Mi vida olímpica

Tenía nueve años cuando por primera vez me cautivó una Olimpiada. Fueron los XIX juegos en Ciudad de México, en 1968, la única oportunidad en que un país latinoamericano ha servido de anfitrión, en un año aciago para Estados Unidos por los asesinatos de Martin Luther King, Robert Kennedy y la salvaje matanza de My Lay en Vietnam.

Aquellos fueron los primeros juegos que se transmitieron por televisión a escala global y, entre las imágenes perdurables, recuerdo la de los sprinters afroamericanos, Tommie Smith y John Carlos, medallistas de oro y bronce en 200 metros planos, erguidos en el podio olímpico, pero alzando los puños con guantes negros y, cabizbajos, mientras tocaban The Star Spangled Banner.

Fue una inolvidable protesta del Black Power por la violencia racial que sacudía a varias ciudades estadounidenses.  Aquel fue también el año de la Primavera de Praga y de las protestas en París que tenían un slogan fascinador en todos los idiomas y dialectos: “La Imaginación al Poder”.

Entonces, para un niño nicaragüense como yo, enterarse de aquellos conflictos, a través de la TV y la revista Time que llevaba mi padre a casa, suponía una nueva visión del mundo que comenzaba a mostrárseme con toda su crudeza. Smith y Carlos, me revelaron un contraste poderoso; victoria sin gloria; un nacionalismo que por razones profundas y ulteriores al deporte, puede desvanecerse.

Me enteré que el mundo era una mezcla de matices mucho más complicada de la que suponía y que, fuera de mi entorno en Managua, existía un mundo que reta al entendimiento.

Pero mi momento favorito de aquella Olimpiada mexicana, como lo fue también para millones de personas, fue la captura de la medalla de plata realizada por el sargento del ejército mexicano, José Pedraza, en la caminata de 20 kilómetros.

Creo que ese puede ser uno de los momentos más emotivos en la historia del deporte. Pedraza ingresó al Estadio Azteca en tercer puesto, persiguiendo febrilmente a dos rubios y espigados caminadores de la Unión Soviética. Más de 100.000 espectadores se pusieron de pie en asombro.

Faltaban solo 300 metros para la meta, cuando Pedraza, alentado por los gritos desde las tribunas, pasó al primero de los soviéticos y, al final, llegó de segundo,  solo por dos segundos de diferencia. Como se dice, el hombre la echó toda, pero no pudo.

Aquel drama en la pista me hizo admirar el valor recóndito del tiempo, del instante, de nuestra lucha constante, como seres humanos sin distinción de raza, contra el reloj. Dos segundos son una eternidad en términos de marcas olímpicas. Y todavía mucho más que eso.

Pedraza nunca se recuperó de aquel segundo puesto. Se convirtió en una celebridad mundial y su acto de heroísmo ha servido de ejemplo a varias generaciones de atletas mexicanos, pero no fue campeón y eso le pesó horriblemente por el resto de su vida. Dicen que un día un coronel déspota lo echó preso por haber perdido el oro.

En 1972, en los XX Juegos Olimpicos de Munich, Alemania, mi asombro llegó a lo espeluznante. El grupo terrorista palestino Septiembre Negro secuestró a atletas israelíes en la Villa Olímpica, matando a 11 personas ante las propias narices del planeta.

A mi, en plena pubertad, aquello me marcó porque nunca logré llegar a simpatizar con la causa palestina. Quizás aquel acto brutal me bloqueó y llevó a mi alma a un estado de imposibilidad.

También, después de Munich, los Juegos Olimpicos se convirtieron a mi entender en los signos cardinales que marcan el rumbo y el estado del planeta.

Las Olimpiada de Montreal, Canadá, en 1976, transcurrió en el apogeo de la Unión Soviética como imperio. Estados Unidos quedó en tercer lugar en el medallero, detrás de la URSS y Alemania Oriental. De los 10 primeros puestos, solo EE.UU., Alemania Occidental y Japón no fueron países de la órbita soviética. Cuba quedó en un asombroso octavo puesto con medallas a granel en pista y campo y boxeo.

Me parecía que Occidente y que sus sociedades estaban en decadencia. Durante los próximos cuatro años esa impresión se acentuó, hasta los XXII Juegos Olimpicos en Moscú. El presidente Jimmy Carter ordenó un boicot y aquella no me pareció una gran decisión, porque escondía cierta inseguridad ante el avance de las ideas socialistas en el mundo.

Cuatro años después, la URRS devolvió el favor y boicoteó las Olimpíadas en Los Angeles. Irán y Libia también lo hicieron. El espíritu olímpico, como el mundo en general, estaba en ascuas a causa de la polarización ideológica. El islamismo radical era un nuevo centro de tensiones y solo iba a empeorar.

En lo personal, me había casado y tenía un bebé maravilloso a mi lado. Trabajaba como periodista en el diario La Prensa de Managua y el mundo había entrado en el umbral de la globalización.

En 1988, las Olimpiadas de Seúl, Corea del Sur, tuvieron lugar en el otoño. Pero solo un año después de concluidas, los dos grandes poderes de la competencia, la URSS y Alemania Oriental, dejaron de existir como naciones. Mi segundo bebé, una niña muy linda y especial, tenía dos años.

Los XXV Juegos Olímpicos en Barcelona, España, fueron alucinantes. Un Equipo Unificado de ex estados soviéticos obtuvo el primer lugar de medallas, seguido de EE.UU. Por primera vez desde 1966, Alemania compitió unificada y tres ex provincias de Yugoslavia enviaron equipos separados.

Aquel era un mundo nuevo. Los “gringos” comenzaron a recobrar su protagonismo, lo cual quedó confirmado en las Olimpíadas de 1996 en Atlanta, donde fueron punteros y por amplio margen, sobre Rusia.

Y, otra vez, el espectro del terrorismo serpenteó entre los anillos olimpicos. El estallido de una bomba mató a dos personas e hirió a centenares. El autor del crimen fue un ex soldado de la 101 División Aerotransportada del ejército estadounidense, convertido en militante de ideas ultraconservadoras. Un año antes, en abril de 1995, otro complot doméstico había dejando una mortandad horrenda en un edificio federal de Oklahoma City.

En el 2000, en Sydney, Australia, los Estados Unidos repitieron en primer lugar, seguidos por Rusia y China, la superpotencia emergente, en tercer puesto.

En el 2004, en Atenas, Grecia, EE.UU. mantuvo su hegemonía en el medallero. China trepó al segundo puesto y relegó a Rusia al tercero.

Lo más impresionante de estos juegos fue la derrota del Dream Team de baloncesto. Los más poderosos jugadores del mundo fueron re bautizados como The Nightmare Team (El Equipo Pesadilla) porque apenas lograron la medalla de bronce. La globalización, incluso en el deporte, se veía complicada. El mito del Supermán yanki rodaba por el suelo.

Y, en el 2008 en Pekín, el asombroso poder económico de China, la nación que todo lo fabrica, se vio plasmado en una acumulación de medallas sin precedente.

Y es allí donde surge una duda que no he podido aclarar y que ejemplifica el desconcierto de esta época. Hay quienes están bajo la impresión que el primer puesto correspondió a EE.UU., el país con más medallas en total, siendo China la nación que acaparó más oro.

Siempre he creído que la primera posición es para el equipo más dorado, pero en algunos medalleros, depende del sitio que se consulte, se muestra a EE.UU. en primer lugar.

Percibo un ambiente de hegemonía frustrada en los esfuerzos olímpicos de mi país adoptivo, lo cual no deja de inquietarme.

Sin duda que los atletas norteamericanos en Londres constituyen no solo el contingente más apto y diverso para las competencias, sino también el más gracioso, el de mayor auto confianza. Son americanos y están a la altura del momento. Pero en el mundo de hoy, quizás eso no es suficiente.

Hay presiones internas y externas que amenazan al gran imperio yanki y, por mucho que The Star Spangled Banner suene en el podio olímpico, el país vive en un estado de constante desafío.

En fin, tengo 44 años de vida olímpica y cada vez más me fascina como el mundo respira a través de este espectáculo y como, desde la ilusión de la humanidad en competencia, nos permite tocar sus venas y sentir su latido.