Ven, espíritu, ven

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En la imagen flamante del nuevo Papa Francis hay dos rendijas por las que se cuelan las críticas de los escépticos, por un lado se le echa en cara que, siendo el superior de los jesuitas en Argentina, no confrontó a la nefasta dictadura militar durante la Guerra Sucia y, por el otro, se le reprocha su postura conservadora en cuanto al aborto, el matrimonio gay o el uso de contraceptivos.

En la mente de millones de personas, incluso muchos cristianos, estas dudas en torno a la figura del Santo Padre, sobresalen aún por encima de su reputación como hombre entregado a la causa de los pobres, a la lucha contra la desigualdad creciente en las sociedades modernas y a su abierto reclamo dentro de la jerarquía de la Iglesia Católica por su alejamiento, en no pocas instancias, de las enseñanzas de Jesucristo.

El Papa Francis, como lo dice una fiel en un blog publicado en The Washington Post, es una mezcla de la intelectualidad jesuita con la humildad franciscana y – yo le agregaría – también con la prudencia mariana que es el mejor sello del catolicismo.

Francis sin duda quiere acercar al Vaticano con las personas ordinarias, quiere que el milagro de la fé alcance sobre todo a aquellos que la han perdido ante los avances del materialismo, el hedonismo, la radicalización de las ideas y, en fin, la búsqueda estéril de una felicidad que ha dejado a Europa y al resto del mundo industrializado en una total desesperanza existencial.

Es en ese sentido que los católicos, practicantes o no practicantes, debemos fijar nuestras expectativas ante el ascenso del primer líder latinoamericano de una iglesia que, esperemos, ya ha tocado fondo y probablemente se encuentra dispuesta a encabezar un resurgimiento de la espiritualidad en el mundo.

Pero debemos ser bien humildes, reconociendo las flaquezas de nuestra humanidad. Hay muchas personas que llevan sus vidas con un alto sentido ético, pero no son religiosas. Hay muchos individuos maravillosos que por diversos motivos, personales o ulteriores, han sido desplazados a la orilla de la fe. En lo personal, deseo creer que Francis dirigirá gran parte de los esfuerzos de su reinado a presentar un mensaje incluyente y no exclusivo.

Para acompañar esa labor misionera de Francis, los católicos del mundo a la par de sencillos también tenemos que mostrar confianza en nuestra fe, no esconderla, ni traslaparla por temor a no ser modernos, por el contrario, pienso que debemos exhibirla con frecuencia y, para ello, tenemos que prepararnos mejor, afinando nuestra agudeza dentro de la perspectiva de las enseñanzas cristianas.

Confiemos en que ha llegado la hora de un retorno de la fe a sus orígenes, a los fundamentos de una iglesia que, no olvidemos, no es el Vaticano, ni su colegio cardenalicio, ni una congregación religiosa, sino que el propio cuerpo de Cristo, santo e incorruptible, por encima de todas las pasiones y las debilidades humanas. Así no los han enseñado y así tenemos que repetirlo.

La iglesia que ahora preside el Papa Francis es el centro irreductible de las enseñanzas del Maestro, el fruto visible y palpable del Espíritu Santo contra el cual no prevalecerán las puertas del infierno, según la promesa del propio Jesús.

En el complejo panorama de nuestro tiempo, este Santo Padre de verdad que tiene prestigio en todas partes, en la izquierda como en la derecha, entre moros y cristianos, por encima del cinismo y la trampa,  jamás ha condenado a nadie, a ningún grupo político o de orientación sexual, sino que tan solo ha dejado ver en claro cuáles son los límites de su iglesia.

El derecho a la vida es fundamental, así como lo es el derecho al amor pleno, sin conflictos. Aunque nos cueste mucho entenderlo, ante la vida mundana, la oferta de la fe es una vida plena. Y, como buenos pecadores, todos los días rechazamos esa oferta, solo para terminar entendiendo, tarde o temprano, que aún tenemos tiempo de aceptarla.

Así, mientras podamos, regocijémonos en la gracia de Dios ante este nuevo Vicario de Cristo que viaja en colectivo y rechaza manifiestamente el lujo, retando así, ante nosotros, a los aguijones de la carne que nublan nuestro entendimiento.

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