La provocación política

Muchos amigos no creen que mi afiliciación política sea independiente. Piensan que tengo posiciones más republicanas que demócratas y mis antecedentes les dan la razón: en 18 años como votante registrado en el condado de Miami-Dade, solo dos veces he optado por candidatos demócratas.

La verdad es que, a la hora de discutir sobre política estadounidense, la posición que más me gusta es la de provocador. Me divierte el debate acalorado y me dan risa las poses serias de mis contrapartes cuando chocamos. Pero sin perder la cordura.

He visto buenas amistades y relaciones familiares irse a la ruina por la política, lo cual es trágico.

En realidad, el juego político transcurre entre la percepción y la realidad.  Por lo tanto, el partidismo no es más que la alienación voluntaria de la percepción con la realidad y, el fanatismo, es la exacerbación de esa alienación.

Yo me resisto a ser contado como el voto seguro de alguien. Tengo alergia a la mentalidad de rebaño y rehuyo de los coros complacientes o las consignas.

Lo que rechazo de las posiciones demócratas es cierta arrogancia intelectual que detecto en los abanderados liberales que, simplemente, me pulsan los botones de la rebeldía. Para esa gente no ser liberal equivale a ser estúpido.

Aún así, en este momento mi voto para presidente de Estados Unidos lo tiene el titular de la Casa Blanca, Barack Obama. No voté por él hace cuatro años y no lo lamento.

Sin embargo, a lo largo de su mandato me he identificado con su compostura, su balance, en medio de los ataques de una derecha que, ya sea desde el Congreso o del Tea Party, solo parece encontrar un poco de coherencia en el antagonismo visceral.

Pero en el escenario electoral es diferente. Los aspirantes elefantinos a la nominación presidencial; Romney, Santorum, Gingrich y Paul, representan un espectro ideológico variado y pintoresco que por primera vez me ha provocado interés por un proceso electoral partidista.

El doctor Paul ha refrescado al republicanismo con sus posiciones libertarias – y lo ha hecho de una forma deliberada, audaz y sin escatimar fortuna – mientras que Santorum, quien tiene mi misma edad pero ya sirvió más de 20 años en el Congreso de Estados Unidos, habla con mucho aplomo y, sobre todo, no tiene miedo de decir lo que piensa. Errado o correcto en sus posturas, Santorum resiste la intimidación de su conciencia por parte de las ideologías.

Por su parte, Gingrich es el viejo zorro, el hijo del pueblo que ha recorrido los rangos del poder con todas las consecuencias que eso trae y, finalmente, Romney es el señorón que no termina de comprender por qué sus correligionarios no terminan de aceptarlo como su candidato.

Lo que no entiendo es por qué los analistas ponderan si el Grand Old Party (GOP) ha perdido su influencia en el centro del electorado por ir detrás de posturas extremas. La verdad es que, aparte de los temas religiosos, los cuatro precandidatos republicanos presentan en sus historiales mucho más centrismo que la plana mayor demócrata: Obama, Hillary Clinton, Nancy Pellosi y Joe Biden.

Romney, no importa que tan conservador pretenda ser en estos momentos, fue el autor de un sistema de salud semi universal en Massachussetts, que abrió una brecha social en Estados Unidos, mientras que Gringich, como se sabe, es más detestado entre los propios republicanos que entre los demócratas liberales.

Paul se opone al embargo a Cuba y es un aislacionista en política exterior, un caso excepcional en esta época de globalización, mientras que Santorum, aunque no prevé ninguna contemplación con los inmigrantes ilegales, por su contribución ya sea a favor de las víctimas del Sida o del genocidio en Sudán, ha sido llamado por Bono, el líder de la banda U2, como “un defensor de los más vulnerables”.

Soy de los que esperan un final de película para este duelo: una convención republicana en agosto, aquí en Florida, sin un candidato definido.

Suceda lo que suceda, dos cosas quiero dejar en claro: Uno, que mi voto en las presidenciales de noviembre el candidato republicano tendría que ganárselo, arrebatándesolo a Obama que por ahora lo tiene. Y, dos, que me siento dichoso de no poder votar en las primarias republicanas, porque las puedo disfrutrar más como el votante independiente que sigo insistiendo que soy. HORACIO RUIZ

Cuadrangulares chillones

El home-run es la máxima expresión de potencia en el béisbol. Es un clímax de la destreza al bate en el que la pelota se pierde y se transmuta a los fanáticos como una petite morte deportiva. Un éxtasis.
Tienen el sabor a la victoria anticipada y cada equipo, en cada juego, debe celebrar sus home-runs con la mejor fanfarria.
En Miller Park, hogar de los Milwaukee Brewers, cada vez que un local conecta un cuadrangular, la mascota — que es la representación de un fanático legendario llamado Bernie Brewer — se desliza solícita por un resbaladero de plástico amarillo hasta que cae sobre un homeplate gigantesco.
Quizás este sea un festejo bien dull, tonto, muy propio de una ciudad como Milwaukee, pero también es un acto clásico del béisbol.
En Citizens Park de Filadelfia, un estadio donde se conectan muchos cuadrangulares, la celebración es, como era de esperarse, con la Campana Libertad, una estructura de neón y metal de 16 metros de alto que tañe y se ilumina cada vez que Ryan Howard y compañía sacan la pelota del campo.
Ambos, los Brewers y los Phillies, son equipos tradicionales de béisbol, no como los Marlins de Miami, quizás el conjunto más criticado y envidiado de las ligas mayores por sus dos campeonatos mundiales a edad precoz y por que, después de todo, Miami tiene un clima envidiable en invierno y es una ciudad moderna y glamorosa, pero por nada del mundo puede aspirar a la tradición beisbolera del Northeast, del Midwest o de ninguna parte.
Siempre que esta ciudad pretende salir de su modorra de Gran Hotel, el mensaje que recibe es: Back-off, Miami!
Pues bien, en el estadio de los Marlins, construido a un costo de $515 millones de dólares se ha instalado una escultura eléctrica, rococó, insólita, para celebrar los home-runs de Mike Stanton & Co. El espectáculo eléctrico, de cuatro capas, es indecible. Escapa cualquier definición, pero quizás en su desparpajo es donde reside su fortaleza.
Se le ha llamado desde “ridículo” hasta “horripilante”. Lo peor de lo peor. Pero, ¿qué tan escadaloso es en realidad?
Tras verlo funcionar en toda su desfachatez de roconola de cantina o de máquina de pin-ball se puede decir que es como si Lady Gaga haya irrumpido en una noche de gala de la Opera de Berlín.
Pero en realidad no hay trauma, salvo la mirada inquisitiva, las cejas arqueadas de los envidiosos en las Grandes Ligas, que como a hermanastras de Cenicienta, les mortifica el equipo de “la ciudad de campo” que este año debutará con lo mejor que tiene.
Sí, la escultura en el center field  es estrambótica, pero tal es el mensaje que el equipo mejor puede enviar en su circunstancia. No importa lo que los Marlins hagan o dejen de hacer, nunca serán parte de la realeza del béisbol. Siempre los verán como advenedizos; un cardumen maltratado de peces sin muchos fanáticos adinerados.
El flamante estadio futurista que asemeja el casco de la Guardia Imperial en Star Wars, el nuevo equipo con personalidades recalcitrantes (el divo Hanley; el twittero Morrison, el bravucón Zambrano; Reyes sin sus rizos y Ozzie con su spanglish), así como la nueva escultura de delfines, flamencos y palmeras chillonas para celebrar los home-runs, representan a a un equipo desenfadado que ha sido ensamblado y desmantelado varias veces, como una familia disfuncional. No hay nada clásico en ellos.
Los puristas del béisbol no les han dejado otro camino. Para ganarse el respeto del establishment de Cooperstown, estos peces tienen que escandalizar. Veremos si podemos ayudarlos un poco. Go Maaaarlins!
HORACIO RUIZ