Tropezar con la misma piedra

Estirado sobre una tumbona en mi terraza de aquel hotel en Cancún, de cara al cielo estrellado sobre el Golfo de México, esa noche sentí con claridad que allí la vida casi se acabó una vez, hace 65 millones de años, y que el fin del mundo señalado para este diciembre, según interpretaciones del calendario maya, podría ser un reprise de aquel juicio final de los dinosaurios.

El meteorito que cayó a mediados de la era Mesozoica frente a la península de Yucatán fue un cataclismo cósmico que acabó con una buena parte de las formas de vida del planeta. Ese episodio de la vida geológica de la tierra, confirmado científicamente en 1970, siempre me ha fascinado.

De hecho, la tierra en sus 7.500 millones años de vida ha sufrido varias extinciones masivas de vida a causa de impactos de objetos celestes.

Quizás por eso no sea tan ridículo que aquella noche, en el escenario de la última hecatombe, yo tuviese una revelación o Epifanía, como un “flashback” de aquel bólido exterminador, a vuelo razante sobre el mar. A veces uno alucina lo que quiere, lo que llevamos en el inconsciente, y aquella noche insomne, en mi terraza del hotel Gran Meliá Cancún, seguramente se me antojó esa visión. Cerré lo ojos y ¡flash! miré el gran chispazo rasgando el firmamento de la noche.

Seguro que la pedrada cósmica que aniquiló a los saurios gigantes, rayó incandescente el firmamento antes de su detonación, tal como yo lo aluciné en panorámica y vívidos colores.

Pero todo fue de pronto, rápido y muy real. Enseguida entendí lo que aquello significaba y su relación con el lugar donde me encontraba.

Según los geólogos, la roca de 10 kilómetros de largo impactó a unos 320 kilómetros al oeste de Cancún y dejó un crater de 180 kilómetros de diámetro. El golpazo levantó olas de miles de metros de altura, provocó una lluvia ácida infernal, desató fuegos forestales pavorosos y reacciones volcánicas en cadena, pero sobre todo, marcó el fin del reino de los dinosaurios en el tope de la cadena alimenticia y dio paso al surgimiento de los mamíferos.

Aquella terraza en el quinto piso del hotel me llamó la atención desde un primer momento. La sensación que da elmar visto desde allí es de una belleza amenazante. Esa proximidad masiva y casi invasiva del océano en mi cuarto me provocaba todo el tiempo un sentimiento de resignada invalidez.

Pero mi mente andaba ocupada en otras cosas. Había llegado a Cancún por motivo de trabajo y más bien estuve ocupado con mis rutinas. Lo que menos podía pensar era que estaba muy cerca del Cráter de Chicxulub, la huella del gran impacto descubierta hace 42 años por buscadores de petróleo frente a Yucatán.

Ya había estado en Cancún antes pero jamás había relacionado ese balneario mexicano con la colisión extraplanetaria de hace 65 millones de años.

En fin, la verdad sea dicha, el calendario maya no se acaba en diciembre del 2012, va más allá según las nuevas averiguaciones arqueológicas y hasta parece ser infinito.

El misterio verdadero es cuándo nuestra planteta volverá a ser golpeado salvajemente por un asteroide, meteorito o cometa.

Pero lo que a mi más me interesa de estas conjeturas, no es otra cosa que poner de manifiesto el pequeño conocimiento que como sociedad tenemos del planeta en que vivimos. Y aún de nosotros mismos.

El otro día en el quehacer diario de la política en Estados Unidos miré que hicieron burla de un senador republicano de Miami que dijo que la tierra se había creado en siete días, como dice la Biblia, pero que también, dijo el senador, podían ser “siete períodos”.

Y entonces saltaron a la palestra los científicos de botiquín y empezaron a decir que los conservadores son retrogrados y oscurantistas, que Darwin debe ser enseñado en las escuelas y no lo que llaman “creacionismo” bíblico, etc. Está bien que en el debate de las ideas se mezclen tópicos como la religión y la ciencia, pero en realidad no aprecio para nada que el resultado de esas discusiones sea más confusión.

La verdad es que Darwin ordenó la biología con su teoría de la selección natural, pero jamás tuvo acceso a mucha información antes de publicar su célebre investigación El Origen de las Especies en 1856.

Ni siquiera conocía mucho sobre la pasada existencia de los dinosaurios, ni sobre la historia abierta de las capas geológicas de la tierra, ni sobre el intrincado grupo de genes de diferentes tipos de homínidos y criaturas ancestrales de los que, ahora sabemos, desciende la raza humana. Tampoco tuvo ni idea del genoma de los organismos, ni mucho menos de sus misterios, cada vez más intrincados. Y eso que es considerado como uno de los grandes hombres de ciencia de la historia.

Ateos, agnósticos o creyentes, en realidad vivimos en una época de mucha fragmentación del conocimiento en el que faltan pilares sólidos para sostenerlo en forma coherente y con respuestas concretas a los problemas fundamentales de la vida, de nuestro futuro como seres humanos.

Temo que un día despertaremos con una nueva pedrada celeste hacia nosotros sin ni siquiera saber con certeza de qué nos ha servido esto que llamamos civilización.

La prueba electoral

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El otro día en un restaurante salvadoreño cerca del centro de Miami nos encontrábamos almorzando tres colegas, todos demócratas y partidarios del presidente Barack Obama, excepto yo que aún en los ambientes más hostiles insisto en proclamarme como independiente, cuando la mesera, doña Carmen, una señora dulce a la que conozco y veo con cierta familiaridad desde hace varios años, se coló en nuestra conversación.

–     Hombre – comenté yo en medio de la charla -, en el 2008 voté por McCain, pero no puedo negar que  en estos últimos cuatro años me empezó a caer bien Obama.

–     Pues que le termine de caer bien porque es el que más vale. El otro (el gobernador Mitt Romney) es un empresario que mira de arriba para abajo, expresó Carmen con palabras bien marcadas.

–     ¡Qué bueno!, exclamó iluminada una de mis colegas, militante del partido del burro. Usted entonces votará por el presidente.

–     No, yo no puedo votar. Pero me cae bien, replicó la camarera con una triunfante humildad.

Se hizo un silencio en la mesa donde estábamos tres personas, los mismos de siempre, y doña Carmen fue por nuestras órdenes. Nadie comentó más y, apenas pudimos, comenzamos a comer en un silencio que yo rompí filosoficamente:

–     Déjenme decirles algo bien claro: el partidismo es la antesala de la intolerancia y el despotismo. Hay que tener cuidado.

Con esa frasesita improvisada le bajé el ánimo a mis compañeros, Jerry y Elaine, que entonces comenzaron otra charla, sobre lo mismo de siempre, el trabajo, el jefe, la prisa por regresar a la oficina, el ridículo de nuestras existencias, etc.

Unos días después viajamos a un país sudamericano para la reunión anual de nuestra organización y, ante la insistencia de mis amigos, los invité a mi habitación del hotel par ver por televisión el debate de los candidatos a vicepresidentes, el titular Joe Biden y el republicano, Paul Ryan.

Ambos llegaron con un ánimo incendiario, abucheando a Ryan a cada instante, amenazando con romper la televisión mientras hablaba, pero cuando le llegaba el turno a Biden, parecían sosegarse y si bien no asentían con lo que decía, al menos se les quitaba la alteración del ánimo que, apenas resurgía el joven candidato del partido del elefante, se apoderaba nuevamente de ellos en una forma que me molestaba, pero que supe mantener oculta, mostrando siempre cordialidad.

Al cabo de una media hora del debate, ya comidos y con un par de cervezas adentro, los tres nos aburrimos del debate y decidimos apagar la televisión e ir a dar una caminada.

La política de verdad que es como el deporte. Como que estimula el instituto de preponderancia de la gente. Yo nunca he sido así. La revelación a mi me tiene que llegar no por instinto sino que por convencimiento.

Al regresar a casa, mi hijo que es maestro y vive en New York, me llamó para pedirme que votará por Obama.

–     Hazlo por mi, papá. Él nos puede ayudar.

Pero la mamá del muchacho, que fue a votar temprano, me tiene montada una campaña para que vote por Romney.

–     Mi voto no es por mi hijo, es por el presidente que mejor puede servir a este país, alega la progenitora con un alto sentido del deber.

Entonces mi hija, Aylincita, la persona que más se parece a mi en su carácter, también me cuestiona.

–     ¿A quién vas a engañar, papá? Vos vas a votar por Romney, yo lo se.

Pero, claro, ella que es como yo, asegura que la independiente es ella, cuando yo se a la perfección que votará por Romney, como su mamá.

Y luego fui a una oficina de seguros a arreglar un asunto y una señora bien gorda, de la que he sido cliente por más de 20 años, me comenzó a hablar de lo peligroso que le parece un segundo período presidencial de Obama.

“Va a sacar todo lo que tiene de socialista, lo sé, eso viene y hay que evitarlo”, me dijo con una preocupación que era casi como un miedo auto provocado.

Creo que hasta he vuelto a fumar a causa de estas elecciones y del efecto que está causando en las personas.

En serio, me siento vulnerado en la intimidad por la elección de este martes 6 de noviembre, el día posterior a mi cumpleaños.

Siento que se ha metido en mi intimidad. Es motivo de discusión, a veces muy fuertes, con mi hermana, con mis cuñados, con mis hijos, con los compañeros del trabajo, con las personas de la familiaridad cotidiana, como Carmen, hasta con los insoportables activistas telefónicos que igual me interrumpen en el baño que en medio de la parte más placentera de mis cenas.

La verdad es que ninguno de estos candidatos me inspira, pero no dejaré de votar por eso. Mi corazón es republicano, conservador de centro, católico liberal, socialdemócrata, pero sobre todo independiente y, sí, me cae bien Obama. Si no voto por él me dará pesar, pero si voto por Romney me sentiré satisfecho, aunque sea mormón, aunque nada me una a su persona, a diferencia de Obama, con quien me identificó por su etnicidad, por el color de su piel, más oscura que la mía, pero por allí.

Esta elección para mi ha sido la más difícil, ¿seré capaz de votar por alguien con quien no tengo ningún punto de contacto?, ¿seré tan independiente como digo o más bien un poco parecido a los demás?

Ya lo contaré en una semana.