El Lebron que llevamos dentro

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No se puede intelectualizar al deporte. Cada vez que tratamos de hacerlo, desvirtuamos su naturaleza; baste con decir que es una vocación íntima del ser humano a la que muchos, en muchas partes, han convertido en un negocio a veces indecente.

Pero, indiscreciones aparte, el lunes desfiló victorioso por el centro de Miami el gran Lebron James, alma del equipo Miami Heat, campeón de la liga de baloncesto profesional de Estados Unidos, la NBA, que es quizás la federación deportiva más poderosa del mundo.

Solo para ponerlo en perspectiva, en julio próximo, 204 países o territorios enviarán atletas a los Juegos Olímpicos de Londres, pero la final de la NBA, en la que Miami derrotó a los Thunders de Oklahoma City, la vieron por televisión en 215 países o territorios. El comisionado de la liga, David Stern, cree probable que en los próximos 10 años se pueda contar con una división de cinco equipos en Europa.

Hace cuatro años, de visita en Pekín, ví con asombro como un poster gigante de Dwayne Wade y Shaquille O’Neal, campeones con el Heat en el 2006, cubría una de las fachadas de la arena de la ciudad.

Pero sobre lo que quiero dejar constancia en este blog, es lo curioso que resulta cómo uno viene a dar en la vida con algo como Lebron James.

Mi familia se estableció en Miami en 1988, el año que comenzó el calor del Miami Heat. La primera temporada fue deprimente, el peor récord en la historia de la NBA. Paliza tras paliza, descepción tran descepción.

Pero, pese a todo, el Heat me hacía muy feliz. Era como un bebé que tenía que empezar a andar y al que me ilusionaba ver progresar, paso a paso.

Como muchos inmigrantes, trabajaba muy duro para sostener a mi familia y frente al televisor aquel equipo bisoño era una franca diversión al final de mis largas jornadas laborales.

Digamos que me ganaba duramente el pan pero tenía un buen circo en casa, con un equipo local perdedor que, sin embargo, podía sentir mío y con el cual podíamos lamernos las heridas en confianza.

Vino el primer viaje a los playoff en 1991 y, dos años después, el primer récord ganador en una temporada 42-40. En 1995, contrataron al legendario coach Pat Riley, quien armó un nuevo conjunto en torno a Alonzo Morning. En 1996, ganamos por primera vez el título de la Conferencia Este y alcanzamos la segunda ronda del playoff. En 1999 obtuvimos el mejor récord del Atlántico.

Y así evolucionó el equipo, hasta que llegó Dwayne Wade en el 2003 y, al año siguiente, Shaquille, quien apenas desembarcó en Miami nos prometió un campeonato para esa misma temporada. No pudo cumplir su promesa hasta un año después, en el 2006.

El resto ya se sabe. Para el 2011 aparecieron los Tres Kings (James, Wade y Bosch) que, en una inaudita sesión de rap deportivo, pregonaron al mundo que silenciarían a todos sus rivales y que conquistarían cinco, seis, siete… no se cuántos campeonatos.

Por primera vez desconocí a mi equipo. Sentí como si después de estar casado por años con una humilde y virtuosa muchacha, me hubiese despertado al lado de una vieja repellada y prepotente.

El resto de Estados Unidos nos odiaba y con razón. Al final, los Mavericks de Dallas, con la eficiencia y humildad del alemán Dirk Nowitzki, hizo colapsar al equipo de Miami enredado en su grandeza.  Y justo allí es donde comenzó la historia de la coronación en el 2012.

La temporada de la NBA este año nos hizo vivir algo más allá del deporte. Nunca antes yo había visto a alguien querer algo tanto y esforzarse por ello hasta lo sobrehumano como Lebron James.

¿Mitológico?, muy probablemente.

¿Conmovedor?, sin duda.

James se entregó a la búsqueda del Trofeo Walter A. Brown de la NBA con una determinación épica igual a la de Frodo en Lord of the Rings. Fue épico y lírico.

Llegó a un punto en el que su voluntad y espíritu tuvieron que unirse para resolver su dilema. Recordemos que este es un atleta que, a los 16 años, siendo un prodigio del baloncesto colegial en Akron, Ohio, la revista Sports Illustrated‘ le dedicó una portada con el título: “The Chosen One” (El Escogido).

¿Lograría entonces esa fuerza de la naturaleza tomar el lugar que le estaba pre destinado, o sería para siempre otro rey sin corona más?

Lebron James logró la meta superior de su vida, no derrotando a sus rivales o a una opinion pública desfavorable sino que, sobre todo, superándose a sí mismo, rebasando las propias cumbres borrascosas de su ego.

Eso me conmueve, me impulsa a intelectualizar actitudes y emociones, pero al final prefiero dejar en paz al deporte, esa actitud íntima de nosotros los seres humanos que, como al sexo, a veces nosotros mismos prostituimos.