo, el volver a tener otro ejemplar de esa revista en mis manos, ofrecida por el propio Editor Jefe, me provocó nostalgia, risa y, en seguida, vergüenza.

Pero me propuse no emitir juicio delante de aquel Hugh Hefner en pequeño. Me mantuve callado, hojeando el ejemplar con la mayor naturalidad posible… Leí una línea que nunca se me olvida…”mi miembro se hizo la mar de grande”.

– “Un escritor español, sin duda”, pensé.

Entonces mi entrevistador con mucha elegancia salió a mi rescate:

–     Mire, si quiere tome su tiempo para pensarlo y luego me avisa…

–     Muy bien, muy bien, no hay problema, le dije en el acto, antes de desaparecer.

Ya había pasado el mediodía, tenía hambre y 28 años de edad. Hacía calor en Miami y entré en un Burger King a calmar mis dos necesidades primarias. Comí, bebí y discerní sobre mi sexualidad en silencio, pero sin llegar a ninguna conclusión seria.

Seguiría sin trabajo por un tiempo. HORACIO RUIZ